Me quedé observando desconcertada al extraño que me hablaba, percatándome de que era cierto, era el joven que se sentó a mi lado en el avión, no obstante le pregunté desconfiada.
—Disculpa, ¿ nos conocemos?
—Bella, tu papá se llama Santiago Sardino, y es hijo del señor Sardino. Ellos tienen negocios con mis padres. —Explicó ahora descendiendo del auto y viniendo a mi encuentro sonriente. —Claro que nos conocemos desde niños, aunque al parecer me olvidaste. Vamos, deja de ser tímida y monta, no te comeré.
Me quedé mirándolo algo indecisa, giré mi cabeza en busca de un taxi, pero ni uno solo apareció, solté todo el aire suspirando. Estaba realmente cansada y quería llegar a mi casa para darme un buen baño y dormir. Él percibió mi lucha y raudo, tomó las maletas, mi bolso de mis manos y los colocó en el asiento trasero, abrió la puerta invitándome a subir. Lo miré por un instante y le dije.
—Ya que insistes, aceptaré tu oferta. —Al parecer en verdad era amigo de mis abuelos y puede que en verdad nos conociéramos aunque su rostro no me decía nada.
Me senté en el asiento del copiloto y lo miré de reojo. Era realmente hermoso, con unos ojos muy negros que contrastaban con su cabello. Un mechón rebelde siempre caía sobre su frente, lo que lo hacía lucir aún más atractivo. Se notaba que cuidaba bien de su cuerpo y constantemente sonreía mientras hablaba sin parar, parecía un poco nervioso.
Antes de darme cuenta, llegamos a mi nueva casa. Me sorprendió porque no recordaba haberle dado la dirección. ¿La habrían compartido mis abuelos con él? ¿Será que mi abuelo lo envió para cuidarme durante este tiempo? ¿Podría ser un guardaespaldas? Aunque si no era así, parecía conocerme realmente bien, aunque yo no recordaba haberlo visto jamás.
—Muchas gracias.
Agradecí, sin siquiera preguntar su nombre. Saqué mis maletas sin esperar que lo hiciera, giré mi espalda, y me introduje en mi casa. Podía sentir que él estaba mirándome, hasta que la puerta se cerró detrás de mí. ¿Debí a lo mejor invitarlo a entrar? ¿O a lo mejor aunque sea averiguar quién era y cómo era que me conocía? Miré por la ventana hacía afuera y aún estaba allí, en medio de la acera mirando la casa. ¿Qué esperaba? Mi corazón por algún motivo saltaba acelerado. ¿Quién puede ser ese chico?
La nueva casa es un regalo de mis abuelos. Es muy hermosa y es sobre todo, muy iluminada como me gusta a mí. Al entrar lo primero que te llama la atención, es un enorme espejo, con sendas plantas de enredadera a cada lado. Posee una pequeña mesa con gavetas y encima de la misma, el enorme jarrón que siempre he admirado en casa de mis abuelos. Sonrío, porque veo la mano de mi abuela en ello. Es realmente amplio el salón que le sigue, tiene un hermoso juego de muebles florido, no lo puedo creer que ella se acordara de eso que le dije, cuando una de las veces que la acompañara a las tiendas, lo viera. Me gustó en aquella época porque parecía un jardín florido, y aún me sigue gustando.
Sigo avanzando en mi recorrido, una escalera muy hermosa de mármol blanco me lleva a la segunda planta. Vaya, ¿para qué le hicieron tantas habitaciones? Me pregunto. Tiene en realidad muchas, las voy abriendo todas en mi andar. Son muy amplias, con enormes camas muy hermosamente ataviadas, con su respectivo baño que incluyen bañeras como siempre le decía a mi abuelo. Estoy gratamente asombrada, ellos han hecho realidad cada una de las cosas que durante toda mi vida les fui diciendo que quería en mi casa. Lástima que no sea un matrimonio de verdad. Sería muy feliz en ella si lo fuera. Podría pasar el resto de mi vida en esta casa.
