-¡Yolanda! ¡Princesa, espera... déjame explicarte! -exclamó Diego desesperado mientras seguía a Yolanda, que estaba decidida a irse-. No sabía que ella estaba viva y mi hermano sabía que yo tenía una mujer. No debió haberla traído aquí.
Sin embargo, Yolanda siguió corriendo por el camino de adoquines con sus tacones altos. Su corazón latía tan rápido y fuerte como un tambor que se volvió ensordecedor para sus oídos. Las lágrimas rodaban por sus ojos y no se molestó en enjugárselas.
-Déjame en paz, Diego... siento que estoy entrometiendo -respondió Yolanda entre sollozos.
Su corazón se encogió dolorosamente. Las palabras de Dahlia resonaron en sus oídos como un disco rayado.
"Estaba...