Me llevo la mano al ojo, sintiendo el dolor punzante y el caliente flujo de sangre. Max se queda paralizado frente a mí, compungido por lo que acaba de hacer.
—¡Dios mío! Lo siento mucho, Mónica. No quería lastimarte. Déjame ayudarte —dice, intentando alcanzar mi rostro, pero su estado de ebriedad no le permitía caminar de manera correcta.
Pero me aparto de él, agarrando una toalla cercana para presionar la herida.
—No, señor Duncan. No se preocupe no es nada grave, permitame usar su baño, podre revisarme rápidamente y ayudarlo con rodó este desastre que tiene aqui —digo firmemente, mientras me dirijo hacia la puerta.
No esperé su respuesta, el...