Ya habían pasado dos días, y todavía estaba enferma. Estaba tumbada en la cama de Damian, con Alena sentada a mi lado, cambiando los canales de la televisión sin ningún interés real. Obligé a Damian a ir al trabajo, ya que había una emergencia. Me giré en la cama, sosteniéndome el estómago; sentía que iba a vomitar. Intenté calmar la sensación, pero no pude. Corrí al baño rápidamente y vomité. Mi garganta ardía, y las lágrimas rodaban por mis mejillas. Me sentí aliviada de que Damian no estuviera aquí para verme así.
—Ya está. Vamos al hospital —dijo Alena con determinación. Damian había querido llevarme al médico, pero siempre lograba...