—¡Eres un monstruo! —exclamé cuando finalmente me cayó encima toda la verdad—. ¿No podías simplemente eliminarlos? ¿Hacerlos desaparecer por completo? ¿Era necesario hacerlos pasar por toda esta tortura? ¿Tienes idea del dolor que les has causado a los mates? —grité horrorizada, mientras la imagen de Celestino y Ramona, los padres de Humberto, se formaba en mi mente. Por fin tenía sentido su incapacidad para concebir. Recordé cuántos abortos espontáneos habían sufrido antes de lograr llevar a término a Humberto, y cuánto desgaste había provocado eso en su vínculo como pareja. ¡Ni siquiera quería imaginar por lo que debieron haber pasado los demás lobos blancos alrededor del mundo!
—Dijiste que eran...