Chapter 5 El debut

Chapter 5 El debut

No podía creerlo. Era demasiado bueno para ser verdad y temí por el momento en que la vida comenzara a pasarme factura por ser tan benévola conmigo. De verdad tenía un ángel en el cielo que me amaba, como me dijo mi mejor amigo en una ocasión, pues no entendía nada. Era como si el cosmos conspirara para que me sucedieran solo cosas buenas. Y no es que me quejara, pero hay una frase que mi madre siempre dice: “después de un gusto, viene un disgusto”. Solo esperaba que dichos disgustos no llegaran nunca.

«¿Esto está sucediendo de verdad?», pensé.

—¡Andando! —dijo él y me soltó. Una enorme sonrisa se dibujó en sus labios.

Asentí y dejé que él caminara delante de mí. Yo lo seguí.

Llegamos al Taller siete y allí nos esperaban algunas personas más. Entre ellos estaban Margaret y Christopher. Me acerqué rápido a ellos.

—¡Hola, de nuevo! —saludó Xander en tono chistoso.

Todos los presentes soltaron una leve carcajada.

Él se sentó en el escritorio central y yo me dispuse a sentarme al lado de Margaret, quien me miró con una sonrisa pícara dibujada en sus labios.

—Como ya saben, esto es una iniciativa para promover el Teatro Contemporáneo. Es un programa experimental —habló con total profesionalismo—. Ustedes están aquí porque yo los elegí y serán los pioneros en esto —se levantó de su asiento, tomó un libro del escritorio, se puso sus lentes y comenzó a hojear las páginas—. La obra elegida es El Murciélago, de Johann Strauss —todos comenzaron a murmurar y no entendí por qué—. Si lo sé, es una Opereta, pero recuerden que acabo de utilizar la palabra “experimental” y por lo tanto, será una adaptación. No se preocupen.  No tendrán que cantar nada. La obra fue adaptada para teatro —hizo una breve pausa y me miró —. Al menos que tú quieras deleitarnos con tu voz —tomó una carpeta de su escritorio y comenzó a caminar en dirección a mí—. Leí en tu expediente que también cantas —comentó mientras se acercaba más a mí. Yo me sonrojé y no pude evitar encogerme de hombros.

—Es solo un pasatiempo —dije.

Sus ojos se clavaron en los míos. Mi corazón se aceleró.

Perderme en esos ojos de mar era la tortura más divina que podía experimentar.

—Pasaré por cada uno de sus asientos y les haré entrega de una copia del libreto. Por favor concéntrense en cada uno de sus personajes. Solo tenemos dos meses para montar el performance —dijo él y entregó una copia del libreto a cada uno de nosotros—. ¡Rosalinda! —indicó al llegar a mí.

—¿Qué? ¡No! Mi nombre es Shirley —respondí.

Xander se carcajeó.

—Me refiero a tu personaje. Tú serás Rosalinda —esos bellos ojos me miraron de nuevo—. La dulce y bella Rosalinda. Claro que sé que tu nombre es Shirley —dijo mi nombre, sus dulces labios pronunciaron mi nombre. Mi mente divagó—. ¡Hey! ¿Estás bien? —preguntó moviendo su mano frente a mi rostro.

Yo espabilé.

—Sí. Bien. Rosalinda. Bien. Lo capté —balbuceé.

Él no pudo evitar soltar otra carcajada, para luego alejarse y ocupar su escritorio.

—Como se sabe, los estudiantes de los primeros años no son elegidos para presentarse frente al público, pero por ser un programa especial, estoy haciendo una excepción. Además, sé que ninguno de ustedes me decepcionará…

Su comentario fue por Margaret, Christopher y yo, pues éramos los únicos de primer año que eran elegidos.

Xander continuó hablando. Dio indicaciones y dejó claro cuándo y dónde serían los ensayos. Iba a verlo todas las tardes, durante los próximos dos meses.

Una vez finalizada la reunión, todos nos levantamos de nuestros asientos y algunos comenzaron a intercambiar sus números telefónicos. Me quedé un rato con Margaret y Christopher, charlando de trivialidades, mientras él hablaba con los demás. No podía evitar mirarlo con el rabillo del ojo, ver como sonreía me hizo sentir dentro de un sueño. En un momento lo perdí de vista, así que supuse que se marchó, al fin de cuentas era un hombre muy ocupado, tendría sus responsabilidades pendientes. Comencé a imaginar tantas cosas cuando de repente…

—¿Shirley? —oí una voz a mi espalda que me hizo temblar—. Estoy tomando nota de los números telefónicos de todos, para mantenernos en contacto —Xander extendió su móvil hacia mí.

