Al despertar, un terrible dolor de cabeza la golpea con rudeza. Cierra los ojos al sentir como la luz del sol acribilla sus pupilas. Los vuelve a abrir muy despacio, girando su cabeza a un lado para ver el reloj sobre su mesita de noche.
—¡Mierda!—farfulla y de un salto sale de la cama.
Agradece que su madre no la hubiese despertado a las ocho de la mañana, como debió haber sido, y que la dejara dormir un poco más para reponerse del trasnocho. Sin embargo, el cargo de conciencia es inmenso. Sabe que llegará tarde.
—¡Joder! —masculla y se quita el pijama a toda prisa.
Se ducha en un santiamén y se pone un vestido rojo ceñido al cuerpo con escote de hombros caídos. La falda del mismo le llega unos cuantos centímetros debajo de las rodillas. Lo compró el mes pasado, solo para lucirlo ese día. Hace un gesto negativo con su cabeza al recordar que ha sido un despilfarro de dinero. Está por completo segura que no se lo pondrá nunca más. No es el tipo de ropa que suele usar. Estaba con Henry el día que estaba probándose vestidos. Él se emocionó tanto al vérselo puesto que no le quedó otro remedio que comprarlo, incluso sabiendo que luego de usarlo, lo dejaría arrumado para siempre en el rincón más profundo de su armario.
¡Odia los vestidos! Solo los usa en ocasiones especiales, y la graduación de su hermanito califica como tal.
Se maquilla a la velocidad de la luz; un delineado de color negro, sencillo, en sus ojos, un poco de polvo para eliminar cualquier atisbo de brillo no deseado de su rostro, algo de labial rojo con un poco de gloss y, ¡listo! Tampoco es amante del maquillaje. De hecho, lo usa muy poco. Solo cuando lo amerita la ocasión.
Se detiene un momento a mirar sus zapatos. ¿Tacones altos? No. Eso sí que no. Cuando su hermanito insistió en verla con unas zapatillas de plataforma con tacón de agua de quince centímetros de alto, ella se negó en rotundo. Ni muerta se expondrá a esa tortura. Además, no sabe caminar con ellos. Así que se decanta por unas zapatillas de tipo stiletto con tacón de cinco centímetros. Tampoco es que sea muy diestra caminando con ellos. Tuvo que practicar dos semanas antes con ellos, para caminar de manera decente.
Un abrigo de gabardina de color gris, a ras de las rodillas, complementa el atuendo. No se siente ella misma. Lo hace por Henry, a quien le hace mucha ilusión verla vestida de forma “femenina”.
Sale de casa a toda prisa. Piensa en tomar un taxi. Sin embargo, cambia de idea de inmediato. No piensa malgastar cincuenta dólares, cuando muy bien puede ahorrárselos tomando el subterráneo, además de que es una mejor opción para evadir el tráfico.
La estación queda muy cerca, así que se apresura para tratar de llegar a tiempo. El calzado no le es de mucha ayuda, y no puede evitar soltar improperios entre dientes, con cada paso que da. ¡Podría haber usado sus converse de color rojo. Como le habría encantado ver la cara de muchos padres al verla llegar con un calzado tan inusual, llevando un vestido tan elegante. Una risita escapa de sus labios.
Mira la hora en la pantalla de su móvil. 10:20 am.
—¡Es tarde! —Se recrimina. En efecto, va con veinte minutos de retraso—. ¡Rayos! —exclama en voz baja, casi como un susurro.
El acto seguro que ya comenzó, pues estaba pautado para las diez de la mañana en punto. Maldice una vez más para sus adentros y se lleva la mano a la cabeza y una tenue jaqueca le recuerda que no debió irse de juerga con Cinthia y Lara, la noche anterior. Sabía que no era buena idea hacerlo, y más si al día siguiente era la graduación de Henry, pero igual lo hizo, y más si era barra libre.
Nunca ha sido muy buena para decir que no.
