Chapter 9 Heredera y billonaria

Chapter 9 Heredera y billonaria

En Ciudad La Rosa, en la Hacienda “Los Rincones”

Rafael:

Con mi cabeza a punto de estallar, del disgusto provocado por mi madre Camila, al pretender que asuma un compromiso matrimonial con la hija de su amiga, monté sobre mi caballo Tornado y cabalgué hasta sentir, la libertad que me da correr en él.

No sé, qué tiene mi madre en su cabeza, cuando pretende que en pleno siglo XXI se haga efectivo un compromiso matrimonial, por aumentar su estatus social. Además, de que según ella, con esto complacía la voluntad de mi padre, de prolongar su apellido.

Solo tendré mis propios hijos, con la mujer que yo elija, no con la que ella deseé. Necesito escapar de esta situación, así que me iré este fin de semana a la Ciudad. Si decide traer a Mirelys Zambrano, que la reciba ella misma.

Pensando en irme a Ciudad La Rosa, recordé que hace seis meses, estando ebrio, pero con ganas de tener sexo con alguien, defendí a aquella “diosa del amor” de su presunto violador. No obstante, terminé aprovechándome de su pureza, sin considerar el estado en que ella se encontraba y terminé obsesionado con esta.

Por más, que he intentado saber de mi diosa, nadie ha podido darme información. Parece como si se la hubiere tragado la tierra. No he logrado olvidar ese momento, hasta en mis sueños veo la imagen borrosa de ella, muy joven, hermosa, con unos preciosos ojos azules, su cabello rubio, largo y su rico olor de Coco Chanel.

A continuación, a todo galope, me fui al río y luego a la cascada, mi lugar favorito. Al llegar me quité las botas y la ropa, quedando solo en bóxer. Sin embargo, dando dos pasos en el agua, decidí quitármelo y arrojarlo a la orilla.

Anhelaba darme un baño como Dios me trajo al mundo. Desde hace mucho tiempo no lo hacía, casi desde que murió María de los Ángeles. En este sitio, dentro de los linderos de mi rancho, hay una caída vertical de agua, donde desemboca el río que atraviesa la hacienda.

El agua cae por gravedad y es totalmente cristalina. Para los peones de la zona, tiene facultades curativas. A mí, particularmente, me relaja y logra apaciguar la furia y rabia, que adquiero sobre todo con mi madre.

Después de nadar un buen rato, salí del agua y me vestí, humedeciendo mi ropa. Así, subí sobre Tornado y nuevamente a galope, regrese al rancho. Al entrar por la terraza trasera, encontré a mi madre, quien parecía estar esperándome.

—¡Rafael, hijo, necesito que hablemos! —Me suplicó ella— No concibo que todo entre nosotros dos, siempre concluya con una discusión. Cuando estaba viva María de los Ángeles no eras así —me alegó.

—Porque ella era la nuera que tú querías, te complacía en todo, en vez de parecer su suegra, parecías su madre —le reclamé insatisfecho por su actitud conmigo.

—¿Y qué prefieres? —me preguntó, con rabia controlada— ¿Que no aprecie a las mujeres que te aman? Una de las cosas más importante para mí, es que seas feliz, que encuentres la mujer que te amé por lo que eres y no por lo que tienes —afirmó.

—Si eso fuera cierto, me sentiría satisfecho, pero sé que eso no es así —le repliqué, dejándola sola en la terraza y caminando hacia las escaleras para subir a mi recámara. Ella caminó detrás de mí insistiendo.

—¡Hijo, por favor, escúchame! Vas a cumplir dentro de poco tus veintisiete años y aún permaneces soltero, sin novia. Puedes dar pie a otros comentarios —aseguró ella.

—¡Me resbala, lo que piensen los demás! —Le respondí y subí las escaleras corriendo, para huir de ella.

Mi madre parecía haber cambiado su estrategia, sin embargo, esta tampoco le dio resultado. No estoy dispuesto a perder la oportunidad de encontrar la mujer de mi vida, como dice alguna canción por ahí, “mi dulcinea”.

«A ella no le importan mis sentimientos, solo sus objetivos: perpetuar el apellido de mi padre y subir de estatus, ¡que lastima!»

(***)

Sofía:

Recuperándome de la noticia sobre la muerte de mi padre, estuve cuarenta y ocho horas hospitalizada. Para mi ginecóloga, estoy presentando un cuadro de preeclampsia. Al salir del hospital, ella me dio toda una serie de instrucciones y recomendaciones, las cuales debía seguir al pie de la letra, literalmente.

Ahora, más que nunca debía cuidarlos, porque a la larga serían tres niños que vendrían a este mundo, para perpetuar el apellido de mi padre, ya que ellos serán hijos naturales y llevarán su apellido.

Como era de suponerse, no pude acompañar a mi madre a las exequias de mi padre, por prescripción médica. Debido a la situación presentada, debía guardar reposo absoluto, por la vida y salud de mis trillizos, quienes según la última ecografía eran tres varones.

En Isla Paraíso, se llevó a cabo el funeral y entierro, acompañando a mi madre en estos actos mi amiga Shayla. Mientras, Sheyli permaneció conmigo. Las dos pidieron permisos en sus respectivos trabajos, alegando la muerte de un pariente.

Al mes de la muerte, el Narrador:

En virtud, que Sofía cumplió sus siete meses de embarazo presentando fuertes contracciones, su madre Estefanía Borbón, viuda de Morales, trasladó al abogado, notario y demás personal requerido hasta Ciudad La Rosa, para dar lectura al testamento de don Juan Carlos Morales De la Vega.

Al llevarse a cabo la lectura, Sofía quedó asombrada de saber cómo su padre, le nombró su única y exclusiva heredera. Por su parte, su madre como tenía una comunidad conyugal con él, era dueña de un cincuenta por ciento de las acciones en la Naviera.

El otro cincuenta por ciento de las acciones de su propiedad, se lo dejó exclusivamente a Sofía, haciendo la salvedad, que los bienes que no entraron a la comunidad conyugal, mediante las capitulaciones matrimoniales, quedaban en plena propiedad de su hija y los cuales, por sí solo, se valoran en billones de dólares.

De tal manera, que al terminar de leer el testamento y la descripción de todos los bienes de este legado, Sofía era heredera de acciones, cuentas, fondos, fideicomisos, seguros, bienes muebles e inmuebles. Igualmente, de gran parte de la flota de la Naviera incluyendo su estructura...

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