«¡Oh por Dios…su móvil!».

La fangirl reprimida dentro de mí, gritó con locura. Tomé su celular entre mis trémulas manos y respiré hondo, disimulando mi elevado grado de exaltación.

—Muchísimas gracias por la oportunidad —Christopher se acercó a nosotros y yo aproveché para anotar mi número en el móvil de Xander.

—No hay nada que agradecer. Es un placer contar con personas tan talentosas como ustedes —le dijo él a Christopher—. ¿Anotaste mi número? —levanté mi mirada para darme cuenta que hablaba conmigo. Me pareció que su pregunta era capciosa, pues él no me dio su número. Mis manos temblaron con exageración al sujetar mi teléfono e intentar anotar el número que Xander me indicó.

—Lo siento, aún no se manejarlo muy bien. Es nuevo —mentí para que no se diera cuenta de mi nerviosismo.

—No te preocupes. Permíteme —él sujetó mi móvil entre sus manos y con total agilidad tecleó su número y lo guardó.

«Tengo el número telefónico de Xander Granderson guardado en la memoria de mi móvil». La alocada fangirl dentro de mí, gritó una vez más.

Él charló con nosotros por un rato más, pero yo no pude concentrarme en lo que él decía, me limité a verlo y detallarlo…

Su cabello entre castaño medio con reflejos de rubio. Juré que era rubio por completo porque así se veía en la televisión y en las fotos de revistas, pero no, era de un color extraño. Por momentos se veía rojizo. No quise detenerme solo en su cabello, así que continué escudriñándolo. Sus ojos eran azules con vestigio de verde y gris, sus labios eran delgados y rosados. Deseé saborearlos. Tuve que desviar la mirada un momento para detener el rumbo que estaban tomando mis pensamientos. Seguí examinándolo. Tenía una nariz perfilada, perfecta. Me embriagué con su imagen.

—¿Shirley? —escuchar mi nombre me hizo volver a la realidad.

Sacudí mi cabeza y me di cuenta que Xander, Margaret y Christopher me miraban con el entrecejo fruncido.

—¿Te encuentras bien? —preguntó mi amiga.

—Sí. Estoy bien. Solo pensaba que…

—Lo harás bien —él puso su mano en mi hombro, interrumpiéndome—. No te preocupes.

Después de un rato más, Granderson se despidió y se marchó.  Junto a él, se fueron mis suspiros silenciosos y mis deseos reprimidos de decirle que lo amaba.

 

***

 

El día del primer ensayo llegó y desperté llena de ansiedad.

Me vestí con lo mejor que tenía en mi guardarropa, arreglé mi cabello y maquillé mi rostro de manera sublime, tal como si me preparara para una cita. Anette no dejó de reírse y hacerme bromas en ningún momento.

Aunque el ensayo era en la tarde quería irme preparada para la academia, pues no tendría tiempo de regresar al apartamento para cambiarme.

Una vez lista, Anette y yo nos fuimos a la academia.

No supe si era la ansiedad que me embargaba, pero el tiempo pasó muy lento. La mañana se me hizo eterna. Tenía solo dos clases: Expresión Corporal con la profesora Jones a primera hora y Proyección Escénica con Hoffman para finalizar la jornada e irme hacia el teatro donde ensayaríamos.

Hoffman consiguió la manera de que ensayáramos en el Donmar, uno de los teatros más prestigiosos de la ciudad y en el cual Xander se presentó a principios de año.

Al entrar en el teatro, pude ver que algunos de mis compañeros llegaron. Por inercia, comencé a buscarlo con la mirada, pero no lo vi.

Margaret y Christopher se acercaron y me saludaron. No los veía desde la semana pasada, pues a nuestro pesar nos dividieron en dos grupos. Yo quedé con Jones y ellos estaban con el profesor Tyler, así que aprovechamos que Xander aún no llegaba para ponernos al corriente de todo.

—Buenas tardes a todos —esa voz llegó a mis oídos como una dulce melodía.

Mi corazón se aceleró. Giré con rapidez y allí estaba él, en ropa casual, con un par de anteojos que lo hacían lucir algo mayor de lo que era y algunos libros entre sus brazos. Se veía adorable en demasía.

—¡Buenas tardes! —dijimos al unísono todos los presentes.

