Abrí mis ojos de golpe al darme cuenta que no fui a la academia. Salí de un brinco de la cama y cuando estaba a punto de telefonear al profesor Hoffman para disculparme por mi ausencia, recordé que nos dieron el día libre porque el profesor salió de viaje por asuntos académicos. Suspiré de alivio.
Al salir de mi cuarto, encontré a Anette tendida en el sofá, estaba dormida. Imaginé que la fiesta habría estado muy animada, así que fui a la cocina a preparar café. Uno bien cargado para ella.
—Buen día, chica fiestera —dije. Ella sonrió y abrió sus ojos—. ¿Qué tal la velada?
—Bien —contestó sin más y recibió la taza de café que le entregué.
—¿Cuántas travesuras hiciste? —le pregunté mientras se incorporaba.
—¿Qué? ¡No! Nada de travesuras. Me porté muy bien —respondió con rudeza —. Fue una velada muy linda.
Decidí no hacerle más preguntas al notar su actitud hostil. Ella trató de levantarse pero se mareó y cayó de bruces contra el sofá.
—¡Oh por Dios, Anette! ¿Cuánto bebiste?
—Mucho. Mi cabeza estallará en cualquier momento —contestó mientras trataba de ponerse de pie.
—¿A qué hora llegaste? Estuve despierta como hasta las cuatro y no te sentí llegar —indagué un poco.
—Em… yo —Anette parecía nerviosa
—¿Xander te trajo? —pregunté por simple curiosidad.
—No, él no hizo nada —soltó de repente.
—¡Hey! Cálmate un poco, no es para tanto, ¿o acaso sucedió algo de lo que no debo enterarme?
—No, nada. Todo está bien. Deja de hacer tantas preguntas. Pareces mi madre —comentó con molestia para luego alejarse en dirección a su alcoba.
Algo muy raro estaba sucediendo con Anette.
Comí rápido y me dispuse ir al teatro, al respectivo ensayo del día. Me decidí por ir en el subterráneo. Era temprano, así que me lo tomé con calma y paseé un rato por las hermosas calles de Londres.
Faltando pocas calles para llegar al Donmar, fui sorprendida por una lluvia torrencial, de repente el cielo parecía caer a pedazos.
Corrí deprisa hacia un toldo que sobresalía en la entrada de un restaurante, para resguardarme mientras pasaba el aguacero. Había varias personas paradas allí, esperando lo mismo que yo.
—El clima está loco —le comenté a un caballero que se acercó corriendo, también resguardándose de la lluvia.
Fijé mi mirada al frente, sin percatarme de los que estaban a mi lado. Solo deseaba que la lluvia cesara para irme al teatro. Mis ansias por ver a Xander eran inmensas.
—¿Shirley? — esa voz llegó a mis oídos.
Me giré hacia el hombre que acababa de llegar, al cual acababa de hablarle. Mi corazón se aceleró.
—¿Xander? ¡Oh por Dios! ¿Qué haces aquí? ¡Mírate! Estás todo mojado— me acerqué a él y comencé a pasar mis manos sobre su chaqueta, tratando de secar el agua que escurría.
—Tú también estás empapada —comentó él y me acomodó un rebelde mechón de mi cabello detrás de la oreja.
Sentir su tacto y su aliento rozar mi rostro, me hizo olvidar todo lo malo.
Mi corazón latió acelerado.
—¿Qué haces aquí? ¿Y tu coche? —pregunté algo confusa.
—Tomé el subterráneo. El tráfico es una pesadilla y más cuando llueve —respondió él sin dejar de mostrar esa bella sonrisa que lo caracterizaba.
—No creo que sea apropiado ensayar con el clima así —argumenté ante lo obvio.
—Tienes razón. Le avisaré a todos que el ensayo se cancela —sacó su móvil.
—Le avisaré a Christopher y a Margaret —comenté.
