Han pasado un par de días desde mi “reunión” con el imbécil Ian Wolf.
Tuvo la osadía de investigar mi vida, dar con mis carencias económicas y por supuesto aprovecharse de estas para hacerme una propuesta descabellada.
«¿Quién en su sano juicio le pide a una completa desconocida que tengan un hijo? Creo que el hombre está mal de la cabeza.»
—Brooke, recuerda llevar el medicamento de la tensión al señor Ruiz.
Parpadeo y salgo de mi diatriba cuando mi superior, Luisa, me habla.
—Enseguida.
Tomo el medicamento correspondiente y coloco una de las pastillas en uno de los vasos chicos.
Con eso me dirijo a la habitación del señor Ruiz, que como ya es costumbre está en su silla frente a la ventana y lee uno de sus libros favoritos.
—Señor Ruiz, es hora de su medicina.
Deja a un lado el libro y suspira.
—Un día de estos voy a declararme en huelga en contra de esos malditos medicamentos.
No puedo evitarlo, sonrió ante sus palabras.
—No puede hacer eso, si lo hace me meterá en problemas y, ¿usted no quiere eso?
Le tiendo el vaso y lo toma de mala gana antes de coger su botella de agua más cercana.
—Solo por ti, Brooke. Solo por ti.
La toma y bebe de su agua.
—Ve como es tan difícil.
Chasquea los labios.
—Si quiere podemos ir a dar un paseo, hace un día muy bonito. Le haría bien algo de sol.
—No soy una planta que necesita luz de sol —me rio ante su ocurrencia.
—No, pero le haría bien tomar un poco de sol para variar.
Niega y sé que insistir es perder el tiempo.
El señor Ruiz es como un niño gruñón. Y, cuando algo se le mete en la cabeza, no hay nada que lo haga cambiar de opinión.
Dejo la habitación y me dedico a terminar mi turno en la casa de reposo. El lugar es de primera categoría y el sueldo es bueno, el problema soy yo con mis dificultades financieras.
A mi mente regresa la loca propuesta de Ian Wolf y me maldigo mil veces por pensar en algo tan absurdo.
—Brooke, te necesitan en la habitación 30A.
Asiento a mi superior y me ocupo de mi trabajo que es lo único que me hará salir adelante.
(****)
Voy camino a la parada de mi autobús mientras disfruto un poco del clima fresco de la ciudad.
Mi turno terminó sin incidente y ahora estoy agotada. Solo quiero llegar a casa, tomar un baño, comer algo, descansar hasta que deba volver al trabajo.
Miro la hora y sé que puedo llegar a tiempo a la parada y así no tener que esperar cuarenta minutos más para que aparezca otro.
Levanto la vista y maldigo al ver el autobús apareciendo en la próxima esquina
No hay mucho que pueda hacer, solo echar a correr.
Apresuro el paso y estoy tan absorta que no me fijo en la luz hasta es tarde.
El claxon del coche me hace saltar atrás haciéndome caer, mientras el coche frena de un golpe.
Las personas alrededor murmuran y otras se acercan.
La puerta del coche se abre; de este, baja un hombre de forma apresurada.
—¿Estás bien?
Su pregunta es rápida y al mismo tiempo puedo notar el deje de enojo en su voz.
—Sí, sí. Por supuesto que lo estoy —murmuro mientras lo miro fijamente.
Sus ojos azules me estudian y escanean en busca de alguna herida grave.
Me ayuda poner de pie.
—Estoy bien, solo tengo un par de rasguños.
Me apresuro a decir al tiempo que las personas se alejan al ver que no hay sangre.
— ¿Cómo se te ocurre atravesar si mirar? —amonesta.
—Lo lamento, de verdad, es que pensé que podía alcanzar el autobús, y…
Mis palabras mueren cuando el mismo se aleja luego de recoger a los usuarios de la parada.
— ¡Maldita sea! —digo sin pensarlo.
Intento alejarme.
—Espera, necesito tu nombre y algún contacto.
Mientras lo dice mete la mano en el interior de su americana saca una tarjeta y me la tiende.
La tomo por educación.
—Me llamo Brooke y estoy bien.
—Brooke.
Repite y una sonrisa encantadora tira de sus labios.
—Bueno, Brooke, mi nombre es Bratt y, ya que estás bien, es un gusto conocerte.
Niego algo más tranquila y aunque parezca loco, divertida ante las palabras de este hombre.
—Dime Brooke, ¿a dónde te llevo? ¿Qué puedo hacer por ti?
—No tienes que hacerlo
Señalo a un lado.
—¿Ves la parada del autobús? —asiente siguiendo mi indicación —Debo tomar uno en… —miro mi reloj—treinta minutos.
—Insisto, no me sentiría bien dejándote así.
Nos hacemos a un lado y subo a la acera.
Me rio entre dientes porque de seguro corre cuando le digo donde vivo.