Bajo de nuevo a la primera planta, y compruebo que si la segunda planta tiene exceso de habitaciones, ahora tengo la misma opinión de la variedad de salones y salas de estar, de abajo. Camino por un pasillo al salir de un amplio salón, y me encuentro para mi enorme alegría, con una hermosa biblioteca, ¡eso tiene que ser obra de mi abuelo! Me digo, mientras tomo un libro nuevo y lo huelo, ¡adoro el olor de ellos! Reviso un rato, comprobando que tengo muchas primeras ediciones, y todos los libros que fui acumulando en su casa desde niña. ¡Es fantástico!
Al salir de ella, sigo avanzando hasta dar con la puerta que da al más espectacular invernadero que puedan imaginar. Tengo la sospecha de que esto fue idea de mi abuela. ¡Tuvo que ser ella! Sabe, que me encantan las orquídeas, y por todas las paredes cuelgan infinidad de ellas florecidas, ¡es un sueño! Recorro despacio el lugar, ante la primera mirada parece pequeño por la cantidad de plantas que posee, pero no lo es, avanzo y avanzo siguiendo la ruta de las orquídeas, asombrándome de que puedo encontrar muchas variedades de ellas. Y lo más sorprendente, es que están en el mismo orden de un libro de pinturas que poseo desde que tengo uso de razón. Tomo mi teléfono emocionada y le escribo a mi abuela.
—¡Gracias mima, es maravilloso el invernadero!
Lamentablemente, mi abuela perdió la capacidad de hablar después de someterse a una operación para extraer un tumor cancerígeno en la tiroides. Actualmente está siguiendo un tratamiento de quimioterapia para combatir la enfermedad. A pesar de esto, ella todavía me responde de manera rápida y eficiente. Y no perdió su capacidad de escuchar.
—¿Te gusta? —me responde enseguida.
—¡Me encanta! —le contesto con todo excitado. —La casa también, lo que la encuentro exagerada.
—Eso fue culpa de tu abuelo —me dice, aunque ya lo sabía. De inmediato me pregunta cambiando de tema. — ¿Te gusta la mecedora?
—¿La mecedora?
—Sí, al final del invernadero.
—No la he visto, voy por el sendero de orquídeas, son preciosas mima, ¿cuánto te llevó encontrarlas a todas?
Pasa a contarme que las tenía en su invernadero, y cada vez que me gustaba alguna, ella hacía que mi abuelo la buscara para regalármela. Mi abuela es única, siempre encuentra la manera de complacerme, al igual que mi abuelo, pero de una manera diferente. Camino por un sendero lleno de colores maravillosos, me alegra que sea la época en la que florecen. Ella me indica que siga caminando y después de los jazmines, al lado de la fuente, encontraré una mecedora.
Ella sigue emocionada describiendo el lugar como si no lo estuviera viendo, pero no le digo nada. Sé que le gusta hacerlo.
—Creo que te encantará leer ahí—, me dice.
Sigo avanzando sin dejar de hablar con mi abuela. Aunque ella no puede hablar, sé que puede escuchar, leer y escribir. Al final del sendero, justo detrás de un rosal, la veo. ¡Es increíble!
—¡Mima, la adoro, la adoro! —Le escribo emocionada.
—¡Lo sabía! Que seas feliz mi niña, cuando puedas, ven a verme.
—Iré en la tarde, mima.
—Está bien, te dejo ahora. Un beso.
—Un beso, mima y gracias.
Guardo el teléfono en mi bolsillo. Estoy frente a la mecedora, es amplia, puedo acostarme perfectamente en ella, con unos cojines muy mullidos. Tiene a sus lados, mesitas con libros y otras cosas, me siento en ella y me recuesto, mirando que en el techo hay un enorme ventilador, eso tuvo que ser obra de mi abuelo, pienso mientras me dejo caer sonriendo en ella. ¡Es perfecta!
