Chapter 2 Pasión

Chapter 2 Pasión

«Esto es escalofriante y al mismo tiempo emocionante», ella debate de manera mental. ¡Es lo más arriesgado que ha hecho nunca! Iba a dejarse llevar por sus instintos y nada más.

Por su lado, Daniel siente la adrenalina típica de la circunstancia. No es la primera vez que lleva a rastras a una dama que le llama la atención, con el único objetivo en mente de llevarla a un lugar más privado y saciar sus más bajos deseos.

Ambos caminan a paso rápido, mirando a ambos lados, hasta llegar al final del recorrido. Harper no piensa, solo siente.

Daniel se detiene frente a una puerta que pone: Sanitario de Caballeros. Mira a ambos lados y Harper hace lo mismo, solo para asegurarse que nadie los vea. Él sujeta el cartelito y le da la vuelta,dejándolo por el lado que pone: Fuera de servicio. Da un empujón a la puerta y hala a la mujer de la mano, metiéndola en el baño, para luego cerrar con seguro, una vez que los dos están adentro.

Harper lanza una rápida mirada a su entorno. El lugar está pulcro. Las paredes son beige y tienen baldosas blancas desde el suelo hasta el nivel de un mesón de concreto, donde están incrustados tres lavamanos.Para ser el baño de una estación de un medio de transporte público, está muy bien cuidado. Al fondo se visualiza un amplio espejo, donde puede observar que su cabello está un poco despeinado. Se lo arregla con los dedos. Hace lo mismo con su gabardina y la falda de su vestido. Daniel sonríe de medio lado al percatarse de esto, pues se le hace un poco hilarante que la mujer acomode su imagen frente al espejo, cuando en un par de minutos necesitará hacerlo de nuevo.

En el lugar solo se oye el sonido de un chorro de agua mal cerrado y las respiraciones aceleradas de ambos.Harper ve que en la pared al final, hay dos urinarios y traga grueso al caer en cuenta de donde se encuentra.Todas sus alertas se activan.

«¿Qué se supone que estoy haciendo?¿Cómo es que me dejé traer hasta aquí, a un lugar solitario, por un sujeto que apenas conozco?», se cuestiona ella.

Daniel se aleja de Harper, y comienza a mirar por debajo de las puertas de cada cubículo. La revisión es necesaria para cerciorarse que no haya nadie que pueda ver o escuchar lo está a punto de pasar.

«¿Qué está haciendo?», la pregunta reverbera en la mente de la mujer. «Se está cerciorándose de que no hayan testigos. ¡Me va a asesinar!», se responde, sintiéndose al borde de un ataque de pánico. «Debo largarme de aquí. Debo correr,¡YA!».

Sin embargo, por más que desea salir huyendo, no logra moverse. Es como si su cerebro estuviera desconectado de sus funciones motoras. ¡Es un jodido ataque de pánico! Harper sabe que en cualquier momento se va a desmayar.

—Nunca he hecho esto —susurra Daniel al acercarse a ella, colocándole una mano en el hombro. Por una extraña razón, este gesto hace que Harper se tranquilice un poco.

—¿Q-qué c-co-cosa? —balbucea la mujer.Está muy asustada.

Daniel nota el miedo de Harper. Es como si pudiera olerlo. Se acerca otro poco a ella y con voz muy suave y pausada dice:

—Relájate. No te voy a hacer daño —con los nudillos de su mano derecha acaricia el delicado rostro de la dama—. Solo basta que me digas que me detenga, y lo haré. Lo prometo —susurra las palabras tan cerca de los labios de Harper, que esta puede saborear el aliento del hombre. Una corriente eléctrica la recorre desde la nuca, desciende por su espalda, bordea su cadera y detona en su entrepierna.

Un débil gemido emerge de la boca de Harper.

¡Santo cielo! Daniel posee una habilidad increíble de excitarla con tan solo tocarla o mirarla.

Él se acerca todo lo que puede a ella y sujeta su rostro entre sus manos, para luego estampar su boca contra la suya, invadiéndola con su lengua. ¡Por Dios! El corazón de Harper se acelera demasiado, amenazando con hacerla desmayar. Una lengua tibia y muy traviesa recorre sus labios con maestría, abriéndose paso y catando con sutileza su paladar.

Ella cierra los ojos y se deja llevar por ese delicioso beso.

