Abby despertó desorientada en medio de revoltijo de sábanas que conocía muy bien.
Estaba en su habitación.
Sola.
—¡Maldita sea! —gritó tirándose nuevamente en la cama con pesadez. Por supuesto que ella había sido tan estúpida para quedarse dormida cuando iba a tener algo con John.
No pude evitarlo, pensó tratando de consolarse a sí misma. Las mantas estaban tan cálidas y el auto olía a John, todo estaba tan oscuro y no pude evitar cerrar los ojos por cinco minutos que se convirtieron en una eternidad.
Era una perdedora de proporciones épicas. Su teléfono sonó cerca de su cara haciendo que saltara del susto ella lo tomó confirmando que...