Cuando Masha finalmente puso un pie en el terreno de la majestuosa mansión de los Chililenko, sus ojos se quedaron fijos en los intrincados detalles de la arquitectura. Los rayos del sol de la tarde danzaban sobre las piedras angulares, arrojando sombras cambiantes que resaltaban la grandiosidad del lugar. Cada ventana, cada balcón tallado con esmero parecían susurrar historias del pasado, mientras Masha avanzaba a lo largo de la entrada empedrada.
A su costado, la presencia tranquila de Gael era reconfortante. Él compartía su asombro silencioso por la mansión, su mirada experta reconociendo la opulencia y la extravagancia en cada rincón. La figura del escolta, con la mirada alerta y...