Adoro la mecedora y sé qué me pasaré gran parte de mi estancia en esta casa aquí, desde ya, es mi lugar preferido. Giro mi cabeza ante el suave murmullo del agua al caer, para ver una fuente, que puso en el fondo. Me siento de golpe, ¡no lo puedo creer! La estatua soy yo cuando tenía como diez años, a mi lado un niño más alto. Lo contemplo, me parece algo familiar, cierro mis ojos queriendo recordar quién es, pero nadie viene a mi mente. Aunque es hermoso y sonríe feliz ante mi cara algo molesta, ja, ja, ja…, de seguro fue otra vez mi abuelo, quién hizo al escultor hacerme así. ¿Sería Luis? No, no se le parece en nada. Le preguntaré cuando lo vea, quién es ese niño.
Todo es tan hermoso, silencioso, perfumado y encantador, que me llena de alegría. La mecedora está llena de luz, el perfume de las flores es embriagador. ¡Es mi lugar preferido! Miro la hora, muy a mi pesar regreso al interior de la casa, y es cuando me fijo en una puerta a mi derecha nada más entro en el pasillo, que dice mi nombre, la abro.
¡Es una enorme habitación con todas mis cosas y un cartel en el medio de la cama que dice!
“Sabía que no ibas a querer vivir en la segunda planta, por lo que me confesaste el día de la boda, por ello te preparé esta habitación aquí como tu refugio”
Felicidades, mi nieta, y recuerda, sí me necesitas estaré ahí en un segundo.
Te ama, tu Abu.
Tomé mi teléfono feliz y agradecida, más al ver los cerrojos tan fuertes que había puesto en la puerta. Lo tomó enseguida.
—¡Eres el mejor abuelo del mundo! —le grité.—Gracias abuelo, también te amo con todo mi corazón.
—¿Te gusta la casa?
—Sí, mucho. Sobre todo esta habitación tan segura que hiciste para mí.
—¿Todo fue bien con el bueno para nada de tu esposo en París? —sabía que no podía dejar de preguntar.
—Sí, sí abuelo, no te preocupes —respondo sonriendo y para tranquilizarlo al escucharlo hacer un sonido gutural, agrego. — Luis se portó muy bien.
—¿Seguro? ¿Recuerda lo que te dije? A la primera que te haga, me avisas —me recuerda muy serio.
—Abuelo, no te preocupes, Luis y yo nos llevamos bien. No me ha maltratado, me respeta y me complace en todo —le explico, evadiendo decir que apenas nos vemos.
—Eso me gusta. Aunque no te fíes de él, ¿de acuerdo? Puede que esté enamorado de ti, o de tu dinero que es lo más probable, a la primera va a sacar su carácter.
—Abu… —, si supiera que tiene toda la razón. Pero es algo que no le puedo confirmar, porque viene y me lleva con él.
—Está bien, no diré más. Me alegra que Luis se esté comportando como debe contigo. Quizás me equivoqué y haya cambiado porque está enamorado de ti y no tengas que divorciarte —cambia el tono de su voz para una muy dulce que siempre emplea al hablarme. — Sé feliz mi nieta que te lo mereces. Y nunca olvides que no estás sola, nos tienes a nosotros. ¿De acuerdo?
—Lo sé abuelo, deja de preocuparte. En serio Luis y yo estamos bien. Mejor de lo que imaginé. Hasta luego, más tarde cuando descanse un poco pasaré por allá. ¿De acuerdo?
—Está bien linda, descansa.
Aunque le confesé en parte al abuelo porque era que me casaba. Al parecer, se cree que somos un matrimonio real. Lo dejaré así, será mejor que lo piense. En verdad esta habitación es preciosa.
Demás está decir que me ubiqué en ella, es muy segura, y queda en la planta baja, ¡odio subir las escaleras!