Sabrina, observando esto, se dio cuenta de que había tocado un punto muy sensible para él. Ella, se arrepintió de cantar a los cuatro vientos, la felicidad tan inmensa que le produce ser nuevamente abuela, por lo que se acercó a él.
―¡Disculpa, Piero! No era mi intención herirte o hacerte sentir mal, por esto ―expresó ella, abrumada y haciéndole entrega del regalo que le había traído de viaje. Él aceptándolo, respondió…
―¡Gracias! Eso demuestra que pensaste en mí ―destacó él― Y en cuanto a lo otro, no te sientas mal, por mí. Es solo, que me da nostalgia, no haber buscado mi propia familia, mi propia dicha ―aclamó él―...