La noche se va oscureciendo y todo se va tranquilizando para cuando llegamos a mi ático. El aire se siente denso de anticipación cuando entramos en el vestíbulo y nos dirigimos hacia la sala de estar.
La tensión recorre los nervios de mis dedos. Aprieto. Suelto. El movimiento no hace nada para calmar los temblores.
—Siéntate aquí —indico, señalando el sofá mientras me doy la vuelta para ir a la cocina.
—No obedezco órdenes de nadie.
Los tacones suenan detrás de mí y pronto aparece a mi lado mientras sirvo un poco de pasta en un recipiente para hervir.
—Claro que sí, cuando tienes que venir.
—Escondí una sonrisa creciente...