—No. No hace falta. Los tengo a todos en una lista. ¿Ves? —En su voz pude percibir algo de ansiedad, pero no le di importancia—, el mismo mensaje se lo envío a todos —insistió—. Ya que estamos aquí. ¿Te apetece una taza de café?, mientras esperamos que se calme la tormenta. Yo invito.
¡Wow! ¡Increíble! Xander Granderson me estaba invitando a tomar un café con él. Ni en mis sueños más locos imaginé algo así.
Entramos al restaurante y nos acercamos a una mesa que acaba de quedar disponible.
—Adelante —me indicó rodando la silla para que me sentara.
—Gracias —contesté con voz temblorosa.
—¿Por qué estás tan nerviosa? —preguntó él.
Su interrogante me cayó por sorpresa. Pensé que me estaba comportando a la altura como siempre, pero no me percaté que desde el momento en que nuestras miradas se cruzaron, mi auto-control se fue al carajo. Temblé como una hoja de papel y comencé a sudar a pesar del frío que estaba haciendo.
—¿Cómo? ¡No! ¿Nerviosa yo? ¡Pfff! Claro que no, es solo que… —comencé a balbucear—…nunca tomé una taza de café con una celebridad —le susurré con cara avergonzada.
Él soltó una carcajada ante mi comentario y yo sonreí con timidez.
—¿Cómo te has sentido? —abrí mis ojos con sorpresa. Me sentí aturdida por lo frontal que fue su pregunta.
«¡Oh por Dios! ¿Tan obvia soy? ¿Se habrá dado cuenta de que me duele verlo con otra? ¡Qué tonta soy!», pensé.
—Em… bien. Supongo —me encogí de hombros, sin saber que más decirle.
—Lo digo por la obra. Imagino que es una gran experiencia para ti — comentó.
Me relajé un poco al ver que sus preguntas no tenían nada que ver con lo que yo pensaba
—Muchas gracias.
—¿Gracias? ¿Por qué? —él se sorprendió ante mis palabras.
—Por darme la oportunidad y por confiar en mí —mi agradecimiento fue muy sincero.
El simple hecho de estar con él allí, en ese lugar, era motivo para agradecerle al mismísimo Dios.
—No hay nada que agradecer, eres muy talentosa. Te mereces esto y mucho más.
Estábamos él y yo, frente a frente, hablando con las miradas, aunque no logré descifrar lo que decía la suya. Su actitud me hizo pensar muchas cosas.
¿Y si tal vez yo le gustaba? Tal vez era un hombre tímido que no se atrevía a decírmelo a la cara.
«Un hombre tan guapo, talentoso, varonil y sexi, no puede ser tímido. Al menos no con las mujeres», pensé mientras mis ojos detallaban su anatomía. Tenía hermosas y grandes manos, dedos largos y delgados, que deseé que me tocaran entre caricias. Quería su tacto quemando mi piel, sentir su barba de dos días rozando mi espalda, mientras sus manos recorrían mis piernas. Deseé enredar mis dedos en ese cabello húmedo. Ese rizado y cobrizo cabello hizo que mi pulso se acelerara. Quería perderme en sus brazos, besar, lamer y arder en cada centímetro de su nívea piel.
El sonido de mi móvil hizo que saliera de esa erótica ilusión en la que me sumergí.
—¿Diga? —contesté sin percatarme de quien era. Una voz masculina me saludó. Era Matías.
«¡Rayos!», dije en mi interior.
De haber visto la pantalla y haber sabido quién era, no habría contestado. Me tocó atender la llamada, no podía colgar sin más.
Miré a Xander. Él me miró con algo de inquietud.
—Hola amor. Sí. Muy bien —di gracias al cielo de que el hombre frente a mí no hablara español.
Le indiqué a Xander que me retiraría un momento para atender la llamada y que volvería en unos minutos. Me levanté y me alejé de la mesa, para charlar con mí… novio.
—Sí. Te oigo —le dije a Matías, quien al parecer tenía problemas con la señal.
