El reloj despertador, suena justo a las cinco y media de la mañana, obligó a mi cuerpo a levantarse, me doy una ducha, con agua muy caliente, me había resfriado, mi nariz estaba roja, y mis ojos tristes, salgo del baño y procedo a vestirme rápidamente sin mucho esmero, no tenía a nadie quien impresionar.
Cuando llego a mi escritorio, ya el diablo me está esperando.
—Llegas dos minutos tardes, te los descontare, necesito imprimas nuevamente los informenes, los manche sin querer, luego ven a mi oficina.
—Si señor—es lo único que puedo responder, no quería discutir, el malestar me tenía mal, si me media la temperatura estaba seguro que pasaría de cuarenta grados, enciendo el computador y busco la información haciendo nuevamente, cincuenta carpetas.
Para cuando entro a su oficina, casi es la hora de almorzar, estaba famélica, deseaba salir de aquí.
—Aquí tiene, estos son las carpetas que me pidió, tiene una reunión esta tarde con unos autores todo está en su agentada electrónica.
— ¿Te ocurre algo?— Pregunta mientras me mira, no lo estaba viendo, pero podía sentir sus ojos mirarme
—Me siento...
No termino la palabra, porque siento que mi mundo se torna oscuro, intento agarrarme del escritorio, pero fracaso en el intento, cayendo al suelo, mientras pierdo la conciencia
Mi cuerpo estaba temblando, tenía mucho frío, no sabía dónde me encontraba, abro mis ojos, pero todas las luces estaban apagadas, el lugar se iluminaba por la luz natural que entraba por los grandes ventanales, sino me equivocaba estaba en una habitación, ¿pero qué hacía aquí? ¿Qué me había ocurrido? Lo único que recuerdo, es que me sentía mal y estaba con...
¡Oh Dios mío! Me había desmayado en la oficina del jefe, ¡qué vergüenza! Necesito irme de este lugar, no sé dónde estoy, pero iba averiguarlo.
Estaba punto de salir de la cama cuando noto que no llevo nada puesto, solo mi ropa interior, observo toda la habitación, buscando señales de mi ropa, pero no estaba por ningún lado, así que tendría que ingeniárselas para salir de aquí.
Me levanto envuelta en la sabana, pero justo cuando voy hacia la puerta, esta se abre dejándome ver a mi jefe y un hombre mayor, me entra el pánico ¿qué me iban hacer? ¿Van a violarme? Comienzo a retroceder, pero mi jefe no quita la mirada de encima, hasta que habla.
—Puedes estar tranquila Vanessa, este es el doctor Castro, el médico de mi familia, vine a revisar te, después de la revisión, responderé tus preguntas.
Suspiro aliviada—Esta bien.
¿Que más se supone que debía decir? Estaba en su territorio, así que no tenía escapatoria, esta vez el había ganado, Ricardo 1, Vanessa 0.
—Señorita por favor vaya a la cama.
El médico me haba de manera muy profesional, lo obedezco y el comienza a revisarme, luego de una buena revisión, el me mira, para comenzar a darme instrucciones.
—Señorita usted tiene un fuerte resfriado, deberá estar en tratamiento y su percusión médica, ¿sufre usted de algo?
—Si señor, sufrí de asma cardíaca, desde que era niña, ayer me moje saliendo de la oficina, pero no pensé que pasara a mayores.
Debes cuidarte, podrías morir de un paro cardíaco o respiratorio, te tendré vigilada, estos son los medicamentos que debes tomar—dice entregándome un récipe.
—No tengo seguro médico, no podré ir a sus consultas, lo siento.
Bajo la cabeza de vergüenza, tenía que admitirlo, hasta hace unos días, era una bailarina en un club nocturno, que se vendía al mejor postor, bueno solo me vendí a mi jefe.
Este pensamiento me hace ruboriza.
—No se preocupe señorita, todo está cubierto, nos vemos el jueves, hoy es martes, lleva la cuenta, tomate esta pastilla, aun tienes fiebre. Dice sonriéndome, me agradaba bata te el hombre.
—Gracias.
Lo veo partir, para luego ver a mi jefe entrar por donde mismo, se había ido el médico.
Espero que hagas caso al médico, no puedo quedarme sin secretaria, no te preocupes por los gastos, la empresa cubre todo.
—¿Dónde estoy?
—En la oficina.
— ¿En la oficina? Pero si esto es una habitación, ¿dónde está mi ropa?
—Son demasiadas preguntas, pero te las responderé, este es el último piso, solo puede entrar quien esté autorizado, te desmayaste en mi oficina haciendo un desastre, ¿que pretendías? ¿Qué te sacada cargada por todo el edificio? Debo cuidar mi imagen, no me gusta andar dando espectáculo.
Todo esto me lo dice mirándome, como si yo fuera la cosa más insoportable e insignificante del mundo, este hombre era extraño, primero fingía preocupación y después me trataba como una lagartija.
No necesito su generosidad señor Ricardo, así que dígame dónde está mi ropa y podre irme a casa.
—No sé dónde está tu ropa—Dice sonriendo con malicia, estaba bien equivocado, si pensaba que iba hacer lo que él quisiera, conmigo no podía ni el diablo.
