Sofía:
Una vez en la clínica, mi madre corrió hasta el área de emergencia y logró entrar, para hablar con el médico de turno. Mientras, hice los trámites para el ingreso y atención de mi padre. Luego, me dirigí hacia el área de los cubículos donde lo examinaban.
Pasado unos minutos, mamá salió dejando que sus lágrimas corrieran por su hermoso rostro, el cual heredé casi que totalmente. Le abracé y me senté a su lado, me sentía realmente miserable, desdichada, nunca supuse ser la causante de tanto daño a mis padres.
Durante estos cuatro meses de embarazos, lloré, sufrí mucho. Llegué a pensar en abortar a mis hijos, pero mi fe y mi creencia en Dios, no me permitió llevar a cabo esta determinación.
De ahí, la decisión de tenerlos sin reflexionar en el daño que esto ocasionaría a mis padres.
Pensando en el cambio tan drástico que ha dado mi vida, justo en ese momento, salió el cardiólogo que trataba a mi padre, uno de los mejores especialistas de la región. Al parecer, papá había estado ese día, en consulta con él. Es decir, que padece de alguna afección cardíaca y lo ignoraba.
El médico se nos acercó, habló con mi madre y le recordó las recomendaciones que les había dado, hace apenas unas horas. Según él, debía evitar las rabias, los excesos y fundamentalmente el estrés porque le podía sobrevenir algo peor.
«¡Dios! Precisamente, todo lo que le hice experimentar en unos minutos de discusión con él», reflexioné, sintiéndome más miserable.
El doctor no dio muchas esperanzas, lo iban a llevar a UCI. Papá tenía fuertes problemas con el corazón. Además, que este paro cardíaco repentino, podía dejar graves secuelas, si lo superaba. Como, por ejemplo, dejar un déficit neurológico simple, hasta lesiones más severas en el cerebro, como un estado vegetativo.
—Esto viene a agravar los males preexistentes —confesó el cardiólogo. En todo caso, ofreció hacer todo lo posible e imposible por salvarlo.
—Mamá —intervine— ¿Por qué no me dijiste que papá estaba padeciendo del corazón? —reproché.
—Porque él no quería que te enteraras, para no trastornar la culminación de tus estudios, ni tu vida aquí en Ciudad La Rosa. A pesar de ser un cascarrabias, te ama mucho y se preocupa por ti —aseguró mi madre.
Sentí esto como una fuerte bofetada de mi madre. Tengo años reprochando a mi padre por no estar presente en los actos que considero son esenciales para mí, sin sopesar si ellos tenían o no la disponibilidad de venir a esta Ciudad, en donde me encuentro, por elección propia.
Me abracé a ella llorando, avergonzada de mi propia conducta y pidiendo perdón por mi falta de comprensión tanto con ella como con mi padre.
—¡Perdón mamá! ¡Perdón! ¡Solo pensé en mis intereses, mis deseos y necesidades, nunca en los de ustedes! —supliqué arrepentida.
—Nosotros somos tus padres, quienes decidimos traerte a este mundo, así que somos nosotros, los que debemos estar siempre que lo deseas o necesites, no cuando podamos —exclamó ella, con fuerte sentimiento.
Después de llorar abrazada con ella, decidí explicar lo que me ocurrió sin omitir nada, contando como realmente sucedieron los hechos. Mi madre siempre me ha apoyado y comprendido, de ahí, que no podía mentirle y le hice todo el relato.
—Es nuestra culpa, hija —concluyó mi madre, con lágrimas en sus ojos— Si nosotros hubiéramos asistido, esto no te hubiera pasado. Tu padre las hubiese llevado a celebrar en otro lugar —aseguró ella.
—¡No mami! La única responsable soy yo —aseguré porque no debía permitir que ella asumiera una culpa que es exclusivamente mía.
—Me siento muy mal, hija —me confesó ella— al pensar en todo lo que tuviste que pasar sola, sin tener el apoyo de alguien que te defendiera. Porque a la larga, ese que te defendió, también se aprovechó de tu inocencia y del estado en que te encontrabas.
