La tensión y el estrés me estaban agotando. Cada día que pasaba sin tener noticias de mi hijo, Nicolás, parecía un siglo de agonía. El equipo de seguridad que Max había contratado no había logrado encontrar pistas, y la policía estaba igualmente desconcertada. La semana transcurrida desde el secuestro había dejado sus huellas en mí. Ya no tenía uñas, mis manos habían estado incesantemente inquietas y nerviosas. El brillo de mi cabello había desaparecido, como si el miedo hubiera robado su vitalidad. Mis ojos, una vez llenos de vida y energía, estaban ahora apagados y marchitos, reflejando la angustia que consumía mi alma.
Había pasado una semana desde el secuestro...