Unos meses después, Leonardo se miraba frente al espejo, tenía una fea mueca en el rostro.
Y no, porque quisiera, si no porque aún no tenía movilidad en algunas partes. Quería sonreír, y la mitad quedaba recta mientras que la otra tiene una leve curva.
Odiaba su nuevo yo, golpeaba el espejo y había mandado a romper cada uno de ellos.
—¡Maldita sea..! —protesta nuevamente mientras con desgano desliza su silla de ruedas por su gran oficina.
—Señor. Ya llegó otra secretaria y...
—Son todas unas deficientes, no saben hacer nada —dijo al asistente.
El mismo de recursos humanos parpadeó.
—Es por su bien y...
—Conseguirás una secretaria —comentó Juan...