Chapter 4 Helena.

Chapter 4 Helena.

Las cosas claras.

Sentada en el sofá junto a la ventana, miro alrededor de la habitación, atrás quedo la perfecta y ordenada habitación para darle paso a un caos.

La cama está deshecha y los cojines junto a las sabanas y cobertor está en el piso, una de las mesas de noche y el banco frente al tocador están volcados, el espejo del mismo roto, miro con odio la puerta, no sé cuánto tiempo he estado ahí, pero estoy a punto de volverme loca cuando la puerta se abre y aparece Aldo que abre los ojos cuando ve el desastre.

Da un paso al lado y aparece una mujer llevando una bandeja que se detiene en el umbral cuando ve alrededor.

Sus ojos verdes me miran con sorpresa y me ve con sus ojos verdes, es una chica joven.

—Deja eso en la mesita —le indica Aldo en tono serio y esta se apresura.

—Llévate eso de regreso—, ordeno a Aldo con gesto tosco.

—El señor ordeno que le trajéramos el almuerzo aquí.

Me pongo de pie y avanzo hasta Aldo mientras que la chica se hace a un lado, pero observa todo con detalle.

—Voy a bajar a comer.

—El señor dijo que usted…

—El señor puede decírmelo el mismo—, levanto la barbilla y paso a su lado llevándole el hombro y este farfulla, pero lo ignoro.

Arreglo mi cabello y bajo las escaleras me detengo cuando llego a la planta baja y miro a los lados. No he tenido tiempo de recorrerla, así que estoy algo perdida.

—A la izquierda, —susurra alguien detrás y miro cómo la chica del servicio baja una bandeja. Hago lo hago, dice y atravieso el salón antes de encontrar mi propósito.

—Buen provecho—, digo anunciando mi presencia y cinco cabezas miran en mi dirección.

Salvatore preside un extremo de la mesa, mientras que Gianluca lo hace del otro lado. Junto a este último se encuentra su esposa y Martina, frente a esta Renzo.

«Ellos quieren verme hundida, pero están equivocados si creen que soy una persona fácil.»

Yo también puedo ser una perra.

Miro a la chica del servicio.

—¿Tu nombre?

Ella titubea mirando alrededor antes de devolverla a mí

—Ashley—, susurra.

—Bien, Ashley. Me gustaría que pusieran un puesto para mí—, avanzo y me siento al lado derecho de Salvatore que mantiene una expresión impasible.

La chica se pierde por un pequeño pasillo que supongo es la cocina.

—Di una orden—, espeta entre dientes—. No te he dicho que puedes salir.

—No sabía que era tu prisionera en esta casa, esposo.

Mis palabras lo hacen enojar aún más, es tan evidente.

Martina me mira desde suposición al tiempo que Ashley regresa y pone platos, cubiertos, servilletas y copas que trae en una bandeja.

—Gracias—, digo, cuando deja mi comida en frente, toma el vino y me sirve un poco antes de retirarse.

—Espero que te guste la Ratatouille—, Evelina habla antes de intercambiar una mirada con su hija.

—¿He probado uno de los mejores en el Core, en Londres, ¿le conoces?

—Realmente he escuchado maravillas del restaurante, además de tener reconocimiento.

—Tres estrellas Michelin— tomo el tenedor y tomo un bocado de la comida bajo la atenta mirada de todos. Degusto la comida y cuando trago miro a la madre de Salvatore, —Supongo que no podemos pedir peras al olmo.

Su cara de ofendida es mi satisfacción.

«Realmente está delicioso, pero no pienso admitirlo.»

—Supongo que estás acostumbrada a hacer lo que teda la gana, no es así cuñada. —Renzo habla desde su lugar.

Evelina levanta el mentón antes de lanzar su veneno.

—No sé cómo es en tu familia, pero las mujeres de esta obedecemos y respetamos la figura del hombre.

—Quiere decir más bien que besan el suelo por donde pasan.

—Ya basta—, sisea Salvatore.

—Me parece que no entiendes el concepto de familia, —secunda Martina viéndome con desprecio.

