—¿Estás segura de que puedes correr? —pregunté insistiendo.
Taylor me había comentado lo mal que lucía el martes cuando la llevó a la residencia; él la llevó mientras yo conducía hasta casa de Mikaela para terminar con lo que sea que hubiese existido entre nosotros, que al parecer y según sus palabras era nada.
Sus palabras aún me ardían y molestaban.
¡Nada un coño!
El miércoles Megan no había ido a clases por sus calambres y los días restantes ella había lucido igual o peor de descompuesta. No era propio de ella enfermarse y mucho menos cargar esa cara tan larga y demacrada.
—Te digo que sí —respondió mi hermana...