Max.
Aún recordaba la mezcla de emociones que me invadieron cuando me enteré de su partida. Aquel vacío que sentí en mi pecho se había vuelto parte de mí, y aunque había tratado de seguir adelante, siempre sentí que le faltaba una pieza a mi rompecabezas.
Me encontraba frente a su tumba, en un tranquilo cementerio rodeado de árboles. Los rayos del sol se filtraban a través de las hojas y bailaban sobre la lápida de mármol. Mis ojos recorrieron cuidadosamente su nombre tallado con delicadeza.
"Maritza Ferrer. Una luz brillante que llenó mi vida."
Suspiré y me senté en el banco cercano.
—Hola, Maritza —murmuré, sintiendo una extraña calma...