Isabella estaba sumamente enfurecida, incapaz de creer que Barto se hubiera convertido en un desdichado que ahora deseaba su arresto. En este momento, se encontraba dentro de una camioneta, rumbo a la comisaría, custodiada por otras dos personas que la trataban como si fuera una delincuente.
En el asiento del copiloto, una mujer cuyo nombre desconocía estaba sentada junto a otra agente.
— ¿Por qué diablos me haces esto? —exclamó Isabella.
— Es tu culpa por involucrarte con un delincuente. Muy pronto, Mijaíl caerá, Isabella. Él y la pandilla de criminales que lo sigue, todos pagarán.
Isabella, en medio de la confusión y el estruendo de los disparos, reaccionó instintivamente...