No me importas y jamás me vas a importar.
Las palabras de Renzo dan vueltas en mi cabeza aun tiempo después, es evidente que esta familia guarda con recelo lo que pasa dentro del núcleo familiar.
Debo admitir que es interesante y al mismo tiempo despierta mi curiosidad.
Avanzo por el sendero de la propiedad tomando aire, alejándome de todo lo que hay dentro de esa casa, necesito un poco de tiempo para mí; así que, deje la cuadra y ahora avanzo por el césped sintiendo la grama bajo mis pies mientras llevo las sandalias en mi mano.
Una parte de mí me grita que corra, que estoy a tiempo de mandar el deber familiar a la mierda, pero no es lo que se espera de mí.
Respiro profundo antes de soltarlo cuando escucho un gruñido desde mi espalda. Con cautela me doy media vuelta para encontrar a dos Cane Corso gruñendo. Trago y doy un paso atrás.
—Lindos perritos, —susurro mirando a los lados en busca de alguien, pero es evidente que están solos.
No tengo mucho que pensar, así que cuando estos dan un paso al frente es mi momento de correr, lo hago no sin antes lanzar un grito cuando escucho sus ladridos; sin embargo, no llego muy lejos antes de que sus patas me derriben.
¡Joder!
Me quedo muy quieta mientras que ambos animales se ciernen sobre mí y su baba me llena el cuello. Contengo la respiración y un gemido de terror brota de mis labios.
«Perfecto, solo vine a esta maldita casa a morir.»
—¡Hades! ¡Perseo! Aléjense, —la voz de Salvatore llega hasta mí y me atrevo a abrir uno de mis ojos para observar cómo se acerca a grandes zancadas, seguido de Aldo.
Lambón.
Ambos animales retroceden ante la orden de Salvatore, pero se mantienen atentos a la espera de una orden.
—¿En qué coño estabas pensando? —resoplo ante su tono.
«¿Quién dijo que la delicadeza es su fuerte?»
—Salí a dar un paseo—, replico entre dientes mientras me pongo de pie ignorando la mano que me tiende. —Lindos, animales, ¿qué comen? Personas, —suelto y este tuerce el gesto.
—Perseo y Hades solo comen carne de calidad.
Hijo de perra.
—Ya entiendo porqué no te han atacado, —mi contestación solo hace que el ambiente sea más tenso a nuestro alrededor.
Aldo se acerca a ambos perros y engancha la correa de estos que gruñen hacia mí mientras esté tira de las correas alejándose.
Miro a Salvatore.
—¿Son tuyos?
—Sí, ¿por qué?
Tuerzo el gesto antes de responder:
—No se equivocan cuando dicen que las cosas se parecen a su dueño.
Arquea la ceja. Es evidente que mis palabras no le agradan, pero, ¿qué más da? No le agrado de todas formas. Me estremezco cuando siento mi camisa húmeda y con un horrible olor. «Malditos perros.»
—Bien, iré a prepararme para esta noche y ser la perfecta muñequita inflable.
—Vaya, veo que puedes hacer algo bien después de todo.
—¡Vete al cuerno! ¿Acaso no puedes ser amable una vez en tu vida?
Sus manos me toman de los hombros de una manera casi dolorosa.
—¿Contigo? Jamás—, sisea— Ahora eres mi esposa para hacer lo que se me dé la gana.
—No soy de tu propiedad.
Me da una sonrisa fría.
—Te tengo noticias, Helena, eres mía para doblegar, —mis ojos lo atraviesan con odio y me remuevo, pero no me libera —aprende esto muy bien: no me importas y jamás me vas a importar.
—Eres detestable, —vuelvo a removerme y esta vez si me deja ir—. Ser importante para ti no es mi meta—reviró y levanto el mentón.
Con eso me doy media vuelta y me alejo sintiendo la desagradable sensación de la baba de los chuchos, de ese innombrable que se supone es mi nefasto esposo.