Sin perder tiempo, Daniel la despoja de su abrigo, mientras continúa besándola con pasión. «¡Qué bien besa este hombre!», piensa ella, aferrando sus manos al cuello de la camisa de Daniel.De nuevo, esa extraña sensación le recorre de pies a cabeza, haciendo que su sexo palpite y se humedezca de deseo.

¡Dios! En este momento ella es consciente de que nunca ha hecho algo así en su vida.Jamás ha besado a un recién conocido, y menos en un baño público. Tampoco había tenido la suerte de hacerlo con un hombre tan guapo.

Ella no es una santurrona, de hecho, es lo contrario a eso. Siempre se ha caracterizado por ser muy liberal en cuanto a la sexualidad.Sin embargo, incluso para ella, quien está acostumbrada a hablar de temas muy subidos de tono con sus amigas, una situación como la que está viviendo, es un poco extrema. Del dicho al hecho, hay mucho trecho. No puede evitar pensar en la frase que usa su amiga Cinthia con mucha frecuencia, mientras siente como la lengua de Daniel entra y sale de su boca, a la vez que sus manos fuertes la sujetan de la cintura y la atraen contra su cuerpo.

Harper sabe que lo que está haciendo está mal, que no debería estar a solas con un sujeto que acaba de conocer, y mucho menos besándose de la forma tan descarada y pasional que lo están haciendo, pero le importa un bledo lo que sea políticamente correcto o no. Muere de ganas por sentir a ese hombre en toda la extensión de la palabra.

Daniel es como una sensual araña que ha tejido su red entorno a ella, y ella no es más que una inocente mosca que cayó en su trampa. No tiene escapatoria.

Las manos masculinas se pasean por el cuerpo femenino, a tientas, deseosas por descubrir más de esa delicada estampa.

Él se desabotona su camisa, mientras la voltea y da pequeños mordisquitos en su cuello y oreja.Estruja los senos de ella, por encima de la tela de ese vestido rojo. Sus manos descienden hasta posicionarse a nivel de sus muslos. Le pasa la lengua por el lóbulo de la oreja. Ella jadea y siente como le zumban los oídos, debido al millar de sensaciones que recorren su menudo cuerpo.

«¡Dios! ¡Qué bien se siente!». Daniel también cierra sus ojos y se deja embargar por todo el placer que le proporciona esa suave piel. La sensación de saber que está haciendo algo incorrecto, arriesgado, y pervertido, es como una droga para él. Le encanta sentir como tiene el control de la situación. A pesar de que arde de deseo por Harper, sabe cómo controlarse y disfrutar al máximo del momento.Da un respingo al sentir como una mano se posa sobre su endurecida entrepierna y da un suave apretón. Ríe con lascivia y se restriega contra ella. Le fascina que lo toquen. Él jadea y mueve sus caderas hacia adelante, para sentirla con más intensidad. Su miembro palpita y pide a gritos ser liberado.Harper se deja llevar más y más. Masajea con más ahínco y se muerde el labio, hecha sus caderas un poco hacia atrás para seducirlo. Daniel interpreta esto como una invitación.

Él se inclina un poco sobre ella, y sus manos se cuelan por debajo de la falda. Se agacha y la acaricia desde las pantorrillas, sube por las rodillas y recorre la parte externa de los muslos femeninos, subiéndole el vestido, a medida que la va tocando. Ella gime de manera escandalosa cuando siente como una protuberancia pincha su nalga izquierda. Él logra sacarle el vestido por la cabeza y lo guinda en la puerta metálica de uno de los cubículos. Se relame los labios al descubrir que ella no lleva sujetador, y sin pensárselo mucho, posiciona sus manos sobre los desamparados pechos de Harper y los acaricia. Ella vuelve a gemir. Daniel da suaves pellizcos en los pezones, hasta endurecerlos un poco. Muere por lamerlos, succionarlos y morderlos… pero en vez de eso, se vuelve a agachar un poco, le rodea la cintura con sus manos, y con la lengua traza una camino de saliva desde la parte baja de su espalda, subiendo por toda la línea de la columna, desviándose hacia la derecha, lamiendo el omóplato y continuando su camino hasta el hombro, donde comienza a esparcir pequeños besitos. Se detiene a nivel de la oreja de Harper y le susurra:

—¿Te gusta eso, nena?

Ella se limita a asentir con la cabeza.

