La pierna del hombre sangraba, lo que explicaba el fuerte olor a sangre que se sentía al entrar en la cueva. Pero eso no era todo lo que noté; también estaba el rastro persistente de mi compañera. Había estado ausente por un tiempo, pero no podía equivocarme, reconocería su olor en cualquier parte.
—Tú, ¿cómo te llamas? —le pregunto al fugitivo al que le quité el ojo.
—Tim —tartamudea, y doy un paso más cerca, disfrutando del miedo en sus ojos, tan intenso que llena la cueva, opacando el aroma del fuego que ardía en el centro.
—¿Y quién eres tú? —le pregunto a la mujer de cabello rizado y...