—Ahora soy yo quien no te oye bien. ¿Dónde estás? —Matías sonó irritado.
—Estoy en un restaurante, cerca del teatro. Espero que la lluvia se calme un poco —le indiqué.
—¿Estás sola?
—No. Estoy con mi… —titubeé—, jefe.
Matías sabía lo mucho que admiraba a Xander y las cosas extrañas que sentía con tan solo ver una foto suya, así que opté por no decirle que estaba con él. Sin embargo, Matías lo supo.
—¿Tu jefe? ¿Querrás decir ese actorcito que tanto te gusta? —allí estaba de nuevo, ese tono molesto que estuvo presente durante nuestras últimas conversaciones.
—Es mi jefe y punto. Lo veo y lo trato como tal, deja tus estúpidos celos. No comiences otra vez —esa vez no le toleraría sus tonterías.
—Bien, bien, bien. No comencemos a discutir por ese tipo. ¿Cómo estás? —dio por zanjada la discusión.
—Bien. Un poco agotada, pero bien.
—Me alegro, mi vida. Pronto salgo de vacaciones y podré ir a verte. Te extraño demasiado.
—También te extraño… —por una extraña razón, sentí que le mentía.
Conversamos por algunos minutos más, mientras mi pensamiento estaba con Xander en aquella mesa. Él se veía algo incómodo. Miraba a todos lados con impaciencia. De vez en cuando nuestras miradas se cruzaban y me brindaba una media sonrisa entre la cortesía y la molestia.
Una vez finalizada la llamada, volví a la mesa, junto a Xander, para encontrarme con una cálida sonrisa de su parte. Se veía tan hermoso con el cabello húmedo y algo enmarañado, chaqueta de cuero negra sobre una camiseta blanca, un pantalón jean azul oscuro, algo ajustado y unos zapatos negros muy pulidos. Aún después de haberle caído un chaparrón de agua encima, se veía glorioso.
—Lamento haberme tardado —me disculpé en cuanto me acerqué a él.
No sé si fueron ideas mías, pero él se comportó algo extraño. Parecía distante y por momentos estaba serio. Era como si algo le perturbara.
Charlamos un largo rato, acerca de todo mientras esperábamos que la lluvia cesara. Entre cafés y bizcochos, transcurrieron casi veinte minutos.
Al pasar los minutos, el lugar seguía llenándose más y más. Muchos transeúntes resguardándose de la inclemencia climática. Él se vio obligado a acercar su silla hacia mí, para poder escucharme.
No me di cuenta en qué momento sucedió, pero pasó su brazo por encima de mis hombros y yo me acurruqué a su lado. Sentí el calor de su cuerpo y el olor de su piel: su perfume, mezclado con el olor a humedad, golpearon mis fosas nasales y produjeron olas de placer en mí. Su rostro estaba tan cerca del mío que pude saborear su aliento.
—¿Xander? ¿Shirley? —la voz de un caballero hizo que nos separáramos de golpe.
—¡Christopher! —me sorprendí al verlo allí, mojado de pies a cabeza.
«Y así se arruina un momento perfecto», pensé.
—¿Qué hacen acá? Estuve esperando un rato en el teatro y no llegó nadie —comentó Christopher.
—¿No recibiste el mensaje? —le pregunté. Se suponía que Xander les avisaría a todos.
—No —se encogió de hombros—. No recibí nada.
—Lo siento, tal vez tengo mal tu número —dijo Xander tratando de disculparse.
—¡Siéntate! —lo invité a unirse a nosotros—. Ya que no habrá ensayo, tómate un café con nosotros.
Aunque la idea de que un tercero se nos uniera no me gustaba en lo más mínimo, era lo más lógico que podía hacer, al fin de cuentas Xander y yo éramos solo “amigos”, se vería extraño que él y yo estuviésemos abrazados en medio un café en pleno Londres, mientras charlábamos a “solas”.