Le duele la cabeza y tiene acidez estomacal. Lo único que desea es tomarse un caldo de pollo y volver a meterse en su cama e hibernar hasta que llegue el día del juicio final.
El pequeño monstruo, como él mismo se auto-denomina por ser un fanático empedernido de Lady Gaga, se gradúa de la preparatoria con honores. Así que debe estar con él en ese día tan especial.
Camina deprisa hacia la entrada del subterráneo, hasta llegar a la línea roja que la llevará hasta la estación Vermont/Beverly, justo a unas dos o tres calles de Virgil Middle School. Por suerte no hay mucha gente, algo que se le hace muy extraño, tomando en cuenta que es viernes. Aborda en el vagón sin perder tiempo, mientras Girls Like You de Maroon 5suena a todo volumen en los auriculares de su reproductor MP3. Divisa que en el lugar hay escasas quince personas.
Mira a su alrededor, buscando un lugar adecuado para sentarse y no puede evitar fijar su mirada en un hombre que lee el periódico. ¡Es muy guapo! Se queda observándolo por unos segundos, hasta que decide sentarse en el asiento que está frente a él. Su intención es poder mirarlo un poco más, con disimulo, y no parecer una acosadora en el proceso.
Un par de ojos azules miran con disimulo, por encima de su ejemplar de Los Angeles Times.El hombre no puede evitar que una sonrisa emane de sus labios, al ver como unas lindas piernas femeninas se cruzan frente a él. En cuestión de segundos escanea todo el panorama. Mujer joven, de unos veintitantos años de edad. La forma de mirarla es tan sutil, que ella no nota que la está viendo, o mejor dicho, detallándola. La dama frente a él se humedece los labios con la lengua y lo escudriña de pies a cabeza.
«¡Madre mía! Está muy bueno». Retumba el pensamiento en la cabeza de Harper. No puede dejar de observarlo. Aprovecha que el sujeto está muy concentrado en su lectura, para examinarlo con detenimiento. No hace falta que se ponga de pie para saber que es altísimo, pues a simple vista se ve. Tiene piernas largas y brazos fuertes, los que se le marcan en las mangas de la camiseta verde olivo que lleva puesta. Tiene rasgos típicos de la gente caucásica, pero su piel es de color caramelo, debido al bronceado típico de California. Continúa su escrutinio, procurando ser lo menos evidente posible. ¡Dios! Anhela que baje el periódico para poder verle el rostro, y cerciorarse que tremendo cuerpazo esté acorde con la fisionomía de su cara, pero a duras penas logra ver un par de ojos muy azules que… ¡la miran!
—Joder —ella masculla entre dientes y baja la mirada de golpe, clavándola en el suelo.
Él sonríe con picardía. Sabe a la perfección el efecto que causa en las féminas. Menea de forma sutil la cabeza, sacude el periódico, pasa la página y vuelve a retomar su lectura, o al menos eso le hace creer a la mujer.
Al volver a mirar al hombre, Harper nota que este ríe.
«¿Se está burlando de mí?». Frunce el entrecejo. «Seguro que es un creído petulante que sabe que está bueno y se aprovecha de eso». Mueve débilmente la cabeza y se obliga a dejar de verlo. De repente, el hombre ha dejado de parecerle interesante y ha comenzado a parecerle un completo imbécil arrogante. Toma una profunda inhalación y prosigue a acomodarse en su asiento.Pone su bolso a un lado, mientras se quita el abrigo.De repente ha comenzado a sentir mucho calor.
Repentinamente, algo sale despedido del bolsillo de su gabardina y el sonido a continuación le congela la sangre:
CRASH.
Harper abre mucho los ojos al ver como su teléfono celular cae al suelo y se fragmenta en varios pedazos: batería por un lado, tapa por el otro...
—¡Genial! —musita, poniendo los ojos en blanco.
Se agacha para recogerlo, pero el vagón se mueve tan rápido, que hace que la vibración del mismo haga que las partes del móvil se desplacen por todo el lugar. Masculla varios improperios, mientras trata de reunir los restos de su destrozado celular.
