Por fin tuve el valor de decirle a Shirley que la amaba y no iba a perder tiempo para demostrárselo. No lo pensé. Actué.
La tomé entre mis brazos y la besé. El néctar de sus labios me devolvió la paz a mi alma.
—Lo siento tanto, mi princesa —murmuré sobre sus labios, sujetando su rostro con mis manos.
Me sentí vivo de nuevo, entre sus brazos, respirando su aliento.
Shirley correspondió al beso, con la misma pasión que yo.
Un beso tierno, pero lleno de mucha pasión.
Abrí mis ojos y noté la mirada atónita de todos a nuestro alrededor.
—¡Ups! —La miré con vergüenza—. Creo que es el...