— Niñera, no lo hagas —dijo él con su voz ronca, porque la boca se le hacía agua.
— ¡Cállate! —dijo ella, demandante—. No hables —ordena ella.
Él arquea una ceja. Ella vuelve a su lugar en la cama, colocándose boca abajo, se acerca a Maskyn.
— Dime, Maskyn, me deseas —pregunta ella, mirándolo a los ojos.
Maskyn lucha en su interior.
— Aunque lo niegues, sé que es así —dijo ella. Él se levanta un poco para llegar a los labios de ella y los besa de manera apasionada.
Ella lo separa. — No hagas fuerza, obedece —dijo ella.
— Nadie me da órdenes —responde él, mirando el trasero...