Antes de abrir la puerta, se asegura que nadie lo vea. Actúa por instinto, porque la razón, la cordura, la sensatez, y cualquier cosa parecida, se han quedado atadas a la máquina caminadora. Mira a su alrededor y se cerciora de que no haya nadie más, además de su tierna víctima. Tranca la puerta con seguro, una vez asegurado el perímetro. Escucha el agua de la ducha correr. Una sonrisita maquiavélica se asoma en sus labios.
—¿Lara? —La voz de Harper resuena en el lugar—. ¿Podrías, por favor, pasarme el jabón? Lo deje sobre la banca, a un lado del bolso.
Un suave clic le indica que la puerta de...