Xander respondió con una sonrisa y se dirigió hacia el escenario, dejó los libros sobre el suelo y luego se sentó en una silla dispuesta para él.

Nos habló acerca de la obra, de su historia y puntualizó cada personaje, dándonos una idea de cómo debíamos canalizarlos.

Yo estaba embelesada, viéndolo sin prestar atención a lo que decía.

—Rosalinda —dijo Xander y caí de la nube en la que estaba flotando, al reconocer que se refería a mi personaje—. ¡Oh! Mi Rosalinda. Ella es un personaje frágil, pero a la vez muy tenaz. Pícara, coqueta y toda una dama —agregó mientras bajaba las escaleras del escenario y caminaba en dirección a mí—. ¿Culpa de quién? —clavó sus ojos en mí.

Capté de inmediato lo que estaba haciendo. Era una técnica muy usada por la profesora Jones. Ella citaba un fragmento de la obra al azar para poner a prueba nuestros conocimientos acerca de la misma. Agradecí en mi interior que Anette insistió en repasar mis líneas una y otra vez, pues valió la pena. No tuve problema alguno para seguirle el juego.

—¿Culpa suya? ¿Culpa de qué? —dije.

—Sí. Solo por su culpa —intervino Christopher.

—¿El señor notario? —repliqué yo.

—¡Eso no es verdad! —Argumentó Xander, sonriendo de satisfacción, apuntándome con su dedo índice—. Genial, veo que sí se estudiaron el libreto —hizo una breve pausa y miró a Christopher—. Muy bien hecho —le dijo—. Ahora todos hagamos un repaso de la obra con libreto en mano.

Todos hicimos caso a su orden y comenzamos a interpretar nuestros personajes. Xander a su vez hizo pequeñas correcciones y nos dio consejos para proyectar la voz.

Día a día fueron pasando los ensayos y todo marchó de maravilla. A Xander se le notaba que estaba muy feliz por la elección del elenco. Todos éramos talentosos y muy disciplinados.

Margaret como la encantadora Adele, hizo una interpretación sublime y Christopher como Gabriel Von Eisenstein, fue regio.

Yo por mi parte, traté de aportar mi gracia a Rosalinda, y entre actuación coqueteé de vez en cuando con Xander, aunque él solo lo tomase como parte de mi actuación.

Con el tiempo, entre él y yo se forjó una linda amistad, basada en la confianza plena. A tal punto, que yo lo llamaba por teléfono cada vez que tenía una duda con respecto a mi personaje, aunque fuese solo una excusa para escucharlo o verlo.

Algunas veces, él iba a mi residencia, donde charlábamos largas horas acerca de las obras de Shakespeare y su fanatismo por el Bardo de Avon.

Noté que él no perdía oportunidad para bromear conmigo. Me jugaba bromas en el Teatro y era adorable conmigo, mientras yo trataba de no  perder el contacto con mi realidad. Él era mi jefe, mi guía y de cierto modo mi mentor. Le debía respeto ante todo.

Así fueron transcurriendo los días.

Una noche, antes del estreno de la obra, tuve un encuentro con la dura realidad. Una realidad que me abofeteó en la cara, sin ninguna contemplación. Cuando pensaba que sería una noche especial, la maldita realidad me recordó que no era más que una tonta ilusa.

Esa noche tuvo lugar una cena con todos los actores de la obra. Celebrábamos haber logrado hacer el trabajo en el tiempo estipulado.

Ese día usé un vestido rojo ceñido al cuerpo que me llegaba un poco más arriba de los tobillos. Una manga larga cubría mi brazo izquierdo y mi brazo derecho estaba descubierto. En la parte del busto se podía apreciar un efecto de trasparencia que era causado por tela de encaje. Sobre este, un abrigo tipo gabardina de color beige. La parte difícil fueron los zapatos. Eran unos botines de cuero, puntiagudos y muy altos, que me aportaban mucha elegancia e hicieron que mi imagen se viese más estilizada de lo normal.

Anette procuró maquillarme con tonos entre terracota y gris para mis ojos, según ella, para resaltar mis ojos ámbar. Mis labios de un rojo carmesí, lo cual los hizo ver más carnosos de lo que eran, mi cabello cobrizo caía libre y en bucles sobre mis hombros y espalda. Al mirarme al espejo, me sorprendí mucho al ver el efecto que causó la loción perlada de Anette en mi bronceada piel. Esa noche estaba vestida para matar.

Tomé las llaves del auto que Anette muy gentil me cedió y me dirigí hacia el restaurante. Con cada metro que me acercaba, mis ansias crecieron más y más.

