Luis se quedó mirándome fijamente por un momento, como si intentara descubrir quién era yo ahora de adulta. Mantuve mi mirada sin miedo. No sabía de dónde sacaba el valor para enfrentarlo, como si todo el resentimiento acumulado desde nuestra infancia me impulsara a comportarme así con él. Permaneció así por un instante antes de alejarse y dirigirse hacia la puerta, pero antes de salir, se volteó y me dijo.
—Está bien, creo que todo quedó claro entre los dos. Llevaremos este matrimonio lo mejor que podamos. En un final, poseemos el mismo objetivo.
Y así fue como me embarqué en este compromiso. Salimos juntos en público, él me lleva a la biblioteca mientras él va con otras chicas. Nuestros padres y la sociedad en general se lo han creído. Cuando estamos juntos, finjo estar enamorada de él, pero no permito que me toque. Organizamos muchas fiestas en nuestro yate. Mi madre me quitó todas mis tarjetas el día del compromiso y se las dio a Luis. Al parecer, su padre le cortó el suministro de dinero hasta que se case de verdad conmigo, según me ha dicho. No me importa realmente, ya que nunca las uso. El dinero que mi abuelo me da es suficiente para cubrir mis necesidades.
Cuando hacemos fiestas en uno de los lujosos yates de mi padre, yo me encierro en mi habitación y Luis disfruta de todo lo que quiere. Mientras él me respete como hasta ahora, no tendremos problemas. Él en su mundo y yo en el mío. Nuestra boda ya está completamente organizada por nuestras madres. Como no tengo a nadie más a quien invitar, excepto a mis abuelos, no me importa a quién ellos inviten.
Han arreglado todo como si fuera un cuento de hadas, ellas solas toman sus decisiones como si yo no existiera y no fuera mi boda. No se toman ni siquiera la molestia de preguntarme o llevarme con ellas a hacer las cosas. Las dejo, porque no me interesa en realidad. Mis abuelos protestan, no están de acuerdo con la boda. Sobre todo porque conocen muy bien como es de abusivo Luis, he tratado de convencerlos que ya cambió y de que me trata muy bien. Sobre todo pongo mi mejor semblante y trato de convencerlos de que lo hago por mi voluntad, porque en verdad estamos enamorados. Ellos se hacen los que me creen y me dejan en paz. Y así transcurren los días hasta que llega la fecha.
Hoy es el día, ahora mismo, estoy enfundada en un hermoso vestido de novia, que no me agrada para nada, por su gran escote y estrecha falda. Mi madre fue quien lo escogió a su gusto. Un gran velo, que creo que no termina nunca, lo escogió mi suegra, junto con la tiara, y el ramo de flores naturales, a pesar de que le dije que era alérgica a las margaritas. Hizo oídos sordos y las incluyó en el arreglo porque son sus preferidas. Por lo que tengo mi nariz roja de tanto estornudar, mi madre y mi suegra mandaron a hacer un enorme ramo que llega casi hasta mis rodillas, y no solo eso. Cada arreglo de la boda incluye dichas flores.
Menos mal, que mi abuela me cambió el ramo y mandó a quitar todas las demás de los adornos ayudada por Luis, que quiere congraciarse con ellos. Cuando ella le dijo que era alérgica a dichas flores, aceptó que las quitaran todas, ante las caras furiosas de mi suegra y mi madre. Por lo que me he aliviado al darme un nuevo ramo mi abuela. Uno que ella había mandado a hacer, de orquídeas que no me hacen nada y es mucho más hermoso. Colocando también en los arreglos florales bajo la ayuda de Luis.
Mi abuela es la única emocionada con esta boda. Me abrazó y me besó, con lágrimas en los ojos. Mi abuelo no quiere que me case. Ha venido solo por mí. Me lo repite a cada rato.
—Bella, aún estamos a tiempo. ¡Te puedes escapar conmigo!
Me susurra al oído a cada rato, está visiblemente incomodo con esta boda, lo conozco bien, sé que no quiere que me case con Luis. La última vez que vino hará unos cinco minutos, lo abracé con fuerza, y le di dos besos en las mejillas tratando de que se tranquilice y no haga nada.
—Está bien abuelo, en tres años estaré libre, y me iré a vivir con ustedes —se liberó de mi abrazo y me miró serio.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿No estás enamorada de Luis? —preguntó tratando de leer mi mente. —¿No es por eso que te casas?
—Suss…, te lo voy a decir, pero no digas, ni hagas nada —susurro en su oído. — Solo lo hago para ayudar a papá.
—¿Qué? ¿En qué tienes que ayudarlo? —pregunta sorprendido. —¿Si es para hacer alianza de familia y no porque en verdad lo amas, no estoy de acuerdo que te cases? ¡No tienes que hacer este sacrificio para eso hija, yo te puedo liberar!
—No abuelo, no es solo eso. Quiero hacer algo por papá, así después no podrán reprocharme nada. ¿Entiendes? —Se queda mirándome serio con los ojos entrecerrados por eso agrego al tiempo que lo abrazo. —Por favor abuelo, no hagas nada.
—¡No es necesario Bella, que se las arregle sólo! —Repite visiblemente incómodo con la situación.
—Abu…, por favor…, necesito que me apoyes en esto, por favor abu…, bueno..., y me gusta Luis —agrego casi en un susurro para ver si lo engaño sin mirarlo a los ojos—déjame probar abuelo, si no funciona, entonces te pediré ayuda. ¿Sí?
Me toma el rostro y mira directamente a mis ojos, le sostengo la mirada aguantando la respiración. Nunca he podido engañar a mi abuelo, soy pésima mintiendo, pero lo miro suplicante y accede. Él me complace en todo lo que yo le pido, jamás me ha dicho que no a nada. Suelta todo su aire al tiempo que besa mi frente y acepta.