En cuestión de minutos mi atención se enfocó en Christopher y la fastidiosa monografía sobre “La Ilíada” que nos asignó la profesora Jones. Debía entregarla en dos días, pero no tenía escrito nada. Pude percibir la incomodidad de Xander. Su semblante se endureció y aunque él trató de disimularlo, supe que no estaba a gusto con la presencia de Christopher.
—Me tengo que ir, chicos —dijo Xander de repente—. Espero que terminen de pasarla bien —se levantó de golpe con esa cara de pesar que tuvo durante los últimos minutos. Lo miré algo intrigada, deseaba saber si se encontraba bien. ¿Cuál era la razón de su repentino cambio de humor? Él se inclinó para besar mi mejilla—. Nos vemos en la noche.
—De acuerdo —sujeté con fuerza su mano.
—Cuídate —me guiñó el ojo—. Hasta luego —se despidió de Christopher, para luego salir del lugar.
Lo seguí con la mirada hasta que desapareció de mi vista.
Solté un suspiro y sonreí como idiota.
Al girarme hacia mi amigo, éste me observaba con una mirada inquisitiva.
—¿Qué fue eso? —preguntó él.
—¿Qué fue qué?
—¿Por qué se fue así? ¿Y por qué tú te quedaste como tonta viéndolo mientras se iba?
—Supongo que tendrá algo que hacer —respondí con brusquedad—.Y yo no me quedé como tonta viéndolo, como dices.
—Él se fue porque yo llegué.
—¿Qué estás diciendo? Claro que no, solo… se tenía que ir.
—¡Ay por Dios, Shirley! No puede ser que seas la única que no se da cuenta.
—¿De qué rayos estás hablando?—lo miré sin poder comprender sus palabras.
—La manera en que él te mira, como se comporta cuando estás presente. Todos lo vemos.
—Estás loco. Él no me mira diferente al resto. Se comporta igual, como siempre.
—Cree lo que quieras, pero es evidente que le gustas —sentenció Chris—. ¿Nos vamos? La lluvia cesó.
Asentí sin decir ni una palabra, estaba en shock por la que acababa de decir Christopher.
¿Xander sintiéndose atraído por mí?
Era un disparate.
***
Los próximos días pasaron veloces, entre clases en la academia y las funciones en el teatro.
Xander aparecía de vez en cuando con su “novia” y yo me llenaba de amargura y rabia. Christopher y Margaret aseguraban que nuestro querido jefe se sentía atraído por mí, pero en vez de alegrarme por eso, me confundían, pues él actuaba muy distinto en los últimos días. Cuando él estaba solo con nosotros, era un encanto conmigo, pero bastaba que su novia estuviera presente en alguno de los ensayos, para que él se comportara como un cretino.
A medida que los días fueron transcurriendo, mi relación con Xander se fue deteriorando. Casi llegamos al punto de relacionarnos solo por trabajo.
De alguna manera, yo levanté un inmenso muro entre los dos. Fue mi defensa para no sufrir.
Una tarde mientras estaba con Margaret en el teatro, esperando a que el ensayo comenzara, ella hojeaba una revista.
—Según este artículo, la boda está pautada para finales de mes —comentó Margaret una tarde mientras comíamos y esperábamos a los demás.
Ella tenía entre sus manos el más reciente ejemplar de la revista donde hacían una reseña de la vida amorosa de Xander, haciendo un repaso por su relación oficial con Adeline Richards, la afamada actriz de teatro, pasando por las tantas relaciones que le adjudicaron después de la ruptura con ella, llegando a la polémica foto de él junto a una dama en las playas de Maui y de la cual decían que era su actual pareja, con la que suponía esa revista que se casaría a finales del presente mes. Vi la mujer con detenimiento y mi estómago se revolvió. Era Anna Ferguson. Sentí una dura estaca, llena de veneno, clavándose en mi débil corazón.