Daniel continúa dando besitos en el cuello, alternándolos con sutiles lametones, a la vez que una de sus manos desciende por el vientre femenino hasta colarse a través de la fina tela de las braguitas de Harper. Ella jadea y se retuerce un poco al percatarse de como un par de dedos invasores se mueven entre sus pliegues, otorgándole mucho placer. Él los mueve con lentitud, pero con mucha precisión.

—Mmm… —un sonido gutural surge de la garganta de Daniel al palpar lo húmeda y palpitante que está la mujer que yace entre sus brazos—. ¿Y esto también te gusta? —se anima a preguntar.

—Sí —musita ella, comenzando a mover sus caderas, pidiendo más caricias de esa mano traviesa.

Harper apoya sus dos manos en la pared, arquea un poco su espalda y separa las piernas para darle mejor acceso a Daniel.Este restriega su duro miembro, aún aprisionado bajo la tela de su pantalón, contra la nalga de Harper, a la vez que la rodea con sus manos y masajea de nuevo esos desamparados senos.

Ella vuelve a gemir, a punto de alcanzar su primer orgasmo.

—Dime que te gusta esto —la voz de Daniel suena como un ruego.

La parte baja de Harper se contrae en torno a sus dedos. Lo presiente. La culminación está cerca.

—Sí. Me encanta —sisea ella y sigue moviendo sus caderas con descaro, para sentir más fricción entre su vagina y la mano de Daniel—. ¡Ah! ¡Sí! ¡Ah! Mmm… —Harper gime… jadea… sisea…

—Sí, nena. ¡Vamos! Córrete para mí. Dámelo —susurra él.

No hace falta pedírselo dos veces. El cuerpo de Harper se sacude entre espasmos, mientras su vagina se cierne sobre los dedos de Daniel. Es un orgasmo delicioso, que la hace subir al cielo…

Muy despacio, Daniel le da la vuelta, para tenerla de frente. Le aparta un mechón de cabello de la frente y se detiene a mirarla por unos cuantos segundos. ¡Es hermosa! Sujeta su rostro con algo de violencia, no porque sea un bruto, sino porque está a punto de estallar y necesita desahogarse. Vuelve a devorar su boca con la misma pasión que lo caracteriza, mientras sus manos se vuelven a posar sobre los tersos y redondos senos de Harper. Desciende muy lento y traza un camino de saliva, hasta apoderarse del erecto pezón que lo saluda con lujuria. No se detiene a ser delicado. Lo muerde y lo lame con total pericia. Ella gime, embriagada de placer. Es como si fuera otro hombre. El Daniel calmado y delicado ha quedado en segundo plano; en su lugar hay un hombre más voraz, salvaje y demandante.

Él la estrecha con fuerza contra su pecho, y ella aprovecha el momento para lamerlo desde el pezón derecho hasta llegar de nuevo a su boca, donde se funden de nuevo en un hambriento beso.

Harper se contagia de la avidez de él, y en cuestión de segundos, están besándose, mordiéndose, lamiéndose… ¡Cielos! El arrebato pasional es irracional. Él desea entrar en ella, y ella desea tenerlo.Sentirlo muy adentro de su ser.

De repente, Harper tiene un breve brote de cordura. Se separa de él, dándole un suave empujón.

—Espera —susurra con la respiración entrecortada.

La mirada del hombre destila lujuria. Ambos yacen casi desnudos, mirándose directo a los ojos y sintiéndose al borde de un abismo de efímeras sensaciones.

—Apenas te conozco —comenta ella con rapidez.

—Lo sé —él asiente con la cabeza—. ¿No te parece que es lo que lo hace más excitante? —contesta él, mirándola de pies a cabeza. Se relame los labios—. Deseo tanto hacerte gemir hasta que te corras, de nuevo, susurrando mi nombre.

Harper abre los ojos con asombro. ¡Por Dios! ¡Nunca antes alguien le ha dicho algo como eso! En vez de parecerle grotesco, se le hace de lo más erótico, y más viniendo de semejante espécimen con una voz tan sensual. ¡Este hombre es fuego puro! Y ella quiere arder hasta convertirse en cenizas.

—Dime que al menos… tienes... —balbucea ella.

—Sí —jadea él—. Sí tengo protección.

Dicho esto, dan rienda suelta a la imaginación.

Él se acerca a ella de nuevo, para comerle la boca y explorarla con esa lengua juguetona que Harper anhela en su zona sur.