Por fin llegué, bajé del vehículo y entré al lugar.

Pude divisar una amplia mesa en la parte central, donde estaban situados casi todos mis compañeros, pero Xander  no llegaba aún.

Caminé hacia la mesa y saludé a todos los presentes. Luego me senté. Pasaron casi quince minutos mientras yo conversaba con Margaret y Christopher. En el momento en que levanté mi mirada hacia la puerta, allí vino el duro golpe a mi cara. Una vez más, la realidad me demostraba que era mi enemiga.

Él entró junto a una linda mujer que lo sujetaba del brazo.

«¿Quién es ella?», fue lo único que pude pensar.

Xander saludó a todos con una enorme sonrisa marcada en su rostro. Posó para unas cuantas cámaras y la mujer a su lado, nunca se separó de él. Ella era alta y rubia con una sonrisa resplandeciente.

Mis planes se fueron abajo.

La tristeza se apoderó de mí ser y tuve que tragarme las lágrimas que amenazaron con salir a borbotones.

Cuando él llegó a nuestra mesa, me miró y me sonrió. Sentí el impulso de borrarle esa estúpida sonrisa de un golpe, pero me limité a sonreír también. Mi corazón se detuvo. Una vez más, hice gala de mi máscara cargada de hipocresía.

Xander saludó a cada uno de los actores y presentó a la rubia de ojos azules que llegó con él, como Anna Ferguson, su “novia”. Tal palabra, me arruinó la noche.

—¿Estás bien? —me preguntó Margaret al cabo de un rato de comenzar a comer.

—Sí —respondí sin quitar la mirada de mi plato.

—No has tocado tu comida —comentó ella.

—Perdí el apetito de repente —dirigí la mirada hacia Xander, quien se encontraba al otro extremo de la mesa, charlando de manera amena con los demás.

—Algo te pasa. Cuéntame —susurró mi amiga con notoria preocupación.

En ese instante se asomaron algunas lágrimas de mis ojos. Me sentía muy mal. ¿A quién pretendía engañar? Estaba frustrada. Los celos me quemaban por dentro. Giré mi rostro a un lado para ocultar mi malestar de los demás que estaban allí.  No quería que nadie me viera en esas condiciones.

—Con permiso —me levanté despacio, para que nadie notara que me retiraba. Sin embargo, todos se giraron a verme.

Pude percibir confusión en los ojos de Xander, pero a esas alturas de la noche ya no sabía ni que creer. Mi imaginación estaba empeñada en crear ilusiones estúpidas.

Caminé deprisa hacia el tocador. Necesitaba estar sola.

Al llegar al sanitario, fue como si alguien hubiese bajado el interruptor del llanto, liberando lágrimas y más lágrimas de mis ojos.

¡Estúpida realidad! Allí estaba otra vez, burlándose de mí, recordándome que Xander era inalcanzable.

Lloré como nunca.

Sentí que alguien entraba y traté de ahogar mis sollozos para que no me descubrieran. Pero fue en vano. Fuese quien fuese se percató de mi presencia en el interior de aquel cubículo.

—¿Shirley? —la voz de Margaret me tranquilizó un poco—. ¿Qué te sucede? ¿Te sientes mal?

Yo solo lloraba y lloraba. Por más que intentara calmarme no lo lograba.

—No… es… nada…—respondí entre sollozos.

—¿Cómo que nada? Abre —me ordenó. Esperé un rato y traté de controlar mi llanto—. Mírate nada más —comentó ella apenas abrí la puerta—. Estás hecha un mar de lágrimas ¿Sucedió algo malo en tu país? —Margaret se acercó con la intención de abrazarme.

—No nada de eso, es que yo… soy…—hice una pausa para tomar aire, pues comenzaba a ahogarme por culpa del llanto—. ¡Soy una estúpida! —levanté la voz.

Margaret se quedó en silencio, observándome por unos segundos. Agitó su cabeza como si estuviese consternada por haberse dado cuenta de algo.

—¡Oh no! No puede ser —se acercó más a mí y limpió una lagrima que rodaba por mi mejilla—. Estás enamorada de Xander—masculló.

No era una pregunta. Era una afirmación. Ella sabía de mi secreto mejor guardado. Me sentí vulnerable y quebrada.

—No sé si esto sea amor, pero me siento como una idiota cada vez que estoy cerca de él. Las palabras se quedan atragantadas en mi garganta y solo pienso en él.

