El viento que soplaba desde la bahía ayudó a refrescarle la piel desnuda contra el
calor del sol, mientras entraba en el puerto. Daniel arrimó La gaviota sucia al muelle
con cuidado. Cuando se hubo detenido, saltó del barco y la amarró.
Apenas había terminado de hacer el nudo cuando oyó un chapoteo en el agua
detrás de él y respiró hondo. Ni siquiera le hacía falta mirar hacia atrás para ver que
era ella. A esas alturas ya casi podía sentir cómo lo miraba.
Tal vez Daniel no hubiera caído bajo el hechizo de las sirenas, como les pasaba a
los demás hombre lobos, pero eso no significaba que...