Max.
Mientras el sonido de los monitores cardíacos resonaba en mis oídos, me aferré a la pared sin poder encontrar estabilidad física ni emocional. En aquel pasillo hospitalario, sentía como si el tiempo se hubiera detenido. Mi corazón latía desbocado, mi mente se llenaba de pensamientos confusos y mis ojos buscaban desesperadamente alguna señal de que todo estuviera bien, era un bruto, quise contarle todo, debí decirle que nuestro hijo estaba vivo y así ahorrarle dolor innecesario.
¡Maldita sea!
Le había informado de manera incorrecta sobre la muerte de nuestro hijo. Aunque el alivio de su supervivencia se había cruzado de manera fugaz, ella no sabia que aun seguía con...