—¿Desde cuándo está pasándote esto? —preguntó ella.

—Desde… —dudé—, antes de conocerlo —confesé. Ella abrió los ojos como platos—. Por favor, no le digas a nadie. Me daría mucha vergüenza que él se enterara que soy su fan y que he fantaseado con él por años.

—¡Oh por Dios! ¡Claro! —Exclamó ella, como si estuviera frente a un gran descubrimiento—. Las cosas comienzan a tener sentido.

—¿De qué hablas? —sin darme cuenta, mi llanto cesó.

—No es que seas una mujer frívola y sin corazón—se carcajeó.

—¿Qué? —me sentí horrorizada con semejante comentario.

—Christopher y yo pensábamos que Xander te caía mal y solo te comportabas bien con él porque era el productor de la obra y solo te mostrabas cortés. Cuando hablábamos de él, tú cambiabas el tema. Pensaba que era porque no te interesaba en lo absoluto. Cuando él se acercaba al grupo, tú te ibas. Tu humor cambiaba de golpe cuando él estaba presente. Ya lo veo claro. Actuabas de esa manera porque tenías miedo de que se te notara que te gustaba.

—Sí. Muy a mi pesar, tiendo a comportarme como una imbécil cuando alguien me llama la atención —confesé—. Lo cierto es que siento muchas cosas por él y sé que soy una idiota, haciéndome ideas equivocadas con él y su forma de tratarme, creyendo que él era especial conmigo.

—Y lo es. Él te trata de un modo especial. Eso lo notamos todos. La manera en que te mira, en que te habla… sin duda hay algo entre ustedes.

—¿Pero qué dices? Él me trata como a cualquier otra persona.

—¡Claro! A mí también me visita en casa para ayudarme con mis líneas y también que hace bromas tras bastidores —comentó con sarcasmo.

—Me trata como a una actriz más del elenco.

—No. No es cierto. Él te trata de forma diferente al resto. Se le nota que te aprecia mucho. Sécate esas lágrimas y volvamos. Todos están preocupados por ti.

—¡Jah! Xander ni cuenta se habrá dado de mi ausencia, con lo entretenido que está con su novia… —me crucé de brazos.

—Para tu información, fue él quien me mandó a cerciorarme de que estuvieras bien. Aunque no quieras creerlo, él se preocupa por ti.  Sécate esas lágrimas y salgamos.

Luego de que Margaret me ayudara a retocar mi maquillaje, salí y retomé mi rol en la velada. Con una enorme sonrisa en el rostro, me acerqué a la mesa y me senté en mi silla.

Todos platicaban alegres, a excepción de Xander, quien me miró desde el instante en que aparecí por el pasillo hasta que me senté.

La noche transcurrió sin ningún otro contratiempo. Él hizo un pequeño brindis en mi honor y me hizo sentir especial por unos minutos. Traté de sonreír y desbordar alegría. Una alegría superficial, porque mi corazón estaba partido en mil pedazos.

Al final de la velada, todos comenzaron a irse. Yo decidí hacer lo mismo. Me levanté de mi asiento y me despedí de los pocos que quedaban, entre ellos Xander y su “novia”.

Salí del restaurante con la única convicción de alejarme lo máximo posible de allí.

Iba caminando hacia el auto de Anette, sintiéndome unas enormes ganas de llorar cuando de repente oí mi nombre.

—¿Shirley? —alguien gritó.

Me giré y vi que era él. Mi corazón se precipitó. Fingí que no lo escuchaba y continué caminando.

—¡Hey! Detente. No me hagas correr con este traje puesto —dijo él.

Me detuve, respiré profundo y me volteé.

—¿Qué sucede? —pregunté con brusquedad.

—¡Oye! En realidad no tengo ni idea que es lo que te sucede ni por qué clase de situación estés pasando. Solo quiero que sepas que cuentas conmigo —se expresó amable mientras se acercaba a mí.

—No te preocupes. Estoy bien. No pasa nada —le respondí, tratando de mantener un tono de voz neutral. Hice el intento de irme de allí.

—¡Hey! —Él me sujetó del brazo—. ¿Qué te sucede? ¿Problemas de pareja? —me tomó de la mano con ternura.

Mi corazón dio un brinco al mirar ese punto donde nuestros cuerpos se conectaron.

—No. Nada de eso. Estoy bien. Mañana haré un buen trabajo. No te preocupes. Mis problemas personales no influyen en mi carrera —le indiqué tratando de apartar mi mano de la suya.