—Pues, que sea muy feliz. No me importa —dije con rabia.
—Sabes que si te importa —Margaret lanzó la revista a un lado. —¿Cuándo rayos piensas hablar con él y decirle lo que sientes?
—¿De qué rayos hablas? ¿Hablar con quién? —me levanté de inmediato.
—¡Oh vamos! Sabes muy bien de que hablo, no te hagas la loca.
—¡No sé de qué hablas! —tomé mi bolso. No estaba dispuesta a aguantar su sermón.
—Alto allí Shirley. Deja de huir. Debes afrontarlo. Sé adulta de una buena vez. Lo quieres.
—Es solo un tipo de admiración. Lo veo como si se tratara de un jefe y le debo respeto. Además yo tengo mi novio, al que sí amo —dije con algo de frustración en mi voz. Me sentí expuesta.
—¡Cálmate! —Dijo entre dientes —Yo no soy tu enemiga, al contrario, solo deseo ayudarte. ¿O crees que no me doy cuenta lo mal que lo pasas cada vez que esa mujer aparece por aquí? Lo de tu novio es una excusa. Si de verdad estuvieras enamorada de él, no sufrirías tanto por otro hombre.
—Ya déjame en paz —le di la espalda para marcharme de allí. Ella me sujetó del brazo.
—Debes tomar la decisión de una buena vez. Habla con Xander y dile lo que sientes y…
—Y mandar todo al carajo. Nuestra relación laboral se verá muy afectada. No quiero eso.
—¿Relación laboral? ¡Por Dios, Shirley! Estás muy mal. No pasa un día en que tus cambios de humor no nos afecten a todos. Ya pareces bipolar y eso no es normal. No es sano para ti…
—Él no siente lo mismo que yo —la interrumpí.
—¿Estás segura? ¿Él ya te lo dijo?
—No, pero no hace falta que lo diga. Solo basta mirarlo con esa tal Anna para saber que la quiere.
—¿No te pusiste a pensar por un momento que quizás esté pasando por lo mismo que tú, pero no se atreve a decírtelo?
—No, porque es un disparate. Xander puede tener a la mujer que quiera y estoy segura que jamás se fijaría en mí.
—Tienes un serio problema de autoestima —exclamó Margaret—. ¡Mírate! Eres hermosa. Cualquier hombre desearía estar contigo…
—Cualquiera, menos Xander —farfullé.
—Eso no lo sabes.
—Pero… —me sentí acorralada.
—Pero nada. Se lo dices y que sea lo que Dios quiera o pasa la página. Concéntrate en tu novio. Ya deja de torturarte haciéndote ideas.
—¿Ideas? ¿Cómo cuáles? Que yo sepa los únicos que me meten ideas en la cabeza son Christopher y tú—bajé la guardia.
—Te vi desojando margaritas, me quiere, no me quiere —hizo como si tuviera una flor entre las manos—. Haces cada test de cada revista que te consigues; ¿Él es el amor de tu vida? ¿Le gustas? ¡Por Dios! Pareces una adolescente —solté una carcajada ante tal comentario—. Además de que hay algo, lo hay. Él te mira de manera especial y eso no lo puede ocultar. Que tú no lo quieras ver, es otra cosa.
—Está comprometido, Margaret. Se va a casar —me resigné a la derrota—. Lo mejor es dejar las cosas así.
—Debes arreglar las cosas. Día tras día, la tensión crece entre ustedes y eso ya comienza a incomodar al resto del elenco. Al menos hazlo por el bien de la obra, si de verdad te importa —solicitó mi amiga.
Una vez terminada la función de esa noche, me preparaba para marcharme. No tenía el coraje suficiente para encarar a Xander y hablarle de mis sentimientos. La simple idea me aterraba. Sin embargo Margaret estaba empeñada en hacer el papel de Cupido.
—¿Y bien? ¿Lo harás? —me preguntó mientras yo recogía mis cosas.
