—¡Maldita sea, déjame cambiar, Brax!—grito a mi lobo. Él no lo hace, se niega a lastimarla, pero ella está destrozándome. Consigo sujetar el pelaje de su nuca y alejar su cabeza, sus dientes arrancando dolorosamente de mi brazo.
—¡Basta!—grito a la loba, forzando mi aura alfa sobre ella para que se someta. Ella gime y cae, su cuerpo se afloja. Mi sangre tiñe el suelo de la cueva mientras corre por mi brazo y gotea de mis dedos.
La dejo ir y ella baja la cabeza, apoyándola en sus patas delanteras, gimiendo. Me levanto, me agacho para tomarla y forzarla a cambiar de forma, pero ella se vuelve contra mí,...