«¡Por Dios! ¿Qué estoy haciendo?».Ella se debate por una fracción de segundo, pero su voluntad se ve anulada al sentir como esas grandes manos recorren su cuerpo con tanto deseo. Por más que intente apartarse de él y salir corriendo de allí, su cuerpo se niega a obedecerle. Está por completo a merced de Daniel.

Ella percibe como él baja la cremallera de su pantalón y de manera automática, ella va en busca de su miembro, deslizando sus manos por debajo de la tela que lo cubre. Al tocarlo, no puede reprimir sus ganas de relamerse los labios, para luego pegar su boca a la de Daniel y besarlo con voracidad. Él gime al sentir esa mano suave en contacto con su piel, masajeándolo de arriba hacia abajo. Él piensa que tiene que hacer algo para devolverle un poco del placer que le está brindando esa linda mujer, así que también se infiltra en la ropa interior femenina.Se abre paso con sus dedos traviesos en esa húmeda y palpitante entrada que lo invita a invadirla y reclamarla como suya.

Sisea y se separa un poco para mirarla a los ojos.

—Estás tal cual me gusta —se acerca a ella y le pasa la lengua por el lóbulo de su oreja—. Estás tan mojadita y deseosa… mmm… —le susurra al oído, mientras muevelos dedos dentro de ella. Lame su cuello—, tengo tantas ganas de comerte enterita.

¡Dioses! Harper siente que en cualquier momento puede alcanzar el orgasmo con tan solo el sonido de esa exquisita voz. Nunca fue partidaria de hablar sucio durante el sexo, pero ese hombre despierta su lado más depravado, y es algo que la tiene gratamente sorprendida.

—Y yo tengo ganas de que lo hagas, desde el primer momento que te vi —confiesa ella, con el mismo tono de voz lujurioso.

Daniel ríe por lo bajo. Ama cuando las mujeres son desinhibidas a la hora de intimar. No le van las mojigatas, pues tratándose de su trabajo, está acostumbrado a lidiar con mujeres atrevidas y muy seguras de sí mismas. Le encanta cuando son damas ante el mundo, pero muy perras en la cama. Vuelve a reír con descaro cuando ella se restriega contra la mano que él tiene dentro de sus bragas.

Harper gime y con su mano libre, se aferra al cuello de él.

Daniel saca los dedos de ella y se los lleva a la boca, con un movimiento lento. Se los lame ante la atenta mirada femenina.

—Que bien sabes —musita él, saboreándose los dedos y sin dejar de mirarla a los ojos—. Me gustaría comerte el coñito.

—¿Y qué estás esperando? —Dice ella con voz pasmosa, debido a la excitación—. Hazlo —demanda, casi al borde del desmayo.Los niveles de endorfinas en su cuerpo son tan elevados que comienza a sentirse mareada.

No hay necesidad de repetirlo dos veces. De manera rauda, le baja las bragas y se las saca por los tobillos, se arrodilla frente a ella y le levanta la pierna izquierda, colocándosela sobre su hombro derecho. Sin perder tiempo, entierra su cabeza entre las extremidades femeninas y comienza a lamer.

La sensación es tan intensa, que Harper tiene que aferrarse con más fuerza de las frías paredes, mientras ese hombre se dedica a darle placer con su cálida lengua.

Con sus dos manos, le separa los labios genitales y se adentra más en esa cavidad palpitante, rosada y húmeda. Sonríe y la lujuria destila de sus ojos azules. Es una vagina preciosa, recién afeitada. ¡Tal como le gustan!

¡Santo cielo! Harper está a punto de alcanzar la gloria. Nunca antes le han hecho el sexo oral de esta manera. Por un momento, puede dar fe de que ese hombre posee una maestría en artes amatorias. Mueve la lengua de una manera excelsa.Toca, lame y succiona las partes adecuadas y de una manera profesional. ¡Es un deleite total para sus sentidos! Alcanza un nuevo orgasmo cuando los largos dedos entran al juego. Daniel los mueve con una astucia increíble, de adentro hacia afuera, en círculos… a la vez que continúa moviendo la lengua y frotándola sobre esa protuberancia rosada y palpitante. Él se detiene por un momento, la mira a los ojos y se relame los labios. Vuelve a enterrarse entre las temblorosas piernas de Harper.

Luego de unos cuantos minutos dándole placer, él se separa de ella y se quita el pantalón, dejando su poderosa erección a la vista.

