—Pero que… ¿qué tenemos aquí? —preguntó divertido mientras me siento a los pies de la cama de mi hermana—. Buenas tardes solecitos.
Megan se despereza con lentitud sobre el pecho de Alejandro y éste con sus ojos abiertos como platos no deja de mirarme aterrorizado, como si fuese a saltarle encima en cualquier momento.
—Ry, te dije que no iría a correr hoy —murmuró mi hermana acurrucándose contra Alejandro, sin ningún pudor o vergüenza conmigo.
Estaba feliz y me encantaba verla así.
—Y yo te dije que necesitaba tu ayuda hoy y que vendría después de almuerzo, y aquí estoy dormilones. Pensé que para esta hora no estarían en la...