Estaba encadenada a la pared, la plata presionando contra mi piel, quemándola mientras trataba de sanar. La habitación estaba oscura, sin luz, ni siquiera una ventana. La puerta comenzó a abrirse lentamente, y un hombre de unos treinta años apareció. Tenía ojos grises oscuros, el cabello negro azabache y una gran cicatriz cruzando su rostro.
—Hola, Lillian, qué amable de tu parte unirte —dijo, una sonrisa retorcida apareciendo en su rostro. Caminó hacia adelante con una mano escondida detrás de su espalda.
—Tengo una pequeña sorpresa para ti —sonrió de manera siniestra.
Sacó su mano enguantada, mostrando un daga de plata. Agarró mi rostro con su mano libre, sujetándolo con...