Había momentos en la vida donde te replanteas todas las decisiones que te llevaron a un punto específico de tu vida. Este era mi momento, mirando esa maldita puerta de madera.
En los diez minutos que llevaba mirando la puerta me di cuenta de que trabajar está demasiado sobrevalorado y la idea de vivir el resto de mis días bajo un puente viviendo de la lastima de las personas era bastante más tentadora que esto. Muchísimo más atractiva que llamar a su puerta.
Podía fingir demencia y decirle a los otros socios que él no estaba en su oficina.
Esa sí que era una idea brillante.
Un ruidoso gemido me...