“Callar bocas”
Salgo del baño dispuesta a dar mi mejor actuación de esposa solo para hacerle rabiar cuando me detengo en medio del salón al ver la escena que se desarrolla frente a todos.
Salvatore habla de forma amena con Eva, la amiga de Martina. Doy un barrido alrededor y noto algunas miradas sobre mí. Mis ojos caen sobre Salvatore que me da una mirada arqueada mientras Eva echa su cabello rubio hacia atrás y sorbe de su copa.
Decido avanzar hasta la barra para tomar un trago. Me siento frente a la barra y pido al camarero una copa cuando una figura se sitúa frente a mí.
—Al fin conozco a la principessa de los Rossetti, —parpadeo, viendo al hombre que está de pie frente a mí. Es alto, de ojos color café y cabello marrón oscuro, tiene unos treinta y tantos años, lleva un traje de etiqueta y tiene un vaso con líquido ámbar en su mano.
Me aclaro la garganta saliendo de mi letargo.
—Lo siento, estoy en desventaja, ya que no sé quién eres—. El camarero deja mi copa y asiento—, Gracias—murmuro antes de volver la mirada al hombre. — ¿Bien?
Me tiende la mano.
—Tiziano Ferretti.
Ferretti.
Miro su mano antes de sorber de mi copa.
—Vaya, veo que la nueva señora Di Sante ha escuchado de nuestra familia—. Deja caer la mano.
Dejo la copa sobre la barra y lo miró con atención.
—La reputación de su familia le precede, señor Ferretti, —espeto en tono sereno y puedo notar como hay murmullos. —Usted y su familia son famosos por querer dominar el mercado en Florencia a costa de nosotros, los Rossetti que hemos sido de las familias más antiguas y que le hemos dado trabajo a miles de personas.
Chasquea los labios.
—Creí que era una Di Sante ahora, —sonríe en tono burlón—digo, fue lo mejor que pudieron hacer para que ninguna de sus ilustres familias se unieran a nosotros, y así acabar con la otra parte, —asiente—. Debo admitir que fue una buena jugada, pero, ¿a costa de qué?
Porque no me sorprenden sus palabras. «Es evidente que los Ferretti no esperaban que el odio entre familia fuera echado a un lado para no dejar que estas personas se hicieran con la ciudad.»
Adopto una expresión estoica.
—No sé de qué habla.
—Es evidente que usted y el señor Salvatore no se llevan nada bien—, hace un gesto alrededor—, todos lo podemos ver.
—Qué observador Ferretti, no sabía que estabas al tanto de los cotilleos—. Salvatore interrumpe en tono impasible al tiempo que rodea mi cintura y pega su pecho sólido en mi espalda.
—Pueden ser las más grandes familias y tener dominio de esta ciudad, pero sus disputas, y rencores nos darán la ventaja final— levanta su copa y sorbe.
—Mi esposa y yo sabemos quién es el enemigo, Ferretti y no te preocupes por nosotros, mejor deberías seguir buscando ese terreno para tus proyectos, ya que nosotros nos hemos quedado con el que deseabas.
Me encuentro dándole una sonrisa divertida al hombre mientras veo cómo se le crispa la expresión.
Termina su trago, deja el vaso sobre la barra y nos mira dándome una mirada apreciativa.
—Hasta otra oportunidad, principessa.
Con eso se da media vuelta y nos deja a solas.
—Qué imbécil —susurro mientras se aleja.
—Ven conmigo—, habla Salvatore tirando de mi mano.
—¿Ahora qué? —siseo sin perder mi sonrisa ante los demás. Atravesamos el lugar y salimos a una terraza donde la brisa fría nos envuelve. —Puedes soltarme— gruño tirando de mi mano y me libera antes de acorralarme contra el balcón.
—¿Qué se suponía que hacías con Ferretti? —espeta viéndome con los ojos entrecerrados.
—¿Es una broma? Ni siquiera le conozco.