—No —dije tajante y continué en lo mío.
—No me obligues a llevarte a rastras para que hables con él —su voz sonó amenazante.
—¿Cuál es tu empeño? No entiendo.
—Debes hablar con él, confía en mí. Yo sé por qué lo digo —la voz de ella denotó que ocultaba algo. Había algo más y ella no quería decírmelo—. Si no lo haces tú, lo haré yo —sentenció. Se dio la vuelta— ¡Xander! —gritó su nombre.
Dejé caer mi bolso al darme cuenta de lo que hacía.
—¿Qué haces? No lo hagas —le rogué para que se detuviera, sin embargo hizo caso omiso a mi súplica.
Él la miró.
—¿Podrías venir un momento? Por favor —agregó ella.
—No lo hagas —le supliqué a Margaret, entre dientes.
—Hazme caso Shirley, será lo mejor.
—Claro, en seguida voy —escuché que Xander respondió.
Yo solo quería que la tierra me engullera y desaparecer de allí.
—Margaret, por favor, no…
Ella me guiñó el ojo.
—Suerte —dijo, se dio la vuelta y se marchó.
—No te vayas —traté de ahogar las ganas de gritar.
Me giré despacio y vi que Xander se acercaba.
«Inhala y exhala, Shirley. Inhala y exhala».
—¿Y Margaret? —preguntó él.
—Se fue.
—Pensé que tenía algo que decirme.
—En realidad soy yo la que tengo que hablarte.
—¿Ah sí? —él sonrió—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Es que… —mi corazón latía a mil —necesito charlar contigo acerca de algo.
—Muy bien. Dime —me apremió sin borrar la sonrisa de su rostro.
—Me gustaría que fuera en un lugar más…
—¿Privado?
—Algo así —respondí con algo de vergüenza entrecerrando los ojos.
—¿Te parece bien en el área de los camerinos?
—Sí. Hagamos algo. Yo iré a buscar mis cosas y te alcanzo allá. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Él se alejó y yo sentí que mis oídos zumbaban. Me agaché para recoger mi bolso y el resto de mis cosas.
—¿Qué te dijo? —Margaret apareció de la nada.
Di un brinco del susto.
—¡Carajo! Pensé que ya te habías ido.
—¿Irme? ¿Sin saber en que concluye esto? ¡Nunca!
—Aún no le he dicho nada. Hablaremos en un momento. ¿Crees que sea buena idea?
—Claro que sí. Ya te quitarás la incertidumbre. Si él no corresponde pues normal, sigues adelante, pero ya no tendrás esa duda carcomiéndote día tras día.
—¿Me esperarás?
—Obvio —dijo Margaret sonriendo con malicia.
Me encaminé hacia los camerinos, ideando una a una cada frase que le diría. Comenzaría con algo como:
«Escúchame. Necesito contarte algo que lleva varios días robándome la paz. Desde hace unos años soy gran admiradora tuya. Digamos que soy tu fan y…»
No, no y no. No podía decirle eso. Él podría pensar que soy una loca obsesiva. Contemplé una vez más las palabras que le diría:
«Debo ser sincera contigo, Xander. Me pareces un hombre encantador, inteligente y talentoso. Lo que creí que era una simple admiración, con el tiempo me di cuenta que es algo más. Me gustas. Siento que te quiero más que a un amigo. Entenderé si tú no sientes lo mismo por mí, pero necesitaba decírtelo».
¡Sí! Eso sí sonaba mejor. Algo inteligente y a la vez sutil.
En el momento en que puse mi mano en el pomo de la puerta y estuve decidida a abrirla, una voz femenina me indicó que no estaba solo. Sentí mi corazón galopar deprisa al percibir quien era su acompañante.
—Quería darte la sorpresa.
—Me dijiste que llegabas en una semana. Hice otros planes.
—Terminamos los diseños antes de lo previsto y pues, decidí venirme. Te extrañaba demasiado —dijo Anna, su novia.
