Ahora estaba atada a la mesa. Estaba llorando. No podía hacer nada más que llorar. Jace se estaba poniendo los guantes. Damian estaba apretando y aflojando la mandíbula. Sabía que estaba tratando de pensar en algo. Tomé una profunda respiración y me concentré en la lágrima que rodaba por mi mejilla para no entrar en pánico.
—Empecemos —escuché a Jace murmurar con la espalda vuelta hacia mí. Ahora estaba temblando. Intenté ver qué había en sus manos y hubiera preferido no haber visto nada.
La hoja brillante en su mano solo confirmó mis peores temores.
Iba a salir lastimada.
Mi bebé estaba en peligro.
—Eres un cobarde —me volví a...