—¿Qué pasa? ¿Te incomoda que te toque? —él bajó su mirada hacia nuestras manos entrelazadas y la soltó—. Disculpa. No fue mi intención incomodarte. Solo quiero que sepas que cuentas con un amigo, para lo que sea —comentó con esa típica sonrisa que me derretía el alma.

—¿En serio? ¿Un amigo? —no pude evitar sonar sarcástica.

—¡Claro! Puedes hablarme con total confianza —expresó él.

¿Cómo era posible que no se diera cuenta? ¿Tan buena actriz era? Me sentí llena de ira e impotencia ¿Cómo podía ser tan ciego?

»Por cierto. Te ves preciosa esta noche —comentó. Yo sonreí—. ¿Ves? A eso me refiero —dijo  chistoso—. ¡Arriba esos ánimos! Que sea lo que sea, no vale la pena, para que borres esa sonrisa tan bella de tu rostro —me abrazó con efusividad.

No pude aguantarlo más.

Lo besé.

Sus labios respondieron a los míos, sus dulces labios se movieron junto a los míos. Su lengua invadió mi boca y nuestros alientos se acompasaron al mismo ritmo. Sus manos recorrieron mi cintura, mientras nuestras lenguas hacían una danza celestial…

»¡Hey! —su voz me despertó del trance. Caí de golpe a la realidad al ver como agitaba su mano frente a mi rostro—. ¿A dónde te fuiste?

—¿Qué? ¿Cómo? —yo estaba confundida.

—Te fuiste por un momento.

—Yo…lo siento —intenté hablar.

—Como te decía, nunca dejes de sonreír —finalizó, me dio un dulce beso en la mejilla y me guiñó el ojo.

Se dio la vuelta y regresó al restaurante.

¡Por todos los cielos!

Ese fue el beso imaginario más delicioso de toda mi vida.

Me subí al auto, lo encendí y me marché a casa.

Durante todo el camino no dejé de pensar en él. Xander estaba tatuado en mi alma y no podía dejar de pensar en la mujer que lo acompañaba.

¿La amaría?

¿Cuánto tiempo tendrían juntos?

Lo último que oí de él en un programa de chismes, era que estaba saliendo con una empresaria. Rogué a Dios que esa mujer no fuese nada serio para él.

«¿Que se supone que estás haciendo?», vociferó la odiosa vocecita en mi cabeza. «Él nunca será tuyo. Bájate de esa nube. Recuerda que tú tienes a tu novio». Era verdad. Yo tenía a Matías, con el que estaba comprometida. No tenía por qué estar pensando esas cosas. Al contrario, debía alegrarme porque él era feliz.

Al llegar a mi departamento dejé las llaves en la mesa, al lado de la puerta principal. Anette estaba despierta, viendo la televisión.

—¿Qué tal la cena? —preguntó al verme.

No le contesté y pequé de maleducada. Pasé de largo hacia mi habitación sin ni siquiera mirarla. Entré a mi alcoba y me encerré en ella. Miré el poster de Xander y lo arranqué con rabia. Lo rompí en pedazos, tal cual él rompió mi corazón.

 

***

 

Desperté al darme cuenta que amaneció. Aún llevaba puesto el vestido de la noche anterior, así que me levanté y sin perder tiempo me metí en la ducha. Quería borrar cualquier indicio de esa odiosa noche.

Me vestí e intenté desayunar algo, pero mi pesar no me lo permitió. Anette pasó a mi lado pero no me dirigió la palabra. Me imaginé que estaría molesta por haberla ignorado la noche anterior.

—¿Estás lista? —preguntó.

—Sí —contesté tomando una manzana del mesón.

—¿Podrías contarme que sucedió anoche? ¡Ayer me dejaste con la intriga! —se apresuró Anette en hablar.

—Nada. No pasó nada y eso es lo que más tristeza me da —le contesté sin poder ocultar mi malestar.

—¿Cómo que nada? ¿Y el plan? ¡Ibas a confesarle a Xander que te sentías atraída por él! ¿Qué sucedió?

—¿Qué sucedió? —repetí su pregunta. Algunas lágrimas se asomaron en mis ojos—. Él llegó con su novia. Eso fue lo que pasó —solté sin poder frenar mi llanto.

Mi amiga se acercó a mí y me abrazó, pero yo me aparté. Lo último que necesitaba era la compasión de alguien. Me sentía molesta, ansiosa, celosa y muy triste.

Tomé mi bolso y sonreí a medias.