Ella abre los ojos, muy asombrada. Es mucho más grande de lo que se imaginó al palparlo. Traga grueso y sin detenerse a pensarlo, se pone de rodillas frente a él. Siente la imperativa necesidad de saborearlo, de tenerlo en su boca y hacerlo gemir a su merced. Él es un manjar de dioses personificado, con una piel bronceada, abdomen perfectamente esculpido, unos brazos tonificados y piernas atléticas. Seguro que entrena muy duro. Es un cuerpo digno de modelo de revista.

Ella se relame los labios al sujetar esa bestia venosa entre sus manos.Un sonido ronco sale de su boca. Está deseosa de probarlo. Se lleva el pene a la boca y lo arropa con su lengua. El sabor entre salado y dulce golpea sus papilas gustativas con tal violencia que la hace salivar en exceso. Lo lame una, dos veces, mientras con ambas manos lo masajea de arriba hacia abajo. Se siente tentada de lamer los testículos.Pasa su lengua por la delicada zona y succiona uno de ellos.Daniel da un respingo y sisea de manera escandalosa. Sujeta la cabeza de ella entre sus manos y guía el movimiento. Adentro, afuera… adentro, afuera… hasta que escuchar las arcadas provenientes de ella.

Él ríe de forma libidinosa. Su ego de hombre se infla. Le fascina saber que su pene es tan grande, que no cabe en la boca de las mujeres. Que se atraganten con su querido amigo,eleva su morbo a grados insospechados.

De un halón la obliga a ponerse de pie, le da la vuelta y lleva su mano al sexo de ella. Sus dedos medio e índice se pasean entre su abertura y su clítoris, masajea en pequeños círculos con la yema, mientras se inclina sobre Harper y le pasa la lengua por el cuello y da mordisquitos en su oreja. Muerde su hombro y deja un caminito de saliva, ascendiendo por la curvatura de su cuello hasta llegar de nuevo a la oreja y lamer con deleite.

Harper percibe que él se aleja un poco de ella, y a continuación oye como rasga lo que parece ser la envoltura de algo. De reojo puede ver como Daniel desliza una capa de látex por su pene. Se muerde el labio ante la expectativa de lo que está por venir. Él pone una de sus manos en la espalda de Harper. La acaricia y acerca su boca a la piel de ella. Captura el lóbulo de su oreja y vuelve a lamerla. Sujeta su endurecido falo entre su mano derecha, inclina a la dama un poco hacia delante, hasta que logra ubicar la punta de su pene en la entrada de ella. Con su mano izquierda, le masajea el clítoris. Ella jadea y se lleva una mano hacia el seno derecho, con la otra aprieta la mano masculina que yace entre sus piernas, y lo apremia a seguirla tocando. Echa sus caderas hacia atrás, con descaro. Desea sentirlo muy dentro de ella.

Él sonríe con arrogancia, pues percibe lo ansiosa que está la mujer.Desea escucharla implorar, así que restriega la punta de su miembro contra la húmeda abertura, hasta que ella diga las palabras mágicas.Harper emite un quejido de protesta. Daniel ríe divertido ante la idea de torturarla de una manera tan exquisita. Vuelve a restregar la punta de su pene contra el palpitante órgano femenino, sin dejar de masajearla con su otra mano.

—¡Madre mía! —musita ella—. Vas a hacer que me dé un infarto —jadea y deja caer su cabeza hacia delante. La sacude un poco para aplacar un poco su excitación. Sus manos están apoyadas en la pared.

—Tan solo debes pedirlo, nena —susurra él,con voz pasmosa.

—Te lo pido —masculla Harper—. ¡Joder! Por favor.

—Tus deseos son órdenes, hermosa.

Dicho esto, empuja con precisión y con algo de rudeza. La penetra por completo, llenándola de él. Siente que los vellos de su nuca se erizan al percibir el roce tan íntimo de sus partes al unirse. Tensa la mandíbula y hala el brazo de ella para que se irga. Necesita sentirla muy pegada a su cuerpo. Piel con piel, y ese sonido de sus partes uniéndose y separándose que lo desquicia.

—¡Ah! —ella gime. Siente algo de dolor, pero no le hace caso.El placer es más intenso. «¡Qué delicia!», masculla la voz de su conciencia, a la vez que siente como los músculos de su vagina se contraen en torno a ese divino invasor.

Él se mueve con total maestría, primero lento y luego el ritmo va incrementando paulatinamente, entra y sale, con raudas embestidas. La hace gemir de gozo, y se ve obligado a ahogar sus gemidos en el cuello de ella, cuando Harper comienza a mover sus caderas en un vaivén desenfrenado de pasión.