Entro a la casa y sin mirar a nadie subo escaleras arriba, a mitad del pasillo me topo con Martina que me da una sonrisa burlona al deparar en mi aspecto.
—Vaya, mira que bien te ves— se mofa e inclina la cabeza hacia al frente, olfateando antes de lanzar una carcajada, —escuche que Perseo y Hades te dieron un poco de amor.
Aldo es un Lambón y chismoso.
No tengo ganas de pelear con ella, así que decido hacer lo más sensato, paso a su lado sin siquiera darle una segunda mirada. Una vez en la habitación me deshago de la ropa, voy al baño donde lleno la bañera y me meto en ella para suspirar el placer del agua tibia.
Me rehago el cabello dejándolo en un moño desordenado, tomo la esponja y me froto el pecho, subo por mi cuello sacando de mi piel el olor a esos animales y desciendo levantando la pierna jabonosa cuando noto una figura de pie en la entrada del baño.
—¡¿Qué haces aquí?! —chillo y me hundo más en la bañera con algo de torpeza.
Salvatore me da una mirada estoica mientras levanta la mano y deja caer mis sandalias.
—Dejaste esto sobre el césped —réplica sin dejarme ver un ápice de lo que piensa en este momento.
Me aclaro la garganta y sopló la espuma que me rodea antes de responder:
—Déjalas afuera, no era necesario que las trajeras.
Arquea la ceja y una pequeña sonrisa casi escalofriante se filtra en sus labios haciendo que mi pulso se acelere por los nervios de estar a solas con este hombre que desconozco.
—Creo que fue la mejor decisión —dice dejando caer mis sandalias
—¿Qu…e? ¿Qué estás haciendo? —inquiero poniéndome en alerta cuando se quita la americana—. Lárgate de aquí o no respondo —levantó la esponja en un amago que él ignora.
Se saca la camisa blanca dejando su torso al descubierto.
—¿No me digas que me temes? — inquiere en tono bajo.
¡Habrase visto!
—Saca tu estúpido pecho de aquí… no te acerques—, continuo cuando da un paso al frente con una mirada soez.
Su torso trabajado y definido me hace difícil que le quite la vista de encima al bastardo que luce muy bien para su propio bien, ¿nadie debería verse así de bien?
Imbécil.
—Estamos casados y no sería extraño que consumara el matrimonio.
Abro la boca antes de cerrarla mientras mi mente no cree lo que acaba de decir. Me remuevo en la bañera e intento salir, pero me cohíbo cuando recuerdo que estoy desnuda.
—Tú a mí no me pones un dedo encima; además, recuerdas que no soy más que una cría para ti—, le recuerdo con sorna.
—Sigo pensando lo mismo, pero puedo trabajar con lo que tengo, —su tono frío envía escalofríos a través de mi piel y sus ojos oscuros me miran con frialdad—. Tal vez puedo deshacerme del problema de una buena vez—, espeta antes de que me tome del cabello y me incliné hacia un lado.
—Suéltame y vete de aquí—, siseo contra su rostro—si intentas intimidarme no lo vas a lograr, —me fuerzo a decir.
Su mirada me barre y soy consciente que mis pezones rozan la superficie del agua antes de que su boca descienda y se quede a milímetros de mis labios.
—Eres como un ratón asustado que quiere parecer un león, —susurra mientras su aliento me roza.
—¿Eso crees? —replicó con una sonrisa valiente.
Una valentía que no siento para ser sincera.
—¿Qué quieres dejar claro con esta estúpida escena de poder?
Chasquea los labios.
—No se si eres valiente o estúpida— replica, —dime, ¿que se siente ser la moneda de cambio de un acuerdo destinado al fracaso?
Sus palabras me dejan muda antes de que todo pase en cámara lenta.
Salvatore tira de mi cabello hacia atrás y lanzó un grito de sorpresa al tiempo que el agua entra en mi boca y por mi nariz. Mis uñas se entierran en sus manos y con la otra golpeo su torso, para segundos después ser sacada de la bañera, jadeo y toso mientras Salvatore mantiene su agarre.
