Al levantarme, estiro mi mano pero no encuentro a Leondre a mi costado. Frunzo el ceño, pero entiendo que quizás debe estar ocupado. Me levanto con cuidado porque me duele todo el cuerpo. Me baño con agua caliente y no puedo dejar de sonreír de lado a lado. Me pongo un vestido negro que me llega hasta las rodillas y unas zapatillas. Mientras camino por los pasillos, algunas personas me saludan educadamente y otras me miran con desconfianza.
—Buenos días —me saluda una mujer muy bonita con rulos, le contesto con la misma emoción—. Eres Anaiah, ¿verdad?
—Sí.
—El rey me pidió que te acompañara hoy día mientras está ocupada...