—Sí, así nena —su voz se llena de lujuria.

—¡Ah! —los gemidos de ella son una melodía perfecta.

Él pasa su brazo por delante de ella, a nivel de sus senos y se aferra a ese cuerpo, embistiendo una y otra vez, con ritmo y con fuerza.

De repente, sale de ella y la hala del brazo, hasta guiarla a un espacio más reducido. Sin perder tiempo, toma su camiseta que yace guindada en la puerta de uno de los cubículos y la pone sobre la tapa de uno de los retretes.Se sienta.

—Ven —le hace un gesto con la mano para atraerla.

Harper se acerca a él, quien de manera brusca la hala, haciendo que se siente a horcajadas sobre él. Su hombría vuelve a encajarse por completo en su ser.

—¡Uff! —un sonido ronco emerge de la garganta de ella.«¿Se puede llegar a sentir más placer?». Se lo plantea, mientras le rodea el cuello con sus brazos y comienza a cabalgarlo.

Él se apodera de uno de sus endurecidos pezones, lo chupa y lo succiona con toda la alevosía posible, para luego recorrerla con la lengua, desde la clavícula hasta la quijada, desembocando en la boca de Harper.

¡Dios! Sin poder evitarlo, ella entierra sus uñas, levemente, en la espalda de él. Daniel gruñe ante la sensación. Ella gime de gozo al sentir como sus órganos se juntan y se separan. A ambos se les dificulta respirar.

—¡Cielos, nena! Me corro —jadea Daniel—. Córrete conmigo —susurra la petición.

Ella hunde sus dedos en la abundante cabellera castaña del hombre, a la vez que con sus dientes da un halón al labio inferior de él. Harper sigue moviéndose, dando brinquitos y gimiendo. Daniel aferra sus manos a las nalgas de ella, atrayéndola con fuerza hacia él. Ambas pieles arden en deseo desenfrenado, mientras néctares de lujuriase mezclan y un par de corazones laten desbocados.

Los amantes estallan al unísono.

Ella con gemidos escandalosos y él con jadeos roncos.

Harper pega su frente a la de Daniel, y puede percatarse de como la lascivia se disipa de esa azulina mirada, aunque todavía percibe mucho deseo en los ojos de él. Le da un beso voraz y se queda sobre él por unos segundos, mientras los latidos de su corazón se normalizan.

—Eso estuvo genial —logra decir ella entre jadeos.

Ahora es el turno de él para besarla.Esta vez es un beso calmado, lleno de delicadeza y… ¿entrega? Cierra los ojos para poder percibir mejor estos deliciosos labios que no entiende porque le saben tan dulces. ¿Él? ¿Cerrar sus ojos al besar? ¡Jamás lo había hecho! Pasa su lengua por cada uno de sus labios y finaliza succionándole el inferior, lo que hace que ella suspire y jadee. Sin quererlo, vuelve a restregase contra él, y esto lo hace sonreír de forma ladina.

En ese repentino encuentro, Daniel ha descubierto un par de cosas. Es una mujer juguetona, desinhibida, una dama ante al mundo, pero muy atrevida en la intimidad. ¡La mezcla perfecta!

Luego de un rato de mimos, inesperados por parte de él, ya que no acostumbra a acariciar ni a intimar con sus amantes más de la cuenta, ella se pone de pie,haciendo que él se incomode un poco, pues siempre es él quien finaliza el contacto. Ella está clara de lo que ha sido todo eso: Sexo con un desconocido en un baño público.

Harper no pretende quedarse a pedirle su número ni mucho menos tomarse una foto con él para luego etiquetarlo en Instagram. «¡Oh sí, heme aquí con un desconocido con el que acabo de tener sexo en el baño del subterráneo!». Tal vez si fuese Paris Hilton, lo haría para ganar popularidad. El simple pensamiento la hace reír.Se calla al notar la incómoda mirada de Daniel.

Más atrás,sintiendo un extraño gusanillo, ese de no tener el control de la situación; él también se pone de pie...

El silencio hace acto de presencia. Tan solo el sonido de una gota cayendo en uno de los lavamanos, además del ruido típico de una estación de subterráneo.

Se visten con rapidez, entre risitas cómplices y tímidas a la vez. Daniel no puede dejar de mirarla con picardía, mientras ella comienza a sentir los primeros indicios de vergüenza. No logra creer lo que acaba de hacer.