—A ver. Mi camino es en dirección contraria a la tuya y agradezco tu atención dado que yo fui la imprudente.
Asiente y yo me alejo.
— ¿Al menos dime dónde puedo encontrarte? Digo, para saber que estás bien.
Eso me saca una sonrisa.
—Buen truco.
—Vamos, no me dejes así.
Me detengo un segundo y lo miro.
—Si necesitas algo de mí, trabajo en el Northwest. El ala de la residencia para ancianos.
Él parece satisfecho cuando le doy la información y me regala una sonrisa satisfecha.
«No puedo negar que, aunque me he llevado un susto, Bratt me parece un hombre atractivo.»
Espero el autobús con mejor ánimo y cuando llego a mi departamento me detengo en seco fuera de este y siento que me baja la presión y las manos me tiemblan.
La puerta de mi departamento está entreabierta. Miro alrededor y no veo ni un alma.
Respiro profundo y me armo de valor para entrar.
—Vamos, Brooke no eres una cobarde.
Me digo a mí misma armándome de valor.
Empujo y cuando entro veo que la situación es peor de lo que imagine.
Mi departamento está vacío.
Literalmente se han llevado todas mis cosas.
Entro con pasos temblorosos y en el salón solo dejaron la alfombra.
Mis ojos se llenan de lágrimas al ver que todo mi esfuerzo se ha ido al carajo. La única persona capaz de hacer algo como esto es Jacob Hernández.
Caigo de rodillas en medio del salón, frente a una nota. La tomo y me limpio las lágrimas antes de abrirla.
*Aún nos debes dinero. *
Maldigo mil veces el haberme fijado en Marcos. Él solo me uso para tener un techo sobre su cabeza y cuando se dio cuenta de que estaba en apuros ¿Qué hizo? Robo a un traficante y ahora yo soy la responsable de pagar esa maldita deuda.
Un golpe en la puerta me sobresalta y al ver al señor Sandoval evito resoplar. Me limpio las lágrimas y me pongo de pie.
—Señor, Sandoval, ahora mismo necesito estar a solas, ¿Supongo que no sabe qué sucedió?
Él niega, pero es obvio que no dice algo por temor.
—Entiendo —mira alrededor —pero, necesito entregarte esto.
Frunzo el ceño cuando me tiende un sobre.
Lo tomo y abro el sobre.
Leo la carta y mientras más leo siento como terminan de moverme el suelo bajo mis pies.
«Me parece surrealista lo que estoy leyendo.»
— ¿Esto es una carta de desalojo? —susurro.
Asiente.
—El edificio tiene un nuevo dueño y han enviado la orden de desalojo a todos los que no están al día.
—Pero, yo prometo pagar lo que debo —digo a punto de perder mi mierda.
—Ya son varios meses, Brooke. Tienes esta semana para dejar el departamento.
Con eso se va y me deja aún más angustiada.
Cierro la puerta y me deslizo hasta que mi culo besa el piso. Y, es ahí donde me derrumbo y dejo salir todo lo que siento en este momento.
¿Ahora que se supone que voy a hacer?
No sé cuánto tiempo permanezco ahí. Me siento entumecida, enojada y al mismo tiempo quiero quedarme aquí, escondida y sin ver a nadie.
Me limpio las mejillas y respiro profundo.
No hay tiempo de llorar, nunca he sido una mujer que se lamenta. No tengo tiempo para eso.
Me acerco en cuatro hasta mi bolso, me pongo de pie y camino hasta mi habitación, donde solo está la cama y mis cosas personales esparcidas junto a mis prendas de ropa.
—Al menos no les sirvieron mis bragas —murmuro sorbiendo la nariz.
Arrojo de mala gana mi bolso a la cama y fallo un poco haciendo que este caiga al piso y el interior cae.
Frustrada me acerco a recoger el contenido y comienzo a levantarlas, mi bolso es como el bolso de Hermione debido a todo lo que llevo. Entre todo está la carpeta con mi información que Ian Wolf encontró de mí.
La tomo para darme cuenta de que hay una segunda carpeta.
Con curiosidad, me siento en la orilla de la cama y abro la misma.
—¿Que pierdo con leerla? —susurro —No es como si fuera a aceptar.
Ian Wolf es la clase de hombre con ínfulas de superioridad, y que solo piensa en él y para él.
Miro alrededor y suspiro. Las personas como Ian lo han tenido todo fácil en la vida. No imagino al gran Ian Wolf ir a un banco de alimentos porque no tiene dinero y su padre alcohólico se ha ido por una semana dejándole en un cutre departamento mientras intenta sobrevivir.
Solo para llegar perdido en el alcohol y tener que esconderse para no ser víctima de un padre golpeador.
Me estremezco cuando los recuerdos me invades y los alejo de inmediato.
Me concentro en el documento en frente.
Sé que es una locura, el solo echarle una mirada. Pero no puedo negar que la curiosidad me puede.
Con cada frase escrita que leo, se siente como si abriera la caja de pandora.