—No tienes derecho a insultarme en mi casa, a juzgar mi peso, a besar a mis amigos, a tus príncipes justo frente a mí, a hacerme desperdiciar mi delicioso almuerzo y esperar que no te golpee. Tienes mucha suerte de que hoy esté de buen humor gracias a la comida que acabo de desperdiciar por ti. Y la próxima vez que te vea a 30 pies de mis hombres, te quemaré viva. Marca. Mis. Palabras. —Le dije con mi famosa sonrisa de “hazlo si te atreves”.
—¿Acabas de escuchar lo que dijo? ¡Me acaba de amenazar y tú no haces nada! —Gritó ella.
—Cállate, perra. Ellos saben que no es...