—Estoy aquí. Lamento si te preocupé –musitó entre sus brazos y Alexander aspiró su aroma con mucha ímpetu. No quería perderla, se volvería loco. Ahora la consideraba no solo su esposa, sino su familia.
Algo que jamás tuvo…
En cuanto ingresaron a la habitación, él se apoderó de sus labios. Elizabeth abrió los ojos con sorpresa, cuando fue asaltada por sus brazos recorriendo su espalda y cintura. Quiso decir algo, pero se sintió… excitada.
La vergüenza se apoderó de ella. No podía sentir deseo por alguien más, no cuando estaba llorando por el recuerdo de su Mate. Negó y le dio un pequeño empujón.
—No puedo… —comentó con la voz...