—¿En serio? ¿O estás buscando una alianza a mis espaldas? —suelta.
«Dios, es una bestia completita.»
—Yo no…
—Más te vale que no sea eso, Helena.
—¡A mí no me amenaces! —chillo entre dientes y lo empujo intentando que se aleje, —él solo decía que era evidente que somos un chiste de matrimonio y es cierto, porque no podemos estar juntos sin que algo pase.
Me atraviesa con su oscura mirada.
—¿Quieres que hablen cosas buenas de los dos? Bien, les daremos algo de qué hablar, —susurra en tono áspero antes de que su boca caiga sobre la mía tomándome por sorpresa.
Tardo unos segundos en reaccionar ante su asalto que lejos de ser delicado, es un beso duro, castigador. Sus manos me sostienen con firmeza de la cintura mientras magulla mis labios y jadeo ante la sensación de sangre cuando muerde mis labios e introduce su lengua. Cabreada por lo que hace muerdo su lengua haciéndolo retroceder como si quemara.
—¡Hija de puta! —sisea con evidente odio—, casi me arrancas la lengua—gruñe antes de escupir a un lado.
—No haberla metido donde no debías—, replicó con rapidez mientras jadeo.
Aunque me siento acelerada y mis ojos están abiertos como platos, me las arreglo para darle una sonrisa mientras maldice entre dientes a crías dementes.
«¿Él habla de dementes? ¡Ja! Mira quién habla.»
—No vuelvas a besarme, —sentenció y este se ríe sin humor.
—Como si quisiera hacerlo—, revira con tono ácido—. Solo quería callar bocas en ese maldito salón.
La forma tan detestable que lo dice y su mirada de desprecio me hacen enojar aún más.
—Creí que estabas satisfecho por la situación. Digo, te he visto muy entretenido adentro con tus amiguitas.
—¿Celosa?
—Por favor, para sentir celos, deberías importarme y me importa una reverenda mierda.
—El sentimiento es mutuo, créeme—, entrecierra los ojos. Ahora sonríe y entremos antes de que te arroje por el balcón.
«Miserable.»
No respondo; en cambio, pasó por su lado y soy consciente de que me sigue de cerca. En el interior todas las miradas se posan en nosotros, así que ralentizó el paso para que Salvatore me alcance.
Decir que esto es un nido de víboras es quedarse corto. Paulette y Eva me miran como si quisieran matarme y evitar resoplar.
«Larry y moe están atentas para llevarle todo el chisme a Curly.»
Un camarero se acerca y tomo una de las copas que me ofrece. Salvatore hace lo mismo y le da un trago.
—¿Sediento, querido?
— No juegues con fuego, Helena. —Habla sin perder su postura despreocupada que evidentemente es una farsa—, no me conoces y no seré condescendiente contigo.
Acaso no podemos ser amigables el uno con el otro, sé que nuestras familias se han detestado por años, pero, ¿por qué vivir así?
Durante unos segundos se queda pensando en mis palabras, da un sorbo a su copa
—No sé si eres ingenua o estúpida.
Dejo escapar un suspiro y desvío la mirada para encontrarme con el rostro de Antonio. Este levanta su copa hacia mí desde su lugar y le doy una sonrisa amigable.
Eso lo incita a acercarse y por la expresión de Salvatore es evidente que no le agrada.
—Quita esa cara, parece que no te gusta mi amigo.
— No confío en él, que es muy diferente— espeta sin más—. Le es leal a tu padre y eso es suficiente para que no me agrade.
—Eso quiere decir que tampoco te agrado porque soy la hija de mi padre—. Antonio es detenido por un hombre a mitad de camino y hablan; así que, decido intentar aclarar una duda, — ¿Puedo preguntarte algo?
—Pregunta, yo decido si contestar.
«Qué idiota.»
Por supuesto que diría algo como eso. Me enderezo y miro alrededor asegurándome que nadie más nos escuche.