—¡Lo sé, madre! —Confesé— Por eso traté de saber quién era, pero el dueño del local, sin hacerle referencia a lo que me pasó, cuando le solicité ver los vídeos de ese día, me aseguró que ellos borran todos los días las grabaciones de las cámaras.
—¡Eso no me parece veraz! —Me aseguró ella— Una vez que salga de lo de tu padre, me encargaré de eso ¡No te preocupes! —me advirtió ella.
(***)
Durante dos meses mi madre, debió quedarse aquí en Ciudad La Rosa. Su vida giraba en torno a las visitas a mi padre en la clínica y mis cuidados, aquí en el apartamento para que mis hijos nacieran sanos.
Por otro lado, ella encargó a Reyner Medina y a su hijo José David, la Dirección de la Naviera temporalmente, mientras ella, se quedaba con mi padre y conmigo. Ellos, a pesar del asombro al ver mi estado de gestación, no hicieron ningún comentario.
Al cumplir seis meses de embarazo
El narrador:
Sofía, saliendo de la consulta ginecológica, con su amiga Shayla, recibió una llamada de su madre, Estefanía. Ella había salido temprano ese día a la clínica, para saber de su esposo, porque tenía dos días presentando complicaciones.
—¡Dime, mamá! —contestó ella al celular, abriendo la puerta de su coche.
—Hija, necesito que vengas rápidamente a la Clínica —suplicó su madre llorando.
—¿Qué pasó mamá? —Preguntó ella— ¡Dime, por favor! —suplicó, temiendo lo peor.
—¡Ven, hija! Aquí te explico —respondió su madre, preocupada sin querer darle mayor información porque ella estaba manejando, en su estado.
—¡Dime madre! —rogó, tercamente Sofía, presintiendo que algo le había pasado a su padre. Estefanía, comprendiendo que se equivocó al llamarla en ese estado que se encontraba, le contó lo sucedido.
—¡Tú-tu pa-padre… fa-falleció! —balbuceó Estefanía, con una voz desgarrada, soltando el llanto.
—¿Mamá, me-me es-estás...? —Vaciló, dudó con una voz trémula Sofía, dejando que sus lágrimas fluyeran como una cascada de agua— ¿Que mi padre está muerto?
—¿Cómo? —Preguntó Shayla, corriendo a su lado, para abrazarla y ayudarle a abrir el coche— ¿Qué dices Sofía? —la enfrentó, sin poder creer lo que acababa de escuchar.
Sofía no pudo articular una palabra más, abrazada a su amiga, dejó que el llanto fluyera y ahogándose en el dolor, solo repetía…
—¡Yo soy la culpable de su muerte! —aseguraba, con su voz ahogada.
»¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté! —se castigaba ella, pensando en el día que le dio el paro cardiaco.
Desde ahí, su padre no recuperó nunca el conocimiento.
—¡Cálmate, amiga! No te puedes echar la culpa —mencionó su amiga, sin saber cómo consolarla.
—¡Sí, si soy culpable! Me la pasé durante estos cinco años peleando, discutiendo, llevándole la contraria a mi padre, siendo él quien más me consintió, me apoyó, aun no estando de acuerdo —declaró ella en voz alta, arrodillándose en el piso del estacionamiento de la clínica.
—¡Dios! ¡Este debe ser mi castigo! No honré a mi padre, no lo respeté —gritaba ella fuerte, ante la pérdida del ser que tanto amaba. Shayla no pudo levantarla del piso donde estaba arrodillada.
En ese momento, un grupo de personas que pasaban, le ayudaron a levantarla y llevarla al área de emergencia. Estando ahí, Shayla pidió que llamaran a su ginecóloga, quien llegó de inmediato.
Una vez, que atendieron a Sofía, Shayla llamó a su mamá y le explicó lo que había ocurrido.
Su madre, haciendo todos los trámites para el traslado del cuerpo de su esposo a Isla Paraíso, le pidió quedarse con Sofía, mientras ella resuelve su salida.
Sofía, estuvo unos minutos inconscientes, hasta que la doctora logró restablecerla, calmarla y dejarla en observación, debido al riesgo que esta situación representaba para los trillizos…