—¿No? Tal vez no, —tomo la copa, bebo un sorbo y la miro— dime algo, ¿tienes algún puesto entre tu familia? —No responde—. Déjame adivinar, tus hermanos son los que dirigen todo junto a tu padre mientras tu tarea es casarte con un hombre que sea beneficioso para esta familia.

—No, no trabajo en la empresa porque soy una reina y mis hermanos me tratan como tal.

—Por supuesto— espeto poniendo los ojos en blanco.

—Tenemos mujeres en los puestos dentro de los hoteles y la fábrica— Anuncia entre dientes Salvatore.

—Mis amigas trabajan para la familia, ambas son mujeres inteligentes y productivas —habla Martina llamando mi atención.

—Ya veo—. Miro a Salvatore—, entonces supongo que es momento de que les diga que voy a empezar a trabajar en el hotel, y me haré cargo junto a Lorenzo del proyecto en Inverness así que supongo que vamos a trabajar juntos.

Salvatore me fulmina con la mirada.

—Así que piensas volver ahí, donde está ese hombre—, no es una pregunta.

—Vaya, no sabía que fueras tan territorial, hermano.

—Renzo—, su tono es frío, este solo le da una sonrisa socarrona.

Aldo aparece en la entrada el comedor y mira a Salvatore.

—Han traído las pertenencias de la señora anuncia.

—Puedes hablarme a mi Aldo, no estoy pintada, —mi tono demuestra lo irritable de la situación mientras me pongo de pie.

—¿A dónde crees que vas? —La mano de Salvatore me toma de la muñeca y lo miro.

—Iré a ver cerciorarme de que hayan enviado todo.

Me deshago de su agarre frente al resto de su familia y dejo el comedor sin darles una segunda mirada.

Afuera esperan dos camionetas, una tiene cajas embaladas y equipaje, la segunda tira de un remolque individual.

Freya digo sintiendo una sonrisa tirar de mis labios al ver que mi yegua está aquí. Uno de los trabajadores de la villa Rossetti baja y me abre el remolque de donde desciende Freya.

—Hola, preciosa—. Susurro tomando las riendas y acariciando su hocico mientras ella bufa.

Miro a Aldo que me observa con gesto impasible.

—¿Debo suponer que ya está listo todo para su estancia?

Abre la boca y vuelve a cerrarla.

—Gianluca sabía perfectamente que mi yegua estaría aquí esta tarde

—El señor Di Sante no informo nada al respecto, —replica haciendo hincapié en el señor.

La figura de Salvatore aparece detrás del hombre y esta se hace a un lado. Desciende los escalones de la entrada y se detiene a unos metros de mí cuando Freya se encabrita.

—Tu padre sabía que mis cosas llegaban hoy, y con ellas, mi yegua. Ahora Aldo me dice que no hay espacio para ella en sus caballerizas.

—Yo no… —este interviene, pero se calla cuando Salvatore levanta su mano sin siquiera verle.

—Diles a los hombres de la cuadra que preparen el espacio para el animal —ordena en tono serio mientras mantengo a Freya por las riendas.

Le hago un gesto al trabajador que la ha traído y la lleva de regreso al remolque mientras los empleados de Salvatore hacen lo que se los ordeno.

Nos quedamos un momento, uno junto al otro, pero ninguno pronuncia palabra por unos segundos.

Me aclaro la garganta antes de hablar.

—Creo que voy a indicar donde llevar mis cosas.

—Me han dicho que has destrozado la habitación que se te asigno.

—Sí, bueno, no llevo bien cuando me encierran como a un maldito rehén, tampoco cuando me tratan como a un trapo viejo.

Lo miro con odio.

—Dejemos las cosas claras —dice en un tono de voz plano, apégate a lo que se espera de ti y no tendremos problemas.

—Tú lo que quieres es un jodido florero del brazo y yo soy una mujer que piensa, siente…

—Eres una Di Sante ahora, recuerda eso.

—Soy una Rossetti.

Chasquea los labios.

—Sigue por ese camino y verás que tan mal puede tornarse la situación.

Lo enfrento y veo cómo sus ojos oscuros me estudian sin mostrar alguna expresión.

—Deja tus amenazas, esto es un acuerdo de paz, no una guerra interna.

—¿Estás segura de eso?

¡Qué demonios!