—Esta tarde, antes del incidente, escuché a algunos trabajadores de la cuadra decir que jamás pensaron ver a un Di Sante y una Rossetti juntos… también hablaron de una tal Ginevra, —suelto y veo cómo su aspecto se vuelve despreciativo, —¿quién es Ginevra?
Su mandíbula se aprieta y aprieta con firmeza su copa.
—¿Salvatore?
—No vuelvas a mencionarla—, sisea y sus ojos llenos de odio me dejan sin aliento—, en tu puta vida digas su nombre porque no lo mereces. —Da un paso al frente y me niego a retroceder, aunque su expresión me da algo de temor—, ni tú ni ningún Rossetti lo merece.
Parpadeo algo atónita por sus palabras
—Yo…
—Cállate, no digas nada más, Helena.
Abro la boca no dispuesta a darle el gusto, pero Antonio llega hasta nosotros y le doy una falsa.
—Es bueno verlos como un frente unido—. Mira alrededor—eso callará los rumores y echa por tierra las apuestas.
Frunzo el ceño.
—¿Las apuestas?
—Así es, unos dicen que no durarán casados seis meses, —sonríe con cinismo mientras Salvatore lo mira con ganas de arrancarle la cabeza—, otros apuestan que ni siquiera un mes.
—¿Y en qué grupo te encuentras Morelli? —cuestiona Salvatore manteniendo una expresión aburrida.
«Es sorprendente cómo este hombre puede cambiar su fachada en un abrir y cerrar de ojos, es casi espeluznante.»
—Yo hago lo más sensato—, responde al fin—. No apuesto a menos que sepa que voy a ganar—me mira con una sonrisa coqueta que decido ignorar.
—Sabes que voy a ser tu jefe en la construcción del hotel en Inverness, ¿cierto? —escupe Salvatore sin rastro de humor— ahora, te sugiero que quites esa sonrisa de mierda y te pierdas ahora mismo.
—Déjame corregirte Di Sante—. Murmura Antonio que le sostiene la mirada, mientras observo el intercambio trabajo para los Rossetti—y, mi lealtad es para Helena, una Rossetti.
—Me conmueve tu sentido del honor, —se mofa Salvatore y me da una mirada rápida antes de que la devuelva a Antonio. —Pero no confundas tu rol de un simple empleado. Dime, ¿si pido tu cabeza en la reunión de mañana crees que Mauricio me la negaría?
—Salvatore—, intervengo—. No creo que sea el momento o lugar para esta conversación.
La expresión de Antonio se crispa y puedo ver que toma todo de él no caer en la provocación de Salvatore que sonríe con suficiencia.
Está claro que no come la mierda de nadie, y aunque me cabree, tiene razón, papá no pondrá todo en juego, «estoy segura de que delegar del proyecto a Antonio, aunque sea por capricho de Salvatore.»
Antonio da un paso al frente y Salvatore arquea la ceja cuando intervengo.
—Ya basta, su concurso de meadas puede esperar. —Sentenció—, sé que no se agradan y todo lo que implica esta unión—respiro profundo—, y no hablo solo del matrimonio. —Espeto manteniendo una postura relajada, veo a Salvatore que toma una expresión aburrida.
—Será mejor que me retire, —interviene Antonio y me da un guiño, —nos vemos mañana en la reunión, será un placer trabajar contigo codo a codo.
—Esfúmate, —ladra Salvatore.
—Hasta mañana, Antonio—niego, y antes de que me dé cuenta pongo una mano en el pecho de Salvatore deteniendo cualquier enfrentamiento y estamos haciendo lo que no deberíamos, llamar la atención de forma nada buena.
Antonio se aleja, y cuando al fin quedamos a solas miro a Salvatore aun manteniendo mi mano en su pecho, la cual quito como si quemara cuando su mirada baja hasta esta.
Trago duro antes de dar un paso atrás.
¡Rayos!
—Yo… creo que deberíamos irnos, estoy cansada—, farfullo—. Ha sido un día largo.
No responde, solo asiente de forma sutil.
Qué noche de mierda.