—¡Vámonos! —le rogué a mi compañera de piso.

Ella tomó las llaves de su coche y nos dispusimos a irnos para la academia. Ese día no hubo ensayo, pues en la noche era el estreno de la obra. Llegamos a la Academia y seguí con mi vida normal. Clases, profesores, entrenamiento, exámenes y charlas de vez en cuando con mis compañeros.

Salí más temprano de lo normal, así que tomé el subterráneo y me fui a casa sin esperar a Anette.

Al llegar a mi departamento, tomé la portátil de mi amiga, me conecté y le escribí a Matías. Él respondió de inmediato. Hablamos de la obra y lo nerviosa que estaba porque esa noche era el estreno. Él me dio ánimos y me aseguró que todo iba a salir bien, que no tenia de que preocuparme. Me comentó que en dos semanas vendría a verme y yo me alegré mucho porque ya no me sentiría tan sola. Matías me ayudaría a sacarme toda esa amargura reprimida por culpa de Xander.

La conversación continuó por algunos minutos más. Platicamos de muchas cosas, de cómo le iba a él en la clínica y algunas que otras anécdotas divertidas de él con sus pacientes e hicimos muchos planes para cuando él llegara a Londres. Matías era mi realidad. Él era mi novio y yo lo quería mucho. Xander me encantaba, pero yo estaba clara que eso no podía ser, en ese momento, inconsciente, decidí vivir mi realidad.

La noche se acercaba, y eso significaba que tenía que comenzar a prepararme para ir al teatro. 

***

Llegué al teatro y pude ver que la mayoría de los actores ya estaban listos. Me apresuré en ponerme mi vestuario y comenzar a maquillarme.

—Allí estás. Pensé que no llegarías. Estaba aterrado —dijo Xander con cierto alivio en su voz.

—Claro que estoy acá. ¿Por qué pensaste que no vendría? —pregunté.

—Te estuve llamando y no contestabas —dijo él.

Tomé mi bolso y saqué mi móvil, miré la pantalla y vi que tenía tres llamadas perdidas de él. Me encogí de hombros.

—Lo tengo en silencio —dije con vergüenza mientras le mostraba la pantalla.

—Lo importante es que estás acá. Prepárate. Comenzamos en unos minutos —indicó y se marchó.

A medida que el momento se acercaba, me sentía mucho más nerviosa. Vi que Xander corría de un lado para el otro, percatándose de que todo estuviera marchando como debía. Se paseó por todo el teatro comprobando la iluminación, la música y los elementos de utilería. Estaba enfocado en que todo saliera perfecto.

—¡Todos a sus puestos! —anunció con euforia, faltando cinco minutos para que diera inicio el espectáculo.

Nos dispusimos tras el escenario, por orden de entrada.

Estaba esperando para entrar cuando escuché que todos gritaban:

—¡Mucha mierda!  ¡Mucha mierda!

No entendía por qué. Miré a Xander en busca de una respuesta.

—Significa, buena suerte —me aclaró.

En ese momento comprendí que las costumbres del teatro eran muy extrañas. La música comenzó a sonar y sentí que alguien tomaba mi mano. Al girarme…

—Rómpete una pierna —dijo Xander, mirándome con ternura.

Salí y me dejé llevar. Yo, una principiante sobre el escenario, frente a más de doscientas personas. Pude sentir la mirada de cada uno de los espectadores clavada en mí.

Mis compañeros salieron uno a uno. Primero Margaret, luego Christopher. Xander observó la obra desde la parte lateral izquierda del escenario. Su sonrisa de satisfacción nos tranquilizó y nos hizo sentir seguros de lo que hacíamos. El performance transcurrió de manera magistral. Dejé fluir mis líneas. Me paseé por el escenario con total maestría sin perder contacto visual con el público que miraba atento mi interpretación.

Al cabo de casi dos horas, la obra concluyó y el público aplaudió con mucho entusiasmo. El momento de la reverencia fue mágico. Pude sentir la adrenalina a mil, corriendo por mis venas.

Xander se acercó a mí y tomó mi mano. La alzó e hizo un gesto de reverencia hacia mí. La audiencia aplaudió con más euforia. 

Una vez detrás de bambalinas, nuestro productor nos felicitó a todos.

Hoffman apareció, agitando una botella de champán y mojándonos a todos con el líquido burbujeante.

—Todos estuvieron magníficos. Sabía que no me equivocaría. Son grandiosos, chicos —Xander estaba entusiasmado.