Me asomé por un huequito y pude ver como lo besaba repetidas veces en el cuello, mientras él la abrazaba por la cintura.
Mi corazón se quebró.
—¿Recuerdas la casa de la playa de tu amigo Albert?
—Sí. ¿Qué pasa con ella? —preguntó Xander.
—Logré que nos la cediera para nuestra luna de miel. Sé lo mucho que te encanta el lugar, así que esta vez seré yo quien te complazca.
—Pensé que querrías pasar la luna de miel en Escocia, en la granja de mi abuelo.
—Sí, mi vida, me encanta ese lugar, pero también sé que tu pasión por el mar no tiene límites. Además, es una propiedad privada, así como en Maui. ¿Te acuerdas? Estaremos solos, tu y yo, apartados de la civilización. ¿Qué te parece?
—Me encanta. Esa idea es fabulosa.
Noté que ambos se quedaron callados y mi estúpida curiosidad no se pudo contener, tenía que husmear.
Al asomarme de nuevo por el pequeño agujero de la puerta, vi como él devoraba la boca de su mujer. Sentí como mi corazón se terminó de quebrar. Ya no había nada de qué hablar. Me quedó claro que él amaba a su prometida. Hablarle acerca de mis sentimientos sería un grave error.
«¡Estúpido corazón! ¿Por qué te empeñas en amar a la persona equivocada?».
Me di la vuelta y salí corriendo de allí.
Lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
—¿Qué sucede? ¿Por qué lloras? —me interceptó Margaret.
En el momento en que iba a responderle, Xander salió agarrado de la mano de su novia perfecta.
—Eso —dije mirando a la linda pareja que venía distraída hablando de su idílica luna de miel.
Margaret se giró en dirección a ellos. Una mueca de horror se hizo presente en su rostro.
No pude aguantarlo más y reventé en llanto, al mismo instante que caminaba hacia la puerta de salida.
Miré hacia atrás y me encontré con el rostro confundido de Xander. De alguna manera, deseaba que él supiera que esas lágrimas que brotaban de mis ojos eran por su culpa.
***
Salí corriendo del teatro, mientras la voz de mi amiga rogaba que me detuviera. Caminé y caminé sin rumbo por casi quince minutos mientras las lágrimas cubrían mi rostro y el gélido viento golpeaba mi cara.
Llegué a la estación del subterráneo y lo abordé. Mi llanto cesó, pero sentía un gran dolor en mi pecho.
«Tonta, tonta y mil veces tonta. Esto te pasa por hacerte ilusiones». Me reproché. Enamorarse sola de una celebridad era normal, siempre y cuando no la conocieras en persona. Era muy distinto cuando una relación platónica pasaba a ser real.
Convivir con Xander durante los últimos dos meses causó un gran caos interno dentro de mí, a tal punto de que ya comenzaba a preocuparme por mi propia salud mental.
¿Y si me estaba volviendo loca?
De nuevo, las lágrimas salieron a borbotones.
Llegué al departamento y me encerré en mi habitación. Esa noche decidí llorar todo lo que mi alma aguantó. Necesitaba sacarme ese amor imposible del corazón. Lloré por todas las estúpidas ilusiones que creé en mi mente. Mi corazón estaba harto de sentir dolor y clamó a gritos por Matías: ese compañero fiel, que a pesar de las adversidades siempre estaba allí para mí. Él me amaba. Eso lo tenía claro.
¿Quién mejor que él para curarme el corazón?
Dos semanas pasaron y día tras día me dediqué a dar lo mejor de mí sobre el escenario, manteniéndome impasible, profesional y concentrada en mi trabajo. Mi relación con Xander sufrió un cambio radical. La amistad que alguna vez hubo entre nosotros, solo se limitó a un “hola” y un “hasta luego”.
Me concentré en mi novio y nada más. Él era la única persona que se merecía mi amor y devoción.