—Pues, no me queda de otra que salir corriendo, envuelta en esta sabana, por todo el edificio, además de eso podría gritar como loca, que el jefe me ha violado ¿Te imaginas los titulares mañana?
"EMPRESARIO, SECUESTRA A SU EMPLEADA, TORTURANDOLA, POR VARIOS DÍAS, POR SUERTE PUDO ESCAPAR"
— ¿Te imaginas? Estaría tu cara en todas las noticias del país.
Sus sonrisa se borrar, y sus ojos destellan llamas, estaba furioso.
—Está bien, te daré tu ropa, pero igual no te marchara de aquí, esta noche estarás bajo vigilancia, así que compórtate y madura, es por tú salud.
Lo único que veo es su espalda, mientras entra a una puerta, la cual supongo era el baño.
—Está es tu ropa, ponte cómoda—Dice entregándome mis pertenencias, dobladas y limpias, me quedo mirándolo toda embobada, pero él ni siquiera lo nota, era un hombre bastante cambiante, un segundo estaba de un modo, y luego de otro.
Cuando se marchó aproveche para vestirme, y seguir durmiendo, tenía bastante fiebre, me tomé la pastilla que el médico me había dejado, y aprovecho esta comodidad, lo cierto era que en mi casa, no tendría tales comodidades, ni siquiera tenía comida.
Me despierto, escucho que me llaman, es él.
—Toma, debes comer.
En sus manos lleva un tazón de sopa, desprendía un aroma delicioso.
—Se supone que soy tu secretaria y debo atenderte, ¿porque haces esto?
—Te va a parecer mentira, pero soy un perro infeliz, desgraciado, que no le importa nada, ni nadie, pero me siento culpable de tu situación, ayer te mojaste porque me pareció divertido dejarte sufrir, estaba molesto contigo, por interferir en mi vida, se suponía que no te vería más, y sin embargo te busqué como un loco, durante varias semanas, jamás espere que una bailarina de mala muerte, me daría su virginidad, se supone que eso es imposible, una mujer de esos lugares, no puede ser virgen.
—Vete a la mierda—Digo lanzándole el plato de sopa, sin siquiera pensar si estaba caliente, vi su rostros cambiar de color, de un blanco, a rojo oscuro, los fideos y verduras se escurrían por su cabello y su pecho, creo que me había pasado un poco, pero no podía permitir que me faltara el respeto, muchas de las mujeres que trabajan en esos lujares, no lo hacen por placer sino por necesidad, nadie tenía derecho de juzgarnos, y menos un niño rico que había nacido bañado en oro.
La adrenalina del momento se había acabado, seguía furiosa, pero ahora, veía con más claridad que lanzarle la sopa al jefe, no fue buena idea, si mirada estaba centrada en mi, estaba con los puños apretados, ¿acaso era capaz este hombre de pegarme? Si ese fuera el caso, lo tenía merecido por impulsiva, aunque el fue quien empezó primero.
—Jamás, volverás a obtener un trato corte de mi parte, de ahora en adelante solo somos jefe y empleada, tampoco es como si fuimos otra cosa, solo fuiste un maldito polvo, a la final el dinero compra mejores putas.
Escucharlo decir eso fue impactante, no entendía porque me dolía tanto, el podía pensar lo que quisiera, pero jamás que fuese una puta, el fue mi primero hombre y el único, por lo menos hasta ahora, no quería permitirle tratarme de esa manera.
—No puedes quejarte, te ocurrió eso—digo señalando, los fideos que aún escurrian en su rostro— porque no sabes mantener esa boca cerrada, no puedes pretender que todas las que trabajamos en un bar somos unas cualquieras, en dado caso, serias tu una basura, por buscar mujeres de la calle, según tu, ¿no eres muy machito, el bebe de las nenas?
Entonces porque tienes que pagar por un buen polvo.
—Fuiste muy fácil en realidad— dice intentando herirme, lo estaba logrando.
No contestó nada, me levanto de la cama, furiosa, caminando al baño, dejándolo de pie en la habitación, cuando estoy a punto de cerrar la puerta, el se interponer.
—Te estoy hablando, no seas mal educada.
—No quiero escucharte, las mujeres como yo, somos unos jodidos polvos de una noche, vete a la mierda Ricardo. Digo dándole una bofetada.
Al parecer el no esperaba mi reacción, o era muy tonto, o tenía mucha fe, se acerca a mi con decisión, retrocedo, no quiero que me haga daño, intento dar media vuelta y huir, pero ¿por donde? Estaba atrapada.
—Te lo dije. Dice mientras se abalanza sobre mi, tomándome por el cuello, sin hacerme daño, pega su boca a la mía, besándome como solo el sabe hacerlo, los recuerdos de esa noche me llegan a la mente, como si estuviera viendo un álbum de fotos.
Me carga y me pega a la pared de azulejos, quitándome mi ropa, mordiendo mi cuello, por mucho que quisiera resistirme, ya a estas alturas no valía la pena, lo cierto era que, quería sentir, necesitaba ser suya nuevamente.