El hombre deja el periódico a un lado, y hace lo que cualquier caballero haría en una situación como esa: ayudar a una damisela en apuros. Se pone de pie y camina en busca de lo que parece ser una batería, se agacha y la agarra. Acto seguido, se aproxima a la atareada mujer que lucha por mantener el equilibrio dentro del vagón en movimiento.
—Creo que esto le pertenece —dice.
Harper da un respingo al oír una voz ronca muy cerca de ella.
—Gracias —musita e intenta agarrar lo que le entregan.
Al levantar la mirada, su cerebro queda mono-sináptico. ¡Por Dios! ¡Qué manos tan perfectas! Son grandes y de dedos largos. Traga grueso y se le entrecorta la respiración.
Muy despacio, dirige su vista hacia el rostro de ese caballero. Puede ver que, además detener los ojos muy azules, también son penetrantes,y un tanto risueños. El hombre que tiene en frente posee un rostro muy masculino, aunque de rasgos perfilados, con una barba de unos tres días espolvoreada en su barbilla y parte de sus mejillas. Cejas rectas y pobladas. Es joven. Su mente de artista trabaja a toda velocidad, tratando de detallar todo lo que ven sus ojos. Tiene el cabello castaño medio, abundante y a ras de la quijada.Su boca… es hipnótica. ¡Dioses! Vuelve a tragar grueso y se obliga a dejar de verlo, o de lo contrario su imaginación comenzará a volar como abeja drogada.
El subterráneo disminuye la velocidad de manera abrupta,haciéndola tambalear sobre sus tacones. Una mano fuerte impide que caiga, al sujetarla del brazo con ímpetu.
—¿Se encuentra bien? —indaga el hombre.
«¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde?». Ella sacude su cabeza para obligar a sus neuronas a hacer contacto. De manera rápida, toma la otra parte de su muy dañado celular, que el hombre le entrega.Con una sonrisa tímida dice:
—Sí. Estoy bien. Gracias por preguntar.
Él corresponde con un leve movimiento de cabeza.
Harper no sabe si son los nervios que siente u otra cosa, pero sus manos tiemblan como gelatina, dificultándole la tarea de armar el aparato telefónico. Cuando por fin puede ensamblarlo, oprime el botón de encendido. En cuanto el dispositivo cobra “vida”, se visualiza una pantalla partida con una enorme mancha negra en el medio.
—Que en paz descanse —murmura ella.
El hombre abre los ojos con sorpresa y no puede reprimir sus ganas de reír a carcajadas.Dicha risa también la contagia a ella. En cuestión de segundos ambos están riendo y la gente los mira como si fuesen un par de locos.
Luego de unos segundos, dejan de reír. Él vuelve a sentarse en su puesto, y ella hace lo mismo, pero frente a él. Harper guarda su inservible móvil en el bolsillo externo de su bolso,para luego cruzarse de brazos.
«¡Mierda! Me he quedado sin móvil. ¿Ahora cómo le voy a avisarle a mi madre que voy en camino?». Sin darse cuenta,comienza a mover su pie, dándole golpecitos al suelo.
—¿Segura que se encuentra bien? —la voz de ese apuesto hombre la hace espabilar. Ella parpadea repetidas veces y asiente con la cabeza—. Parece angustiada.
—Lo estoy. Me quedé sin móvil —dice sin más. Él frunce el entrecejo ante el notable malestar de la dama—. No me malinterprete. Me da igual el aparato como tal —ella da un manotazo en el aire—. Lo que me importa es la lista de contactos que…
—No se preocupe, ahora los teléfonos inteligentes están programados para hacer una copia de seguridad cada cierto tiempo. Seguro que están almacenados en la nube. Además, se almacenan en la sim card también.