Entre tanta alegría y celebración, aproveché para escabullirme, pues cumplí con mi responsabilidad y ya deseaba irme. No podía evitar sentir pesar por lo acontecido la noche anterior.

Tomé mi bolso y cuando ya estaba dispuesta a marcharme, alguien me detuvo.

»¿A dónde vas? ¿No pensarás irte así nada más?

La voz de Xander frustró mi intento de escape.

—Eh… no me siento bien —me apresuré a decir—. De hecho venia ya con un poquito de malestar.

—¡No! Espera —él se acercó a mí—. Tenemos pensado ir un rato a mi casa, tomarnos unas copas, comer algo, conversar…

—No creo que sea buena idea. De verdad, no me siento bien —respondí sin abandonar mis intenciones de marcharme.

Solo quería salir de allí y alejarme de Xander. Tuve demasiada tortura psicológica por un día.

—Entonces, deja que te lleve a tu apartamento. Es la misma vía que tomo camino a mi casa—traté de negarme—. ¡Insisto! —dijo antes de que yo respondiera con una negativa.

—No. No te molestes. Me iré con Anette. Ella está afuera, esperándome.

—¿Te refieres a esa Anette? —señaló a mi amiga, quien se encontraba tomándose fotos con los demás miembros del elenco.

Me sentí acorralada. Las excusas se me agotaron.

—No te preocupes por mí. Tomaré un taxi —le dije.

—No. Nada de eso… —se interpuso en mi camino—. Yo te llevo—rebuscó entre los bolsillos de su pantalón y sacó las llaves de su auto. Se giró hacia los demás—. ¡Chicos! Me adelantaré. Llevaré a Shirley a su departamento y luego los alcanzaré en mi casa. Espérenme allá.

Salimos caminando uno al lado del otro. Xander con su elegancia y su masculinidad. Yo con mi cansancio y mi cara de malestar.

Unos destellos repentinos hicieron que él me sujetara del brazo y acelerara el paso.

—¿Qué sucede? —pregunté.

—Paparazzi —dijo entre dientes.

Detrás de unos arbustos había dos sujetos con el único objetivo de fotografiar a Xander.  Él se apresuró en llegar a su coche. Abrió la puerta del copiloto y abordé. Deprisa se subió, puso en marcha el motor para marcharnos.

—Eso estuvo cerca —dijo él en tono divertido.

Solté una pequeña carcajada.

—¡Vaya!¿Todo el tiempo es así? Eso fue como estar en el ojo de un huracán —dije con espontaneidad.

Él rió a carcajadas. Era raro que alguien riera con mis chistes malos. Se giró y me miró a los ojos. Yo desvié la mirada hacia la ventana de auto. No sabía por qué, pero mirarlo a los ojos se me hizo una proeza casi imposible.

El auto estaba impregnado de su aroma, hierbabuena, canela y un toque de naranja. Sí, ese era su perfume y yo lo conocía de memoria.

Durante el camino estuvo gastándome una serie de bromas. Me contó muchos chistes y trató con desespero hacerme reír. Mientras, yo trataba de buscarle algún defecto, algo que me ayudara a comprender que él no era perfecto, pero no encontré ninguno.

Debía buscar una forma para aprender a no quererlo.

Algo muy difícil de encontrar.

Llegamos a mi departamento y sin más preámbulos desabroché mi cinturón de seguridad, al mismo tiempo que Xander bajaba y se apresuraba en abrirme la puerta.

—Con cuidado —extendió su mano para ayudarme a salir.

—Muchas gracias, caballero —le correspondí con una sonrisa.

Él besó mi mano en gesto de cortesía.

—Que descanses Shirley. Hoy estuviste increíble.

Se acercó y me dio un beso en la mejilla.

Yo no pude evitar sonreír como idiota.

Caminé hacia la puerta de mi casa, la abrí y me volteé para verlo. Él estaba recostado a su coche, con la mirada fija en mí. Levantó su mano y la sacudió para despedirse. Imité su gesto.

Entré, cerré la puerta y me apresuré a ver por una pequeña abertura de una ventana lateral. Él seguía allí.

¿Por qué no se iba? ¿Qué era lo que estaba esperando?

Subí las escaleras y rápido abrí la puerta de mi departamento. Corrí hacia la ventana y me asomé. Vi que aún estaba allí. Extendí mi brazo para alcanzar el interruptor de la luz, la encendí y me asomé de nuevo. Él sonrió y agitó su brazo en alto. Yo hice lo mismo.

Category
Dark
Set up