Donald, observando a su mujer con inmensa ternura, le dijo:
—¡Tranquila, Yves, lo haré! Aunque sus rasgos me parecen familiares, siento como si la hubiera visto antes —comentó él.
—No estará de más ayudarla y menos si esta recién llegada de provincia —le contestó Yves con una sonrisa y mirada pícara para convencerlo de que le ayude— Sí, si mi amor, pero ¿Qué me darás a cambio? —preguntó él, con una mirada seductora y cautivadora.
—¡Ja, ja, ja! Señor Evans, me está chantajeando ¡No lo puedo creer! —llevándose la mano a la boca, para tapar su gesto.
—¡Bueno, señora, hemos venido a satisfacer su antojo! Así que pida por esa...