—Sí. Eso lo sé —masculla ella—. La cuestión es que necesito un móvil para avisar que voy en camino…
—Le puedo prestar el mío para que lo haga —la interrumpe. Se mete la mano en el bolsillo de su pantalón y saca un móvil de última generación—. Si desea me da su chip y comprobamos que estén todos sus contactos en la tarjeta —se pone de pie, se acerca a la mujer, se sienta a su lado y extiende su mano, apremiándola para que le dé su sim card.
Sin perder tiempo, Harper destapa su móvil, le quita la batería y remueve el chip para dárselo a él. El hombre le obsequia una cálida sonrisa para tranquilizarla.
«¡Por los clavos de Cristo! ¿Será un hermano perdido de Chris Hemsworth?», piensa. ¡El sujeto es un adonis, un jodido dios nórdico encarnado! Harper logra observar que él tiene hombros anchos y los brazos más musculosos de lo que los había percibido a primera vista. «¡Madre mía! Un abrazo suyo debe sentirse muy bien», especula.
Se obliga a dejar de pensar tantas tonterías. Sacude la cabeza con delicadeza.Si ese guapo caballero quiere ayudarla no va a oponerse.
—Aquí tiene —le dice al darle la tarjetita.
Él vuelve a sonreír.
—Un momento, déjeme destapar el mío. Mi móvil es dual, así que puede trabajar con las dos tarjetas al mismo tiempo.
—¡Ufff! Qué alivio, estaba pensando en cómo iba a hacer para avisarle a mi madre que ya voy en camino. Henry debe estar pensando que no voy a ir —ella deja escapar un suspiro y se relaja un poco.
Él no puede evitar mirarla con cierta confusión. No está acostumbrado a que las mujeres sean muy parlanchinas. Normalmente, se rodea de bellezas exóticas que son muy calladitas.
Ella se calla en el acto, al notar la incomodidad del hombre.
—Lamento tanta cháchara, es que… —iba a decirle que cuando está nerviosa habla más de la cuenta, pero se percata que confesar tal cosa es un completo desatino. Carraspea la garganta—. Soy Harper —decide cambiar de tema, extendiendo su mano hacia él. Él se la estrecha—. Voy ala de graduación de mi hermanito —comenta.Trata de sonar despreocupada—. Hoy se gradúa de la preparatoria. Henry, es mi hermano pequeño —le aclara.
—¡Oh! Entiendo —responde el hombre, sonriendo de manera grata, lo que hace que unas pequeñas arruguitas se le marquen en las comisuras de los ojos.
¡Por Dios! De repente, Harper siente un enorme deseo por saltarle encima y devorarlo a besos. Ese hombre despierta en ella, un lado salvaje que no sabía que tenía. Logra contenerse. «¿Pero qué carajos? ¿Qué pasa conmigo? —Se recrimina— ¡Es un desconocido! Ni siquiera sé su nombre».
—Daniel —musita él como si acabara de leerle la mente.
Ella sonríe, aun estrechándole la mano.
«Daniel», repite en su mente. «Un lindo nombre para un chico lindo», el pensamiento la hace sonreír como idiota.
—Listo —dice él, sacándola de sus cavilaciones. Le muestra la pantalla de su móvil—. Aquí están tus contactos. Henry... Henry... —desliza su dedo por la pantalla buscando el contacto con ese nombre—. No hay ningún Henry acá —le entrega el móvil a ella.
—Lo tengo registrado como Pequeño Monstruo —contesta Harper—, pero en realidad es a mi madre a quien necesito escribirle para… —se vuelve a callar al notar como el hombre entorna los ojos y la mira con detenimiento. «Mejor me callo. No creo que a él le importe oír la historia de una desconocida»—. Lo siento, no quiero abrumarlo con mis cosas.
Él chasquea la lengua y hace un amago de sonrisa.
