—Hola mamá, soy Vicky —Hablé por el auricular. Estaba sentada en la encimera de la cocina entreteniéndome. Una taza de té de vainilla y caramelo estaba colocada entre mis piernas cruzadas, y yo giraba la cuchara en la taza en un intento de mantener mi nerviosismo a raya.
—¡Vicky! ¡Querida! Qué placer que me llames en este momento —Contestó mi madre. Su voz me hizo sonreír al instante. Mi madre siempre me hacía feliz, y yo estaba desesperada por verla; por desgracia, mi falta de fondos me impedía volar para visitarla.
—Sólo quería decirte algo —solté. Quería hacerlo rápido, como arrancar una tirita.
—Continúa —me indicó. Pude oír a mi...