¡Por Dios! ¡Sexo con un desconocido en un baño público!

«Zorra», espeta la vocecita en su cabeza, la misma que ha estado muy calladita durante los últimos minutos.

Ella quiere decir algo; preguntarle qué edad tiene, o donde vive, donde trabaja, que hace en su tiempo libre… quizás saber si tiene algún plan para la tarde, pero no. Eso no es una cita, sino un encuentro sexual muy casual.Teme arruinar el momento con alguna de esas preguntas estúpidas.

De repente, Harper es presa de un arrebato moral. Se ve tentada a decirle que ella no es del tipo de mujeres que andan por la vida teniendo sexo con cualquiera que se le atraviesa en su camino y que no entiende que fue lo que le pasó…

Una vez más decide quedarse callada. Sabe que si intenta dejar claro que no es una mujer fácil, le confirmara a gritos que sí lo es, así que sigue vistiéndose sin decir ni media palabra, y tratando de actuar como si no fuese la primera vez que hace algo como esto.

Por su lado, Daniel también se ve tentado a decir algo, pero no lo hace. De hecho, nunca lo hace. Jamás cruza palabras con una mujer recién conocida, después de tener sexo.Además, percibe una terrible incomodidad por parte de ella y no quiere dañar el efecto de un buen sexo placentero diciendo cualquier cosa cliché como: te llamaré, espero volvamos a coincidir, ha sido el mejor sexo de mi vida… Él no suele decir cosas que no siente, ni mucho menos dar largas a ciertos asuntos incómodos. ¡Después de un buen gusto…! Nunca ha sido bueno para decir algo políticamente correcto después del sexo, así que prefiere no decir nada y no quedar como un patán. Bueno, aunque no decir nada, también lo hace acreedor del adjetivo. En fin… decide no complicar las cosas.

Se visten, adecentan sus ropas y peinan sus cabellos con sus manos, en completo silencio, evitando mirarse el uno al otro.

Ella abre la puerta del sanitario y asoma su cabeza para asegurarse que no hay nadie. Por suerte no hay moros en la costa, lo que resulta un tanto extraño debido a que casi es la hora del mediodía y es una de las horas más concurridas. Tal vez el percance técnico en el subterráneo propició que la gente tomara medidas alternas para trasladarse.

Cuando Harper está segura de que nadie los mira, da un paso fuera del baño, seguida por Daniel, quien la sujeta del brazo. Harper se gira de golpe, como si ese roce la quemara. Lo mira directo a los ojos y nota que él sonríe a medias. Ella también lo hace.

Él siente la imperativa necesidad de besarla, no sabe por qué, pero se contiene. Sabe que si lo hace, solo enredará las cosas y le dará un mensaje equivocado a esa mujer. Es solo sexo y ya. Nada de sentimientos. No le gusta darles falsas esperanzas a las damas. Es solo que esa boca… lo incita a pecar de una manera bestial.

—Fue un placer conocerte, Harper —reúne el valor para decir, al cabo de unos tensos segundos de silencio y miradas incómodas.

—Igualmente… Daniel —responde ella.

Harper desvía su mirada y la posa en el suelo. Teme que si lo sigue viendo a la cara, el pudor la haga comportarse como una tonta. Está tentada a darle un beso, de esos que le roban el aliento a cualquiera;un beso de despedida, ya que ella es consciente de que tal vez no vuelva a ver a ese hombre en su vida. Esos labios carnosos le piden a gritos que lo haga.Descarta la idea al instante de concebirla. En vez de eso, se da la vuelta, dispuesta a marcharse.¡Se siente muy incómoda! ¿Cómo se supone que debe comportarse después de un buen polvo con un hombre que acaba de conocer?

Pero no piensa quedarse con esa. Lo decide. Le dará ese beso que tanto desea darle. Se da la vuelta, decidida a encararlo, pero al girarse, él ya no está.

«¿Pero qué diablos?», piensa ella.

«Sexo casual, nena. Fue solo eso», le espeta la voz de su conciencia.

Harper toma una gran bocanada de aire y la bota muy despacio, cayendo en cuenta de que es su turno de marcharse.

Camina hacia las escaleras y las sube con toda la calma del mundo, sintiendo como la brisa fresca golpea su rostro, aplacando un poco el ardor que siente su cuerpo.

Category
Dark
Set up