A la mañana siguiente, desperté con ella intentando soltarse de sus ataduras. Se había transformado de nuevo durante la noche y tiraba del candado que aseguraba la cadena alrededor de su cuello. Su cabello se enredaba entre sus dedos y la cadena mientras lo manipulaba torpemente.
Toqué su espalda desnuda y ella saltó, gruñendo, girándose en una posición agazapada. Levanté las manos en señal de no hacerle daño y ella olió el aire antes de comenzar a arrancar la cadena, tratando de romperla.
—Detente, te vas a hacer daño. Yo lo desataré —le dije, extendiendo la mano hacia ella cuando, de repente, me mordió la mano. Gruñí, retirando la mano...