—¡Eres un maldito! ¿quieres matarme? —me da una cínica sonrisa antes de soltarme sus pantalones estan mojados al igual que su torso, y me mira desde su posición—. ¡Ahora mismo me largo de aquí!
El no se inmuta.
—Hazlo, vete y la tregua se va a la mierda, tu y tu familia van a desear no habernos conocido y los Ferreti tendrán su alianza.
Mis ojos echan chispas y maldigo a todos los que nos llevaron a esta situación y a mí misma por ceder.
«Pensé que seriamos un matrimonio que al menos se lleva bien, pero está visto que no es así.»
Y, aun así, mi padre quiere que me embarace de este hijo de perra.
—Recuerda que nos vamos a las siete y procura verte a la altura, —dice antes de tomar sus cosas y salir de la misma forma en que sale.
Miro a un lado en silencio y siento cómo mis lágrimas nublan mi vista antes de que las sienta rodar por mi mejilla.
Golpeó el agua mientras ahogo un grito rabia.
Siento que su mano se posa en lo bajo de mi espalda e intento mantener una sonrisa y no saltar como un gato erizado. Quiero golpearlo y mandar a todos al infierno. Él actúa como si no hubiese querido ahogarme más temprano.
Sé que quería asustarme e intimidarme, y lo logró. Pero lo último que le daré es la satisfacción de verme asustada o salir corriendo para arruinar el trato entre ambas familias.
Hay mucho en juego y seríamos los perjudicados.
—Puedes dejar de tocarme como si fuera de tu maldita propiedad— farfullo entre dientes, llevándome la copa a los labios.
Doy un paso alejándome de su mano y viéndolo de frente.
—Este es el punto, Helena eres de mi propiedad, y frente a todos debe parecer que nos llevamos bien.
Sí, como no.
—Todos saben que somos una maldita farsa, y no soy tu jodida propiedad—. Mi tono es duro.
—Repite eso hasta que te lo creas.
No queriendo darle el gusto, decido escoger mis batallas; así que a través del salón me encuentro con la mirada de Paulette y Eva, las amigas de Martina.
Entonces decido hacer lo que he descubierto, se me da bien: Tentar a la bestia.
—Vaya, creo que no están felices de que estés aquí conmigo. Lo que me habría perdido si me ahogabas esta tarde —Me burlo a posta en tono pérfido, —¿no me digas que te las follas en trío? —espeto con guasa y este me mira mal.
—Puedes cerrar la boca. No hagas que me arrepienta de no ahogarte esta tarde.
«Maldito.»
—Decídete, hablo y parezco una esposa en toda regla o soy una estatua que mira a todos por encima del hombro.
—Eres una arpía, pero qué puedo esperar de ti y la calaña que te crio.
Doy un paso al frente y este baja su rostro quedando a centímetros del mío.
—¿Se supone que eso me debería hacer sentir mal?
—No espero tanto de ti; de hecho, no espero nada.
—¿Quién diría que tendríamos algo en común?
Termino mi copa y la dejo en la mesa junto a nosotros antes de alejarme. Busco el tocador y cuando al fin lo encuentro me relajo, saco de mi bolso de mano el labial para retocarme.
Me doy una mirada crítica viendo el vestido negro, de escote en V profundo, manga larga, con transparencia y encaje que decidí usar esta noche, mi cabello está suelto, peinado hacia atrás y mis ojos resaltan con dramatismo.
Recuerdo la mirada de Martina y Evelina al verme salir con Salvatore, es claro que no les gusto.
Lo sucedido esta tarde fue un shock, pero no puedo huir, no pienso huir. Mi familia cuenta conmigo y no soy una damisela en apuros, «él quiere jugar, entonces yo le voy a enseñar a mi maridito que no soy una más de las que acostumbra»
No sabe que puedo ser una buena contrincante.