—¿Cuál es tu maldito problema? —Frunzo el ceño—, ¿puedes decirme que es lo que te molesta? Si no estabas feliz con este acuerdo, haberlo dejado caro porque dudo que un hombre como tú fuera obligado a aceptar dicha situación—, abro los brazos con expresión exasperante.

—No es tu problema—, replica sin más y se aleja solo para detenerse unos metros más adelante para observarme. —Esta noche tengo una cena a la que asistir, así que está lista a las siete.

—¿Perdón?

—Lo que escuchaste, se supone que eres mi esposa, debes estar conmigo en esta clase de eventos.

—Por supuesto, como olvidarlo—. Hablo con desdén, Salvatore no dice más y se aleja.

Una vez a solas, Ashley aparece y guía a los hombres al interior con mis cosas, supongo que tendré algunas tardes ocupadas organizando todo.

«Bien, al menos me distraeré un poco de estar en esta maldita casa.»

Cuando me indican que está listo el espacio para Freya, me encamino con ella por el sendero hasta las caballerizas, ignorando la mirada curiosa y lasciva de algunos hombres y otros admirados con el ejemplar que llevo.

Es bien sabido que los Di Sante aman a los caballos y debo decir que fue un alivio poder traer a Freya conmigo. Tenerla en la villa familiar no es una opción, ya que mi madre es alérgica a estos animales o eso dice ella.

Los detesta.

Algunos murmullos me llaman la atención y encuentro al que supongo es el encargado de la cuadra.

—Señora, soy Luciano, el jefe de la cuadra.

—Un placer Luciano, soy Helena y esta hermosura es Freya.

—Un animal formidable, debo decir, —espeta el hombre bajo y rechoncho, pero que tiene una mirada afable—. Si gusta, sígame y le enseño el espacio que hemos destinado para ella.

Asiento.

Mis tacones hacen ruido sobre el piso de las cuadras y me lleva por el lugar. Luciano me habla del alimento que le suministran a diario y estoy de acuerdo.

—Freya ama comer avena y manzanas verdes—, anuncio cuando pasamos frente a un caballo negro, hermoso.

Me detengo y lo observo cuando relincha.

—Es Perseo—, dice al ver mi curiosidad—, pertenece al señor Salvatore —este se adelanta y el caballo de inmediato busca morderle. Resopla—, es algo tosco, el único que lo domina es su esposo.

—Ya veo—. Murmuro—, por algo dicen que las cosas se parecen a su dueño.

Él me da una mirada divertida antes de continuar el camino.

Cuando al fin dejo a Freya en su cuadra me siento mejor después de comprobar que está en óptimas condiciones para ella. Luciano me deja a solas y me encargo de que Freya se sienta tranquila antes de dejarla.

Escucho pasos y murmullos acercándose. Me quedo en silencio cuando escucho.

—Jamás pensé ver a una Rossetti con un Di Sante—, una sonrisa sarcástica brota de mis labios al escuchar a los hombres.

—Ya vez lo que hace la búsqueda de poder.

—Sí, —replica la otra voz desconocida. — ¿Qué crees que hubiera dicho la señora Ginevra? —susurra el otro.

«¿Ginevra?»

Miro a ambos cuando se hacen presentes y palidecen al verme.

—Señores, —digo con mi voz serena.

Estos abren y cierran la boca.

—Señora Di Sante—, murmuran con nerviosismo.

Una figura alta e intimidante aparece.

—No deberían estar trabajando en vez de estar como cotillas.

Renzo, el hermano de Salvatore aparece y les mira mal.

—Permiso señor—, farfulla unos antes de ver cómo ambos hombres prácticamente corren de nosotros.

Lo miro con la ceja arqueada.

—¿Quién es Ginevra?

La pregunta sale rápidamente de mis labios antes de pensarlo.

Él me da una sonrisa misteriosa.

—No quieres saberlo— responde soltando el aire, desvía la mirada viendo de mí a Freya antes de devolverla a mí—, vamos cuñada, aprende de los errores. No busques lo que no se te ha perdido.

—¿Es una amenaza? —inquiero con curiosidad.

—Es un consejo.

Con eso se aleja dejando más dudas que respuestas.

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