—Está bien, pero no olvides que al menor problema que te dé ese bueno para nada de Luis, me vas a avisar, promételo y no diré nada más.
—¡Te lo prometo Abu, te lo prometo! —me apresuré a decir, volviendo a abrazarlo muy fuerte, como quisiera irme con él, pero me aguanto por papá.
Y es así, como voy caminando con una sonrisa fingida, de la mano de mi padre que está muy serio y camina muy despacio, como si no quisiera que llegáramos al altar. Papá también me sorprendió, antes de entrar, se detuvo y me miró muy serio, luego me preguntó.
—¿En verdad haces esto Isabella, porque amas a Luis? —Ya mi madre me había advertido antes que si me preguntaba debía decirle que sí.
—Sí, sí, papá, es por eso —contesto escapando de su mirada.
—¿Seguro? —vuelve a preguntar como si quisiera que diga que no. ¿Qué sucede, quiere o no quiere que me case?
—Sí, papá —le digo dándole un abrazo, pensando que por él yo hago cualquier sacrificio, lo amo de veras. Me devuelve el abrazo muy fuerte, como si no quisiera soltarme. — Todo va a estar bien, no te preocupes, ahora vamos.
Se quedó mirándome por un momento, luego me abrazó otra vez muy muy fuerte, y nos separamos, para colocarnos en la entrada. ¿Será que puedo negarme? No, mamá me dijo que estaba en serios problemas, que si no me casaba con Luis, iba a ir a la bancarrota. Vamos Isabella, solo son tres años de sacrificio para salvar a tu adorado papá.
Respiré profundo y aquí vamos caminando despacio hasta el altar, donde me espera Luis, con una expresión de emoción hipócrita, pero que todo el mundo se la cree. Todo pasa muy rápido. La ceremonia, la fiesta, la despedida, el avión, París.
Mi esposo me acompañó hasta el hotel y me llevó a la habitación, para que no fuera a perderme, y desapareció. No es que me importe, pero me da un poco de miedo, estar sola en esta gran ciudad. Los primeros dos días los pasé en el hotel, el tercero me arriesgué y caminé hasta una plaza, a dos cuadras. Para mi buena suerte, me encontré con una biblioteca. Y demás está decir, que el resto de mi luna de miel. La pasé en una mesa de dicho lugar.
El último día, apareció Luis. Me acompañó a las tiendas, a comprar los regalos para la familia. Se veía muy fastidiado. Al final, me dejó con el chofer y volvió a desaparecer. Hasta el otro día, una hora antes de la salida del vuelo.
Luego de llegar atrasado, y acomodar el equipaje de mano arriba tirando las puertas molesto, haciendo que todos nos observaran. Se sentó furioso a mi lado.
—¿Te pasa algo? —Le pregunté.
—Bella, ¿podrías hacerme un favor?
—Sí, únicamente dime cuál es.
—¡Cámbiate para la clase turista! Quiero ir con mi chica aquí.
Lo miré desconcertada, ¡no podía creer que me estuviera pidiendo aquello! Pero al ver que no bromeaba. Me levanté, cogí mis cosas, y le pregunté.
—¿Qué número de asiento?
—El setenta y cinco, en ventanilla.
Caminé por el estrecho pasillo, hacia la zona turística. En verdad, no me molestaba mucho. Me sentía mejor en esta parte del avión y de paso, no estaba obligada a permanecer a su lado diez insufribles horas. Pude observar, una despampanante rubia, mirarme con burla, mientras sonreía triunfadora. No le di importancia, supuse, que esa sería la chica de turno.
Me senté, y me dispuse a leer mi libro, que había comenzado el día anterior, estaba muy interesante. A mi lado se sentó un chico, unos años mayor que yo, que me saludó sonriente, yo solo incliné mi cabeza levemente contestando el saludo y dándole a entender que no me interesaba conversar. No le presté mucha atención, hundiendo mi cabeza en la lectura, por suerte entendió el mensaje y no me molestó en todo el trayecto.
El vuelo era de diez horas, así que lo pasé entre leer y dormir. No volví a ver a Luis. Me mandó un mensaje, diciendo que lo justificara con sus padres, si por casualidad, estaban esperándonos en nuestra nueva casa. Para mi suerte, no fue así. Después de recoger el equipaje que tampoco se había dignado coger, salí con intención de tomar un taxi, para ir a la nueva casa que me habían regalado mis abuelos.
Como Luis había tomado nuestro auto dejándome dicho que tomara un taxi. Tuve que hacer una cola inmensa, para coger uno. Pero justo, cuando me tocaba, desaparecieron todos. Estaba realmente agotada, y pensé llamar a mi abuelo para que fuera por mí, luego me arrepentí y decidí esperar pacientemente. Estaba en eso cuando un Audi negro, se detuvo delante de mí, y bajó la ventanilla.
—Hola —me llamó el conductor. Pensaba que necesitaba alguna orientación, por eso me acerqué.
—Sí, dígame. ¿En qué puedo ayudarle? —pregunté amablemente sin mirarlo apenas.
—Voy a Central Park. Sé que le hace camino, puedo llevarla si desea —ofreció con una voz amable.
—Gracias, pero no se preocupe, esperaré un taxi. —Me negué alejándome del auto, ¿quién era que sabía hacía dónde iba?
—¡Oye Bella, llevamos diez horas sentados uno al lado del otro, y no te comí! Conozco a tus abuelos. Mis padres son amigos de ellos. —Dijo firme con tono familiar, lo cual me asombró mucho.