Lo quito, como si hubiera pasado nada y me siento.
—¡Oye! Estaba trabajando, mientras… dormías –comenta y lo miro mal, lleva puesto una camisa blanca, pantalones azules y su cabello perfecto. Su sonrisa, con sus dientes blancos, aunque provoca leves temblores en mí; lo disimulo.
—¿Cómo sabias que me quedé dormida? –pregunto cruzada de brazos.
—Porque…
—¿Me estas espiando? –pregunto enojada, y su rostro transforma su sonrisa en una línea y ojos grandes.
—¡Claro que no! –protesta y me río al ver su expresión, pero me vuelvo seria, no puedo reirme con alguien que quiso asesinarme. Me doy la vuelta, confundida de mis propios sentimientos.
Por fin, Gabriel se marcha....