Me aferré a esa pequeña esperanza, a esa posibilidad de que ella pudiera sobrevivir, y fue la única fuerza que me mantuvo en pie. Prometí a mí mismo que haría lo que fuera necesario, que lucharía hasta el final por ella, aunque en el fondo de mi ser sabía que esa lucha apenas comenzaba y que el panorama no era alentador. Pero no podía permitirme dudar, no podía dejar que el miedo me paralizará, porque ella merecía todo mi esfuerzo y más.
Me levanté de mi asiento en la sala de espera del hospital, decidido a enfrentar cualquier obstáculo que se interpusiera en mi camino.
Cada paso que daba hacia...