Caminaba detrás de Humberto, quien iba un paso delante de mí. La puerta se veía igual que el resto de la casa: desgastada, maltrecha y vieja. Sacó una llave del bolsillo de su chaqueta y la usó para abrir la puerta.
¿Por qué necesitará una cerradura para este lugar?
Extendió la mano y me hizo un gesto para que entrara primero.
El interior de la casa era justo como lo había imaginado. La supuesta sala de estar tenía muebles viejos y maltratados, el papel tapiz estaba mohoso y se despegaba de las paredes. Había una gruesa capa de polvo por todas partes, y agradecí a Dios no ser alérgica a...