—Tranquila. No me abrumas —le guiña el ojo. El gesto hace que Harper se ponga roja como un tomate. Daniel sonríe con amplitud. La imagen que puede apreciar es tan hermosa, que de estar en Instagram, no dudaría en darle un “corazón”. Esta mujer posee una simpatía innata, y no entiende porque no puede quitarle los ojos de encima…
Es una dama preciosa, con un bronceado tenue, debido al inclemente sol californiano. Tiene cabello castaño medio con balayage1de color rubio platino. Por su trabajo, Daniel es muy observador, y no pierde oportunidad de detallarla por completo.La mujer tiene un rostro hermoso, de nariz pequeña y respingona, ojos rasgados de color marrón y unos labios delgados muy provocativos. A simple vista puede ver que se trata de una mujer de ascendencia oriental, pero con rasgos americanos muy marcados. Una belleza exótica, tal cual el tipo de dama que lo vuelve loco.
Él está acostumbrado a rodearse mujeres fuera de serie; rubias, pelirrojas, morenas, orientales, afro descendientes… y ver una mujer bonita, no es algo que le impresione mucho. No obstante, hay algo en Harper que no le permite quitarle los ojos de encima, y por momentos debe disimular y clavar la mirada en el suelo para no parecer tan evidente en su escrutinio.
Harper se pone de pie. Necesita alejarse un poco de ese hombre que la pone muy nerviosa. Se gira, dándole la espalda a Daniel y posa su mirada en la pantalla del móvil. Se concentra tanto en buscar el número de su madre para decirle que ya va en camino, que no se percata que el vagón frena de golpe, lo que hace que su cuerpo se tambalee y precipite sobre el guapo recién conocido.
Todo queda en completa oscuridad, pero de inmediato un par de luces de emergencia se encienden, proveyendo algo de iluminación al lugar. Ella siente un par de manos en sus hombros y sin poder evitarlo, se estremece. Cierra los ojos, a la expectativa. Los ojos de Daniel brillan con fulgor, y como si se tratasen de un par de adolescente que aprovechan cuando nadie los mira para hacer de las suyas, acerca su boca a la de la mujer, dispuesto a darle el beso de su vida. Se detiene.Se lo piensa mejor y decide alejarse de inmediato. Por su lado, Harper no puede evitar sentir algo de decepción. No es que esté acostumbrada a estar recibiendo besos de extraños, pero de un sujeto que parece salido de la portada de Men's Health2… ¡Vamos! Que ninguna mujer se molestaría.
—¿Está usted bien? —indaga él—. ¿No se hizo daño?
Harper niega con la cabeza y trata de incorporarse.
Por un momento, él se siente como un completo idiota por no haber aprovechado el momento.
—Estoy bien. Gracias por preguntar —musita ella al levantarse y arreglarse la falda de su vestido.
Harper mira alrededor y su corazón comienza a latir a toda prisa. Cae en cuenta de que se encuentra en un sitio bajo tierra, a oscuras y rodeada de desconocidos. El pánico amenaza con hacer estragos en ella. Toma una honda bocanada de aire y se obliga a mantener la calma. Desde muy pequeña ha sufrido de algo llamado claustrofobia.
—Estimados usuarios, por fallas técnicas, presentamos un pequeño inconveniente en el que ya estamos trabajado, para solventarlo a la mayor brevedad posible. Mantengan la calma, por favor —se oye una voz femenina, a través de los altavoces del vagón.
—Mierda —espeta ella, alzando un poco la voz—. Lo que me faltaba —la respiración comienza a acelerársele.
Daniel nota que la mujer no es está nada bien y le coloca una mano en el hombro.
—Tranquila. Todo va a estar bien. Es solo una falla breve —sabe que es un ataque de pánico, pues su hermana mayor también los padece, así que sabe lidiar con ellos.
—Gra-gracias —farfulla ella—. Tan solo me sentaré acá y…
—Sí. Debe tratar de relajarse —por inercia, Daniel le pone una mano en la rodilla. Lo normal sería que ella, como mujer decente que es, se la quite de un manotazo, pero no lo hace. Por una extraña razón se siente segura junto a ese hombre.
—¿Terminaste? —Inquiere él con una voz muy calmada y dulce— Debo tratar de hacer una llamada —susurra él con toda la condescendencia posible, a fin de mantenerla calmada.
