—Lo siento por haberte lastimado por mi culpa —dijo Thomas con su dulce voz. Estaba mirando mi pie ahora vendado. Estábamos todos en la sala, relajándonos. Lo tiré hacia mi regazo y le pellizqué la mejilla mientras sonreía.
—Niño Tommy, no es tu culpa —susurré y le di un beso en la mejilla—. Por eso siempre debes usar tus zapatos —dije, y él asintió. Apoyó su cabeza en mi hombro y rodeó mi cuello con sus manos.
—Tengo sueño —murmuró. Lo abracé y le di palmaditas en la espalda.
—Duerme, cariño —susurré y le di un beso en la parte lateral de la cabeza. Este niño pequeño era todo lo...