aunque prefería girar las ruedas, pero ahora no podía hacerlo. Y la vida continuaba, al día siguiente tenía que seguir con la fisioterapia. La kinesióloga había llegado un poco tarde, pero a él tampoco le importó. Le gustaba quedarse observando el pórtico desde su casa, veía a través de los grandes ventanales las hojas comenzando a caer. Los árboles se volvían cada vez más amarillos y el césped se cubría de aquel manto. El cielo se oscurecía más temprano y el sol era cada vez más débil. Hasta que pronto llegó el invierno, y con ello, el frío. Leonardo, en dos meses...
Maldijo su mala suerte y se arrepintió de...