Casi no había coches en el camino. Era un tramo de la autopista totalmente abierto,
sin luces ni viviendas. La ventanilla del coche estaban bajadas, y a Seila le llegaba el olor del océano, que estaba allí cerca.
La luna brillaba encima de ellos, y las líneas discontinuas de la carretera se le empezaban a difuminar.
¡Cuidado! dijo Daniel en voz alta. El coche se fue de pronto hacia un lado, y a Seila se le abrieron los ojos de golpe. Él tenía la mano en el volante, y lo guiaba para que no se salieran de la carretera.
Lo cierto es que Seila no acostumbraba a viajar en coche,...