¡Cierto! Harper abre mucho sus ojos al recordar que el móvil que tiene entre sus manos no le pertenece. Rápidamente, lee el mensaje que acababa de escribir para cerciorarse que esté bien:
No podré llegar a tiempo, estoy encerrada en el subterráneo. Problemas técnicos. En cuanto logre salir de acá, iré para allá. Dile a Henry que lo amo. Le da a la tecla enviar y sin perder tiempo le entrega el móvil a su dueño.
—Gracias —le dice al entregarle el celular.
Él asiente con la cabeza y sonríe.
Daniel se pone de pie y comienza a caminar por todo el vagón, levantando la mano y sujetando el móvil en lo alto, tratando de captar un poco de señal. Harper lo sigue con la mirada y se da cuenta que algunas personas se han quedado dormidas, ajenas a lo que sucede. Otros juegan con sus móviles, y otros tantos, solo se limitan a mirar el techo.
«¿Cómo diablos pueden estar tan tranquilos?»Se pregunta. «Si yo estoy al borde de un colapso nervioso».
Él vuelve a sentarse al lado de ella.
—No hay cobertura. Tu mensaje tampoco se envió.
—¡Genial! —Masculla Harper—. Definitivamente, hoy no es mi día.
—No digas eso. No sabes en qué momento puede mejorar.
—¡Sí, claro! —Ella pone los ojos en blanco—. Me gustaría ver como sucede eso, pues para empezar, despierto con un terrible malestar debido a que no pude decirle que no a las borrachas de mis amigas, voy a tarde a la graduación de mi hermanito, me quedo sin móvil y ahora me encuentro encerrada bajo tierra, a punto de comenzar a sufrir un ataque de claustrofobia —suelta un bufido de frustración—. Solo falta que me orine un perro encima y me escupa un loro.
Daniel se parte de risa y su carcajada es tan estruendosa que hace que algunos presentes volteen a mirarlos. Harper se siente incómoda por la repentina atención. ¡Rayos! ¿Por qué no puede comportarse como una mujer normal? ¡No! Ella tiene que ir por la vida, hablando hasta por los codos y quejándose de todo.
—No había escuchado lo del loro —logra decir él, a duras penas, ya que el ataque de risa es inminente—. Es bastante ingenioso.
Harper se encoge de hombros y empieza a reír también. La risa de ese hombre es muy contagiosa. No se da cuenta en qué momento él se acerca tanto a ella.Puede sentir su aliento muy cerca de su rostro. El brillo de las luces de emergencia se refleja en los ojos de ella, aportándoles un toque muy sensual y misterioso. ¡Santo cielo! Esta mujer despierta algo muy intenso en él.
Harper hace puño en la falda de su vestido y un leve suspiro sale de su boca. Tanta proximidad la ofusca. ¡Por Dios! Ese hombre desprende un aura sexual apabullante.
«Si se acerca un poco más, no respondo», piensa ella, apretando más sus puños y cerrando los ojos con fuerza, para alejar esa idea loca de su cabeza.Al abrirlos, él se encuentra mucho más cerca de su boca y relamiéndose los labios.
«¡A la mierda!».
Con un movimiento raudo Harper pega su boca a la de Daniel, y se deja llevar.Él ni corto ni perezoso le sigue la corriente, pasándole una mano alrededor de la cintura,la estrecha contra su cuerpo y responde con efusividad al beso.
Para él es una grata sorpresa que ella tomara la iniciativa y no se opone en lo más mínimo. Esos labios son suaves y muy deliciosos, así que lo disfruta mucho. Se deja llevar. Al fin de cuentas, no es la primera vez que hace algo así. Besar damas bellas, recién conocidas ya es como su deporte favorito.
Harper introduce sus dedos en la abundante cabellera del hombre, a medida que ambas lenguas chocan con desenfreno y sus respiraciones se aceleran. Un sutil mordisco en su labio inferior, la hace caer en cuenta de lo que está sucediendo, y de un empujón se aparta de Daniel.
