Salimos de una clínica y entramos a otra, pero esta era distinta. Aquí venían las madres cuando traían una vida dentro de sí. Ricardo tomó mi mano y la apretó fuerte. Estaba nervioso, lo cual era comprensible, pero jamás le permitiría ser un mal padre ni mucho menos cruel con nuestro hijo.
Resulta que él había concretado una cita con una de las mejores ginecólogas del país, o eso era lo que se escuchaba de ella en este lugar. Cuando llegamos, ya nos esperaba. Al principio me sentí un poco nerviosa y tenía miedo de que algo saliera mal, pero debía ser fuerte por los tres. Llevaba ese enorme peso...