Él la mira con deseo, anhelando poder convertir ese beso en algo más, pero la mujer lo mira aterrada. Él vuelve a sonreír, pagado de sí mismo, porque sabe que solo le basta con hacer un mínimo movimiento para volver a tenerla entre sus brazos.
«¿Qué coño estoy haciendo?», se pregunta ella.
—Lo-lo si-si-ento —balbucea y se gira—. ¡Qué vergüenza! Pensará que soy una loca que anda besando a cuanto hombre guapo se me cruza en el camino —las manos de ella tiemblan como gelatina.
Él se echa a reír.
—¿Te parezco guapo? —inquiere con malicia, pues es un hombre muy seguro de sí y sabe muy bien que su físico es su punto fuerte a la hora de conquistar una dama.
—¿Yo dije eso? —Harper se vuelve a poner roja como tomate y se lleva las manos a la cara, deseando que se la trague la tierra—. Lo lamento mucho. No sé qué me pasa.
Daniel se acerca muy despacio a ella, pone una mano en su hombro y la obliga a girarse para mirarlo a los ojos. Incluso con la escasa luz del lugar, él puede notar que la mujer está muy nerviosa.Ella se muerde el labio y tiene la mirada clavada en el suelo.
—No te preocupes. Los seres humanos reaccionamos por instintos. No tenemos que sentirnos culpables por hacerle caso a nuestros deseos —la voz de Daniel adquiere cierto toque de lascivia.
Harper no dice nada.La voz de ese hombre la lleva a las nebulosas, y está segura que uno de sus ovarios acaba de sufrir combustión espontánea. «¡Joder! Está buenísimo», piensa.
Las luces se encienden y el subterráneo se pone en movimiento. Harper, mira alrededor. Nota que las personas a bordo parecen vampiros frente al sol, entrecerrando los ojos por la repentina claridad que golpea sus pupilas.
Sin perder tiempo, vuelve a sentarse frente a Daniel, quien la mira con cierta picardía. Ella se sonroja al recordar lo que acaba de pasar. Él suelta una débil carcajada a causa del rubor que se apodera de las mejillas de la mujer.
«¡Dios! Que bella sonrisa», dice la vocecita en su cabeza. «Ese hombre está como me lo recetó el doctor».
El subterráneo se detiene y Harper se percata que aún faltan algunas estaciones más para llegar a su destino. Sin embargo, el hombre frente a ella se pone de pie y no puede evitar sentir que el corazón se le encoge ante la idea de no volver a ver a ese dios encarnado.
Solo una fracción de segundo le toma a Daniel contemplar la loca idea que llega a su cabeza, y otra fracción de segundo llevarla a cabo. No piensa irse así, sin más. Necesita llevarse un recuerdo de Harper. Se relame los labios y la mira a los ojos.
—Ven —dicey extiende su mano hacia ella—. Imagino que ya no llegas a tiempo a lo de tu hermano. Al menos hagamos que este contratiempo, valga la pena.
Harper frunce el entrecejo y mira la mano de Daniel de soslayo por unos segundos. A pesar de estar ante un hombre muy guapo, no lo conoce, y por ende, no puede confiar ciegamente en él.
—¡Vamos! —Él mueve la mano con insistencia, apremiándola—. Este tren ya se va. Literal —musita y le guiña el ojo.
Ella mira a ambos lados y se percata que esa frase tiene un doble significado. No entiende por qué lo hace, pero agarra su bolso y acto seguido, toma la mano de Daniel y deja que este la lleve hasta la parte externa del vagón. Las puertas se cierran a su espalda y el subterráneo prosigue con su ruta. Mira el letrero en la pared que dice: Hollywood/Highland
«¿Qué estoy haciendo?», retumba la pregunta en su mente.
Él sujeta la mano de Harper con fuerza y la guía por la plataforma de la estación. Ella ni corta ni perezosa se deja llevar, sintiendo que su corazón late a toda prisa.